euribe ¿Es Obama realmente “el CEO de nuestra nación”?

Por Briggs Armstrong. (Publicado el 13 de octubre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4757.

La CNBC organizó recientemente una reunión general con un individuo al que calificaron de “el CEO de nuestra nación”. Los lectores que no vean mucho la CNBC otorgarían este título a uno de los grandes empresarios o innovadores del país. Tristemente, la CNBC no se estaba refiriendo a un gran empresario, sino al Presidente Barack Obama.

Con la confianza del país hecha pedazos y el sueño americano alejándose, el CEO de nuestra nación, el Presidente Barack Obama se enfrenta cara a cara con sus accionistas (ustedes) de Wall Street a Main Street. – CNBC.

Dejemos aparte política concretas aprobadas por el Presidente Obama, así como asuntos de su filosofía política y económica, nada de eso es relevante en este momento. En su lugar, nos centraremos en las diferencias fundamentales entre un CEO y un presidente y al hacerlo examinaremos la diferencia entre una democracia política y lo que podría llamarse una democracia económica o inversora.

Consideremos en primer lugar la forma en que se obtienen los respectivos cargos. Los candidatos presidenciales gastan enormes cantidades de dinero, posiblemente incluyendo “financiación pública” de los contribuyentes, para obtener el cargo. Hay que reconocer que Obama renunció a la financiación pública durante su campaña, pero siguió consiguiendo gastar más de 740 millones de dólares en su puja por el Despacho Oval. De hecho, los candidatos presidenciales gastaron un total de 1.700 millones en la campaña por la elección de 2008. En un contraste brutal, los CEO no compran sus cargos en caros concursos de popularidad; sin embargo, se les demoniza a menudo por ganar “demasiado” dinero una vez alcanzado el cargo.

Muchos apuntarían que los CEO utilizan sus contactos empresariales y personales para obtener sus empleos. Es sin duda un argumento válido. Uno no puede racionalmente afirmar que el mejor y más cualificado candidato siempre obtenga la plaza de CEO. Sin embargo, el cargo, una vez obtenido, puede perderse fácilmente en caso de ser inmerecido o no cualificado. Recuerden la reunión de accionistas de Disney de 2004. El entonces CEO y presidente del consejo Mcihael Eisner fue despedido como presidente y, un año más tarde, reemplazado como CEO. ¿Por qué? ¡Porque el 43% de los accionistas votaron no reelegirle!

Imagínense si el presidente de Estados Unidos afrontara su destitución si un 43% desaprobara su rendimiento en un año concreto. Cuando escribo esto, el índice de aprobación del Presidente Obama es un mero 44%, de acuerdo con una encuesta de Gallup. De hecho, los presidentes Truman, Nixon, Carter, Bush (41) y Bush (43), todos tuvieron índices de aprobación por debajo del 30%. Está claro que es más fácil votar para echar a un mal CEO que a un mal presidente.

La relativa facilidad con que se despide a los CEO no es, con mucho, la diferencia más importante entre un CEO y un presidente. El bien conocido problema de la tiranía de la mayoría está presente tanto en las democracias corporativas/inversoras como en las democracias políticas. Lo que separa a unas de otras son los remedios disponibles para la minoría descontenta.

En una democracia política, se nos dice que siempre debemos acatar la voluntad de la mayoría. Los ciudadanos que tienen deseos u opiniones que van contra los deseos u opiniones de la mayoría sólo tienen dos opciones. Pueden arreglárselas para convencer a la mayoría de que sus deseos merecen la pena y que sus opiniones son correctas o pueden dejar el país. Ninguna opción ofrece mucha esperanza para aquellos desafortunados que se encuentren en minoría.

En una democracia inversora, los que estén en minoría tienen mucho más control sobre las circunstancias y sobre quienes ejercen el cargo. El accionista minoritario no necesita convencer a muchos otros accionistas de que una política concreta de la compañía o un ejecutivo deben cambiarse. Un accionista descontento que se encuentre en oposición incluso a las políticas corporativas más triviales puede librarse de la imposición de la voluntad de otros simplemente vendiendo sus acciones. Es sin duda más fácil y barato liberarse de la tiranía de la mayoría sencillamente clicando “vender” que empacando tus pertenencias y buscando domicilio en otro lugar.

Consideremos ahora los incentivos de los titulares de los respectivos cargos. A los políticos sólo les preocupan las consecuencias a corto plazo de políticas y acciones, porque su plazo está limitado arbitrariamente. Los límites temporales y la rotación en el cargo se basan en la lógica de que cuanto menos tiempo esté en el cargo un político, menos probable es que actúe contrariamente al bien público. Pero ya en la década de 1830 los políticos habían usado la rotación de cargos como medio para enriquecer a personas poderosas, o al menos políticamente útiles, a cambio de diversos favores.

En 2009, un asombroso 44% de los miembros del Congreso eran millonarios, docenas de los cuales eran inversores en bancos que recibieron rescates federales. Los límites temporales arbitrarios sólo sirven para distribuir la riqueza entre la élite política y animar a un enfoque poco sano en la corto plazo a costa de las consecuencias a largo.

Aunque la era de políticos corruptos que utilizaban todos por igual su poder y fortuna hace tiempo que pasó, los políticos siguen tratando de enriquecerse, tanto ellos, como quienes les pusieron en el cargo. Estando así las cosas, los políticos tienen incentivos muy poderosos para otorgar tanto como puedan a los grupos de intereses especiales que les apoyaron. Lo hacen con los gastos del “pork-barrel”, los paquetes de estímulo, subvenciones, impuestos a la competencia, rescates, demandas antitrust y similares. También los CEO tienen incentivos a corto plazo que van contra sus obligaciones fiduciarias a los acciones, pero se ven muy mitigados.

El mercado ha sido capaz de desarrollar sofisticados mecanismos por los que los ejecutivos se ven obligados a cambiar su foco de las ganancias inmediatas y hacia una prosperidad futura. Con el fin de obligar a CEO y directores a considerar no sólo los beneficios a corto plazo, sino también los efectos a lago plazo de una política, se han desarrollado formas de retribución como las stock options, los stock appreciation rights (SARs) y los planes de incentivos a largo plazo (LTIP, por sus siglas en inglés). Todas aumentan el horizonte temporal en lo que afecta a la dirección, a menudo extendiéndolo mucho más allá de los planes del ejecutivo de abandonar la empresa. El cargo de presidente no tiene ese incentivo a largo plazo, salvo tal vez el deseo del titular de preservar su “legado”.

La facilidad con la que los inversores pueden romper amarras con una compañía permite que funcione en el mundo inversor un sistema muy importante que nunca podría funcionar en el ámbito político (al menos no en beneficio del pueblo). Este sistema crítico es el voto del dólar. Todo el mundo sabe que cuantas más acciones controle un inversor, más influencia tendrá sobre la gestión de una corporación. Quienes controlen suficientes acciones como para ser una influencia significativa sobre la gestión o bien son muy buenos gestionando el capital de otra gente 8fondos mutuos, fondos de inversión, etc.) o muy buenos en gestionar y hacer crecer su propio capital (como Warren Buffet). Como mínimo parecen ser muy buenos en el corto plazo pero perderían dinero, y con él influencia, a largo plazo si no son tan buenos como parecen.

El sistema de votos en proporción a dólares permite a los llamados corporate raiders, como Carl Icahn tener un impacto significativo. Raiders como Icahn son conocidos por hacer billones peleando por representaciones y apropiándose de compañías que creen que están mal gestionadas. Así los recursos escasos están mejor gestionados y se emplean mejor que en caso contrario.

Aunque el sistema por el que un hombre o un pequeño grupo de inversores ricos y poderosos pueden apropiarse de una empresa y prescindir de los malos ejecutivos funciona extraordinariamente bien en el mercado, no puede funcionar en política. La mayoría de la gente entiende intuitivamente que si en política, como en los negocios, un hombre pudiera juntar toda su riqueza y tratar de hacerse con el poder junto con otros que le apoyen, el resultado sería desastroso. Aún así, es así como funciona la política estadounidense. En lugar de comprar acciones, los políticos compran votos. El peculiar sistema del voto del dólar funciona extraordinariamente bien en los negocios y aterradoramente más en política, precisamente porque, en los negocios, los electores (los accionistas) son libres de desasociarse y vender su parte.

Indudablemente, un presidente influye en la economía interior y mundial: en ciertas áreas su papel puede parecer muy similar al de un CEO. Pero a pesar del título que le otorga la CNBC, los presidentes no son ni han sido nunca CEO. Entre los CEO vemos algo parecido a una meritocracia, un ambiente en que los que tienen los cargos están bajo constante presión para realizar bien sus tareas fiduciarias y en el que arriesgan el despido ante el más mínimo fallo.

Entre los políticos vemos un concurso de popularidad en el que los titulares del cargo tienen un trabajo seguro durante periodos de 4 años y son virtualmente imposibles de despedir por bajo rendimiento. Incluso quienes reconocen que los dos cargos son completamente distintos a menudo no entienden la razón fundamental.

Al final, una vez que depuramos todas las similitudes superficiales, la diferencia crítica entre un presidente de los Estados Unidos y el CEO de una gran empresa se la naturaleza de la relación como quienes se supone deben servir. La relación de un presidente con los ciudadanos está llena de coacción y fuerza; la relación de un CEO con accionistas es revocable y voluntaria.

 

 

Briggs Armstrong es estudiante en la Universidad de Auburn, especializándose en contabilidad, rama de finanzas. Es miembro de los Libertarios de la Universidad de Auburn, el Club de Economía de Auburn y el Club de Filosofía de Auburn.

Published Thu, Oct 14 2010 7:28 PM by euribe

 

Advertisements

About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s