euribe Anarquismo y terrorismo en la década de 1890

Por Jeff Riggenbach. (Publicado el 15 de octubre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4760.

[Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition]

Tal y como lo cuenta Alex Butterworth, fue “en los primeros años del siglo XX” cuando

un Secretario de Interior británico recomendaba que quienes quisieran entender lo que en aquel entonces todavía se llamaba “guerra contra el terror” deberían remontarse a la década de 1890.Se han realizado muchos paralelos con la oleada de bombas y asesinatos que habían plagado Europa y América la final del siglo XIX, perpetrados por anarquistas y nihilistas a quienes Londres y Suiza habían ofrecido refugio. Entonces como ahora se destacaba que jóvenes desarraigados de comunidades crecientes de inmigrantes habían sido radicalizados por predicadores de una ideología extremista y atraídos a la violencia.

El joven Butterworth estaba intrigado. ¿Podría ser que la historia realmente se repitiera de esta forma? Empezó a investigar la década de 1890, con particular referencia  a esa “oleada de bombas y asesinatos (…) perpetrados por anarquistas”. Lo que descubrió lo ha publicado ahora en un libro llamado The World that Never Was: A True Story of Dreamers, Schemers, Anarchists & Secret Agents, editado a este lado del Atlántico hace cuatro meses (en junio de 2010) por Pantheon Books. ¿Y qué descubrió precisamente? Dudo que pueda decirlo mejor que en un párrafo de este pasaje, que cito de la publicidad para una conferencia que dio Butterworth en Londres esta pasada primavera:

A medida que se aproximaba el fin del siglo XIX, la imaginación popular se llenaba de fantasías de anarquismo militante: de taques aéreos y plagas virales. El terrorismo internacional hizo su primera y furiosa aparición. Las células anarquistas llevaron a cabo una oleada de bombas y asesinatos a lo largo de Europa y en América, o eso al menos es lo que querían los gobiernos de Francia, Gran Bretaña y especialmente Rusia creía que quisieran sus poblaciones. Sin embargo, la verdad era mucho más turbia. La infiltración y la supervisión comprometieron parte de los servicios de seguridad, pero igualmente importante fue el uso de agentes provocadores y falsa propaganda.

En otras palabras, por no extendernos, lo que Alex Butterworth aprendió de esta investigación de la década de 1890 fue que la oleada de bombas y asesinatos perpetrados por anarquistas durante este periodo fue en buena parte una ficción. Hasta cierto punto, fue realmente inventado por escritores sensacionalistas para los periódicos. En otros casos, periodistas sin escrúpulos cerca de escribir ficción no mostraron sin embargo mucha perspicacia o juicio profesional cuando llegó el momento de decidir si considerar a rumores y a informes policiales no verificados como un hecho establecido. Juntos, estos periodistas convencieron a una parte importante de gente letrada de lo que Butterworth califica “la imaginativa idea de una revolución anarquista coordinada internacionalmente de las que los ataques aislados con bombas, cuchillos y revólveres marcaban las primeras escaramuzas”.

Frank Harris descubrió, cuando investigó las bombas en el Haymarket de Chicago de 1886 para The Bomb, la novela que escribió en 1909 acerca del atentado, que, con la connivencia de la mayoría, aunque no todos, los periódicos importantes,

toda la población estadounidense fue atemorizada por la bomba del Haymarket. Cada día la policía de Chicago descubría una nueva bomba. Pensé que habían creado una fábrica especial hasta que leí en el Leader de Nueva York que la misma tubería de gas había servido como nueva bomba en siete ocasiones distintas.

Harris descubrió que había prevalecido una histeria similar después de que un hombre falsamente acusado de la bomba del Haymarket, Louis Lingg, se hiciera volar  en su celda la noche anterior a su ejecución.

Las noticias de la explosión se extendieron rápidamente más allá de los muros de la prisión y se reunió una multitud reclamando información, una multitud que fue pronto hinchada por todos los periódicos de la ciudad. Las noticias salieron con cuentagotas y se publicaron docenas de veces. La ciudad parecía volverse loca: de un extremo al otro de la ciudad los hombres empezaron a armarse y se contaban las historias más disparatadas. Había bombas por todas partes. La tensión nerviosa de la opinión pública se hizo intolerable. Las historias circulaban y hacían creer que tarde y noche parecieran ser, como dijo un testigo, cosa de locos. La verdad es que las bombas encontradas en la celda de Lingg y su desesperado suicidio habían asustado a la gente de Chicago hasta el paroxismo. Un reportaje decía que había veinte mil anarquistas armados y desesperados en Chicago que habían planeado atacar la cárcel a la mañana siguiente. Las oficinas de los periódicos, los bancos, el edificio de la Cámara de Comercio, el Ayuntamiento, estaban custodiados noche y día. Todo ciudadano portaba armas abiertamente. Un aperiódico publicó una noticia de que a las diez en punto de la noche de ese jueves seguía abierta una tienda de armas en Madison Street y abarrotada de hombres comprando revólveres: El espectáculo no sorprendía a nadie, salvo que fuera naturalmente para bien. El temor a alguna catástrofe no sólo estaba en el ambiente, sino también en la conversación y las caras de las gentes.

Por supuesto, no toda la violencia atribuida a los anarquistas en las décadas de 1880 y 1890 fue simplemente maquillaje o publicada sin crítica por los medios de masas de la época. Parte de ella era muy real, pero no fue perpetrada en absoluto por anarquistas, sino por gente que se calificaba falsamente con ese nombre, por sí mismos o por las autoridades, los periódicos o ambos.

Había muchos jóvenes en la década de 1890 que querían llamar la atención, hacerse un nombre y demostrar lo “atrevidos” que eran; a estos jóvenes no les iba mucho leer o la filosofía política: para ellos, aun anarquista era alguien que vestía todo de negro y al que le gustaba romper cosas. Siguen existiendo estos jóvenes. En años recientes, han roto escaparates y destrozando coches estacionados en ciudades en las que se producían reuniones de la Organización Mundial de Comercio.

Otros jóvenes, más intelectuales en sus gustos, se llamaban a sí mismos anarquistas por razones que parecen como mínimo extrañas. Por ejemplo, el mártir del Haymarket, Louis Lingg se calificaba de anarquista; Butterworth dice que fue acusado de la explosión del Haymarket, aunque no había evidencia ni siquiera de que hubiera estado en Haymarket Square esa tarde, porque era uno de “los principales oradores y periodistas anarquistas de la ciudad”. Aún así, de acuerdo con Frank Harris, Lingg apoyaba “un salario mínimo establecido por el Estado”. ¿Perdón? ¿Un salario mínimo “establecido por el Estado”? Se supone que un anarquista trabaja para abolir el estado, no para darle nuevas regulaciones a aplicar. Esto parecería elemental, aunque, de nuevo, también vemos hoy este fenómeno: “anarquistas” autodeclarados que trabajan por acrecentar, en lugar de disminuir, el estado.

Así que había terroristas y asesinos de las décadas de 1880 y 1890 que se hacían pasar por “anarquistas” por autoridades y periódicos, incluso cuando su conexión con el movimiento anarquista era bastante tenue. Fíjense, como hace Alex Butterworth, en el caso de Leon Czolgosz, al “anarquista” que asesinó al presidente de EEUU William McKinley en 1901. Los miembros del grupo anarquista de Chicago al que acudió algunas veces ese año habían descubierto, al conocerle un poco, que “había leído poca literatura anarquista”.

Por tanto, sorprende poco que, de acuerdo con el relato de Butterworth, “a finales de agosto, sus colegas empezaban a sospechar de él como provocador de la policía”  y habían conseguido que su descripción se publicara en la prensa anarquista local junto con la información de que probablemente era un espía de la policía. Otros criminales fueron descritos por la policía local como “anarquistas” simplemente porque estaban armados y morenos y hablaban como inmigrantes. Y la palabra de la policía local era en esos asuntos invariable e incuestionablemente aceptada tanto por los periódicos como por los funcionarios de alto rango del gobierno. Por supuesto, también cuanto más se extendía la creencia popular de que los anarquistas defendían y practicaban la violencia, más gente joven a la que le gustaba la violencia acudía a unirse al movimiento.

También hubo violencia cometida por los policías, policías trabajando infiltrados como anarquistas. Por ejemplo, Butterworth escribe acerca de la

creencia, común entre los trabajadores de Chicago [justo tras la bomba del Haymarket] de que la verdadera culpabilidad por el lanzamiento de la bomba  fue de un agente de policía. Las posteriores investigaciones no aclararon nada, aunque la corrupción en la policía y jueces de Chicago en ese momento acabó quedando en evidencia y reconociéndose oficialmente. Sin embargo, también las potencias extranjeras participaron en manipular las repercusiones del Caso Haymarket y la posibilidad de su previa intervención en provocar la explosión no puede descartarse; indudablemente las más sonoras llamadas a la venganza vinieron de un tal Heinrich Danmeyere, un agente secreto de la Policía Imperial Alemana.

Una década después, a mediados de la década de 1890, estalló una bomba en el exterior del Observatorio de Greenwich, matando al joven que la transportaba: era, según aseguraron la policía y los periódicos, un “anarquista”. Sin embargo, había sido contratado para el trabajo y se le había proporcionado explosivos a través de un funcionario secreto de policía. Los detalles básicos de la historia se relataron, con los nombres cambiados para proteger tanto al inocente como al culpable, en la novela de 1907 El agente secreto, de Joseph Conrad, que fue publicado una década después de los acontecimientos que describe. De hecho, Butterworth escribe que El agente secreto, al mismo tiempo que presenta “una visión transversal bastante esquemática del mundo anarquista de la época”, también “puede estar más cerca de explicar la verdad [acerca de la bomba de Greenwich] que las fuentes documentales que son tan a menudo parciales y manipuladoras”.

Como advierte Butterworth, el periodo alrededor del paso al siglo XX fue uno en que la “política radical y la bohemia cultural se codeaban” y “el arte y la literatura del periodo son reveladores de forma poco común tanto de la vida de ese entorno como de las ideas que les movían”. Aún así, hace sorprendentemente poco uso de la ficción del periodo más allá de sus comentarios sobre el “relato bien documentado” de Conrad en El agente secreto.

Incluye una sola referencia de pasada, por ejemplo a la novela de 1886 de Henry James, La princesa Casamassima, en la que un joven encuadernador londinense, Hyacinth Robinson, se ve envuelto en políticas radicales y acepta realizar un acto de violencia terrorista, sólo para descubrir que es incapaz de hacerlo. Se ve inicialmente atraído por el anarquismo porque parece ofrecer un medio de aliviar el sufrimiento humano que ve a su alrededor. ¿Y ahora va a crear más sufrimiento en nombre del anarquismo? Robinson dirige hacia sí mismo el revólver que ha recibido.

Es extraño que Butterworth pase tan ligeramente por encima de esta novela, pues uno de sus propios temas favoritos (al que da vueltas en todo su libro vuelve constantemente sobre él) es el idealismo de los anarquistas de hace un siglo y su devoción por un mundo de paz y armonía. Destaca constantemente que el anarquismo “se basaba en una visión optimista de la naturaleza humana” y en una creencia en “la inherente perfectibilidad de la humanidad”. Dice repetidas veces que la mayoría de la gente en Europa y Norteamérica en los últimos años del siglo XIX “no diferenciaba los ideales políticos [de anarquistas como Peter Kropotkin] defendidos de los más simples impulsos hacia la destrucción que tantos jóvenes colegas del movimiento estaban dispuestos a satisfacer”.

No hay una sola referencia en el libro de Butterworth a Frank Harris o a la novela de 1909 de éste, The Bomb, acerca del asunto de Haymarket. Tampoco hay ninguna referencia a la novela de 1908 de G. K. Chesterton El hombre que fue jueves. Y esto es particularmente extraordinario, pues El hombre que fue jueves se acerca a contener en su simbolismo central lo principal del estudio de Butterworth más que ninguna otra obra de ficción del periodo. El hombre que fue jueves es la historia de un agente secreto de la policía de Londres llamado Gabriel Syme, que se infiltra en un grupo anarquista y es elegido como representante inglés para el consejo anarquista europeo.

Hay siete miembros en este consejo, cada uno con un día de la semana como nombre clave. Syme, al ganar la elección se convierte en el hombre que fue jueves. Viaja al continente para reunirse con los otros miembros del consejo, sólo para descubrir que todos los demás miembros son, como él, policías secretos que se han “infiltrado” en la organización.

Si embargo, con todos sus defectos, el libro de Alex Butterworth, The World That Never Was: A True Story of Dreamers, Schemers, Anarchists & Secret Agents, es un bienvenido y legible recordatorio de por qué necesitamos una historia revisionista: para luchar contra los interminables esfuerzos por promover una versión alternativa de la historia que le haga parecer bueno.

Jeff Riggenbach es periodista, autor, editor, locutor y educador. Miembro de la Organización de Historiadores Americanos, ha escrito para periódicos como The New York Times, USA Today, Los Angeles Times y San Francisco Chronicle; para revistas como Reason, Inquiry y Liberty y sitios web como LewRockwell.com, AntiWar.com y RationalReview.com. Aprovechando sus cualidades vocales empleadas en radio clásica y de noticias de Los Ángeles, San Francisco y Houston, Riggenbach también ha narrado las versiones en audiolibros de numerosas obras libertarias, muchas disponibles en Mises Media.

Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition.

Published Sat, Oct 16 2010 5:21 PM by euribe

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About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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