euribe El fantasma que persigue a Brasil

Por Antony P. Mueller. (Publicado el 5 de agosto de 2002)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1020.

 

Ordem e Progresso” (Orden y Progreso) ha sido el lema de la bandera de Brasil desde que el país se convirtió en república en 1889. Las palabras vienen directamente de los escritos de Auguste Comte. Las ideas de Comte fueron adoptadas en el siglo XIX por las élites políticas y militares en buena parte de Latinoamérica y en Brasil en particular.[1][1] Desde entonces, el fantasma de Auguste Comte ha estado atormentando a todo el subcontinente y las consecuencias prácticas de esta ideología han sido desastrosas.

El positivismo de Comte se describe mejor como una ideología de ingeniería social. Auguste Comte (1798-1857) creía que después de la etapa teológica y la metafísica, la humanidad entraría en la floreciente etapa del “positivismo”, que para el significaba que la sociedad en general debe organizarse de acuerdo con el conocimiento científico.

Comte creía que toda la ciencia debía modelarse siguiendo el ideal de la física que aparecería la nueva ciencia de la física social en lo alto de la jerarquía intelectual. Esta disciplina descubriría las leyes sociales que podrían así ser aplicadas por una élite para reformar la sociedad en su conjunto. Como la medicina erradica la enfermedad, la física social tendría que aplicarse para eliminar los males sociales.

El ideal de Comte era una nueva “religión de la humanidad”. En su opinión, a la gente había que hacerle sentir como auténtico lo que sería instigado por los gobernantes y sus ayudantes, que así servirían a los ideales más elevados de la humanidad. Al revisar la ideas de Auguste Comte, John Stuart Mill escribió que su filosofía política se dirigía a establecer “(…) un despotismo de la sociedad sobre el individuo, sobrepasando cualquier cosa conocida en el ideal político del más rígido disciplinario  de entre los antiguos filósofos”,[2][2] mientras que Ludwig von Mises remarcaba: “Comte puede ser exculpado, porque estaba loco en el sentido que la patología da a esta palabra. ¿Pero qué pasa con su seguidores?”[3][3]

El misticismo racionalista que llevó a Comte a ser más tarde una persona enferma mentalmente pedía la creación de una “iglesia positivista”, en la que podría practicarse el “culto a la humanidad”, imitando los rituales de la Iglesia Católica. Hacia finales del siglo XIX las “sociedades positivistas” empezaron a extenderse en Brasil y se erigió una verdadera iglesia en Río de Janeiro como lugar donde podía practicarse la adoración del ideal de la humanidad como una religión.[4][4]

Hasta el día de hoy, el sistema brasileño de educación superior sigue mostrando las marcas del positivismo de Comte y aún es más fuerte la influencia de la filosofía política del positivismo dentro de los altos niveles militares y entre los tecnócratas. El positivismo dice que el cientifismo es la marca de la modernidad y que para alcanzar el progreso se necesita una clase de gente tecnocrática o militar que esté al corriente de las leyes de la sociedad y establezca el orden y promueva este progreso.

La ideología prevalente de buena parte de la élite gobernante contrasta vivamente con las tradiciones de la gente común. Como en la mayor parte de Latinoamérica, la cultura popular brasileña está profundamente marcada por la tradición escolástica católica, con su escepticismo ante la modernidad y el progreso y su orientación más religiosa y espiritual, que rechaza el concepto lineal del tiempo como movimiento progresivo y defiende una visión circular eterna de la vida.[5][5]

Las ideas de Comte han mostrado su mayor impacto en la política económica. Dado que los militares han desempeñado un papel central en la vida política de Brasil y que el positivismo se ha convertido en el principal paradigma filosófico en las escuelas militares, la política económica en Brasil se ha visto marcada por un frenesí intervencionista que afecta a todos los aspectos de la vida pública.

El espíritu de planificar para la modernidad ha convertido a Brasil en un semillero de intervencionismo económico, con cada nueva gobierno prometiendo el gran salto adelante. En lugar de eliminar los obstáculos que afrontan las empresas privadas emergentes y garantizar unos derechos de propiedad fiables, los gobiernos suponen que su tarea es desarrollar el país concediendo privilegios a grupos pequeños de empresas establecidas.

Desde que se convirtió en república, no ha habido un gobierno en Brasil que no trajera un plan integral o un conglomerado de planes dirigidos al desenvolvimento. Siguiendo el programa positivista, concebir planes de una naturaleza aparentemente científica y aplicarlos por la fuerza del estado se ha convertido en la imagen de marca de la política económica brasileña. Frecuentemente elaborada originalmente en uno de los pocos centros universitarios, estos planes forman el programa del nuevo gobierno, que normalmente trae un equipo de jóvenes tecnócratas para su implantación.

Particularmente grandiosos cuando han regido gobiernos militares (como en las décadas de 1930 y 1940 y de 1964 a 1984), la invención e implantación de grandes planes ha continuado hasta el día de hoy. Independientemente de que coalición electoral o grupo de poder esté al timón, el espíritu del positivismo ha sido compartido por todos ellos hasta el gobierno actual, que aparentemente está practicando una política económica calificada como “neoliberal”.

Incluso contando sólo los planes más importantes, la serie que ha venido sucediéndose durante casi un siglo es bastante asombrosa: Después de seguir el modelo de industrialización mediante la sustitución de las importaciones bajo el semifascista Estado Novo de las décadas de 1930 y 1940, Brasil en la década de 1950 vio el Plano de Metas y, después, el Plano Trienal de desarrollo económico y social. En la década de 1970 aparece la serie de Planes de Desarrollo Nacional. La década de 1980 trae el Plano Cruzado, el Plano Bresser y el Plano Verão. A principios de la década de 1990, se empezó el Plano Collor 1, seguido por el Plano Collor 2 y luego por el Plano de Ação Imediata y, en 1994, el Plano Real.

Medidos por sus objetivos declarados, todos estos planes fracasaron. Durante las últimas seis décadas, Brasil ha tenido ocho monedas distintas, cada vez con un nuevo nombre y una tasa de inflación que implica que la actual moneda tendría un tipo de cambio de un billón en relación con el cruzeiro de 1942.[6][6] Bajo la capa de una aparente modernidad y ciencia la red clientelar establecida de los “señores del poder”[7][7] continúa gobernando el país. A su debido tiempo, esta clase ha logrado un nivel de privilegios similar al que disfrutaba la nomenclatura en la Unión Soviética en comparación con el resto de la población, que ha recurrido a sus modos peculiares (el llamado jeitinho, una especie de chulería) como su propio método de supervivencia.

Dentro del sistema positivista, el cientifismo y el intervencionismo van de la mano. La supuesta racionalidad del intervencionismo se basa en la premisa de conocer por adelantado el resultado concreto de una medida de política económica. En consecuencia, cuando las cosas resultan ser distintas de las esperadas (y eso pasa siempre) se otorga mayor intervención y control. El resultado son gobiernos abrumados por sus pretensiones y humillados por sus fracasos.

Brasil, que está tan bendecido por la naturaleza y una población emprendedora con una de las mayores tasas de autoempleo del mundo, se ha mantenido abajo por una ideología equivocada. Hasta el día de hoy, los gobiernos de Brasil han venido absorbiendo los recursos del país en busca de quimeras de modernidad y progreso tal y como los han definido y bloqueando la creatividad espontánea propia de los mercados libres.

El futuro para Brasil podría despejarse si el fantasma que ha asolado este país fuera eliminado a favor de un orden en el verdadero sentido de la palabra, es decir, un sistema de normas fiables basadas en los principios de la propiedad privada, la responsabilidad y los mercados libres.

 

 

Antony Mueller es un economista de origen alemán que vive en Aracaju, al nordeste de Brasil, donde enseña en la Universidad Federal de Sergipe (UFS). Es investigador adjunto del Instituto Mises en EEUU y director académico del Instituto Ludwig von Mises Brasil. Vea su sitio web y su blog.

 


Published Fri, Oct 15 2010 10:45 PM by euribe


[1][1] Leopoldo Zea, Pensamiento positivista latinoamericano, Caracas, Venezuela 1980 (Biblioteca Ayacucho).

[2][2] John Stuart Mill, On Liberty  [Sobre la libertad], Londres 1869, p. 14 (Longman, Roberts & Green).

[3][3] Ludwig von Mises, Human Action [La acción humana], Auburn, Ala. 1998, pp. 72 (The Ludwig von Mises Institute, Scholar’s Edition).

[4][4] Ivan Lins, História do positivismo no Brasil, Sâo Paulo 1964, pp. 399  (Companhia Editora Nacional).

[5][5] La expresión clásica de este tipo de pensamiento en Latinoamérica es José Enrique Rodó: Ariel, Montevideo 1910 (Libreria Cervantes). En literatura, este tipo de pensamiento permanece en la actualidad en las obras del escritor más popular de Brasil, Paulo Coelho.

[6][6] Ruediger Zoller, Prädidenten – Diktatoren -Erlöser, Tabla V, p.  307, en: Eine kleine Geschichte Brasiliens, Frankfurt 2000 (Edición suhrkamp).

[7][7] La descripción clásica de los “señores del poder” es  la de Raymundo Faoro Os Donos do Poder, 2 vols.  (Editora Globo: Grandes Nomes do Pensamento Brasileiro) São Paulo 2000.

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About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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