euribe Cómo acosar a un país hasta la quiebra

Por Cristian Gherasim. (Publicado el 3 de noviembre de 2010)

Traducido del inglés por euribe. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4804.

Todos estamos familiarizados con el poder obtenido por los sindicatos en la Europa actual. Últimamente parece que también han obtenido el privilegio de recurrir a la violencia cada vez que no se atienden sus amenazas. Puede decirse con seguridad que una decisión de un sindicato se ha convertido en tan importante como un decreto del gobierno.

Los sindicatos establecen salarios, horarios, edad de jubilación y beneficios sociales; luego los supervisan y aplican yendo a la huelga cada vez que el gobierno no está dispuesto a someterse a sus demandas. Que Dios ampare a quien irrite a los hiperactivos sindicatos. Usarán la fuerza, se apropiarán de la economía e irán a la caza de cualquiera que se atreva a pensar que cada trabajador es responsable ante los consumidores y no ante los líderes sindicales.

Más que la mayoría, los trabajadores franceses han estado siempre en contra de la moralidad capitalista. Recientemente hemos podido ver cómo un país puede ser dirigido (o dirigido al desastre) por los sindicatos. Como reacción ante las reformas de las pensiones propuestas por el Presidente Sarkozy, los trabajadores franceses han ido a la huelga y paralizado la nación.

No sólo dejaron de trabajar, sino que adoptaron tácticas paramilitares. Ocuparon refinería y depósitos de combustible; cerraron tuberías de combustible yendo a los aeropuertos Charles de Gaulle y Orly e impidieron masivamente los viajes por ferrocarril. La escasez de combustible ha afectado a la economía. Los huelguistas detuvieron el trabajo en dos de las tres terminales de gas natural licuado de Francia. Las 12 refinerías francesas fueron a la huelga. El país también empezó a importar electricidad pues la ola de protestas detuvo los suministros de energía. Los estudiantes han tomado las calles y la policía usó cañones de agua y gases lacrimógenos para dispersar a manifestantes en ciudades como París, Marsella, Toulouse y Burdeos.

Al otro lado del Canal de la Mancha, el gobierno británico desveló planes para recortar el gasto público, eliminar casi medio millón de empleos y aumentar la edad de jubilación de 65 a 66 años. Pero los británicos se han resistido en general a la petición de seguir el ejemplo de sus vecinos franceses e inundar las calles con enfado y protestas esporádicamente violentas.

¿Por qué existe un contraste tan marcado entre las reacciones de los ciudadanos franceses e ingleses a estos anuncios paralelos de las llamadas medidas de austeridad? Alguien diría que es una cuestión de peculiaridades nacionales y que algunas naciones están más inclinadas que otras al disturbio social. Puede que ésta sea una de las razones, pero creo que las cosas son mucho más sencillas. Es menos un aspecto de psicología de masas que una consecuencia de una lección aprendida a través de la historia de la economía.

Como nos dice Ludwig von Mises, los británicos ya han experimentado cómo los sindicatos y las políticas keynesianas pueden destruir completamente la economía de una nación. Después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña volvió a la paridad libra-oro previa a la guerra. Esto ocasionó una sobrevaloración de la libra británica y el poder de compra de todos los empleados aumento significativamente. En un sistema de libre mercado, el salario nominal habría bajado para contrarrestar este fenómeno, sin que se alterara en salario real. Pero eso no ocurrió. ¿Por qué? Porque los sindicatos se opusieron a cualquier ajuste salarial para ajustarse al nuevo poder adquisitivo de la libra; los salarios reales continuaron aumentando debido a esta medida monetaria. A ello le siguió una catástrofe económica total o casi total.

La Inglaterra predominantemente industrializada, que se basaba en buena parte en la exportación, se encontró incapaz de pagar las materias primas mientras la libra británica (y con ella los bienes británicos) aumentara de valor y se hiciera más cara en los mercados mundiales. Las exportaciones disminuyeron y lo mismo hizo el poder económico de Inglaterra. Como los salarios habían sido forzados artificialmente por encima del que hubiera permitido el uso completo del potencial del mercado laboral, fábricas y sectores completos tuvieron que cerrar, con millones de trabajadores perdiendo sus empleos.

El desempleo duró años, la producción llegó a un mínimo histórico y el Reino Unido entró en recesión. El gobierno tuvo que actuar y lo hizo devaluando la libra. Pero los sindicatos entendieron esta maniobra monetaria y reclamaron que los salarios se indexaran en línea con los precios al alza, lo que a su vez generaba inflación.

Keynes era muy consciente del hecho de que los salarios impuestos por los sindicatos generaban un desempleo desmesurado. Aún así, afirmaba  que los trabajadores, a pesar de la devaluación de la divisa, pueden ser engañados en pensar que sus salarios permanecían inalterados si seguían recibiendo la misma cantidad de dinero. Pensaba tontamente que podía llegarse al pleno empleo mediante inflación y no teniendo un mercado laboral libre sin intromisiones de sindicatos y gobiernos.

La única forma de lograr el pleno empleo es teniendo un mercado laboral libre. Sólo éste puede determinar el coste real del trabajo. Los salarios sólo pueden fluctuar en línea con la demanda de mano de obra. Pero como hay un grupo de gente que piensa que el pleno empleo no es alcanzable sin inflación, los mercados laborales siguen bajo el control de los gobiernos y los niveles salariales con el resultado de la presión y violencia de los sindicatos.

Así que los británicos están conformes con los recortes anunciados porque son conscientes de que un presupuesto financiado con déficit puede devolverles al desastre económico de 1929-33. Son conscientes de que el infame modelo social europeo ya no es sostenible. Ya no puede funcionar con gasto en déficit, altos costes laborales y beneficios ofrecidos por el estado. Una población que envejece y la falta de competitividad económica debilita la capacidad de Europa de mantener los altos niveles de vida de los que han disfrutado la mayoría de los europeos occidentales durante las últimas décadas.

Los franceses, como otros beneficiarios del estado de bienestar, tienen que aceptar el fin de su art de vivre. Desde ahora tienen que trabajar más tiempo, más duro, mejor y entender que deberían actuar como censores los mercados libres y no los sindicatos. Tienen que abandonar la idea de que los beneficios laborales son derechos colectivos. El trabajo y la búsqueda de beneficios del trabajo son actividades solitarias apoyadas en capacidades personales que sólo un mercado libre puede evaluar y remunerar adecuadamente.

De hecho, el trabajo sólo tiene valor dentro de un sistema de libre mercado. Sólo de esta forma puede cada trabajador ser evaluado y remunerado apropiadamente. De otra forma, todo es un desperdicio de tiempo y energía. En esta relación trabajador-consumidor media el uso del dinero. Y el salario, lejos de ser un regalo del gobierno y los sindicatos, es la materialización de la satisfacción de los consumidores.

Hay un montón de hipocresía en este tipo de movimiento social y huelgas nacionales. Para los trabajadores y sindicatos los principios del libre mercado y el capitalismo caen en oídos sordos. Quieren más dinero por menos trabajo, los mismos beneficios aunque ya no sean competitivos y sus productos manufacturados ya no se vendan. Como ocurre a menudo, su trabajo es improductivo y acaban siendo subvencionados. Estos absurdos comportamientos antieconómicos son un desperdicio de dinero público y sólo resaltan la necesidad de desarrollar mecanismos apropiados de libre mercado.

Dirigidos por sus creencias socialistas, los sindicatos actuales actúan contra el laissez faire y la tradición del liberalismo económico, desanimando a la mano de obra europea y generando estancamiento económico. Este sistema tambaleante de beneficios sociales y el método de guerrilla de los sindicatos de abrirse paso tienen que acabarse. Si no lo hacen, Europa quedará aún más atrás y su actual empobrecimiento relativo pronto se convertirá en una pauperización absoluta, acabando no sólo en una decadencia económica sino también cultural y moral.

 

 

Cristian Gherasim está actualmente trabajando para obtener un máster en política rumana y europea en la Universidad de Bucarest.

Published Wed, Nov 3 2010 8:23 PM by euribe

 

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About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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