euribe La realidad del ímpetu político

Por Herbert Spencer. (Publicado el 28 de octubre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4772.

[Extraído de El individuo contra el estado, 1884]

 

Se dice que cuando se inauguraron los primeros ferrocarriles en España, no era infrecuente que se atropellara a campesinos sobre las vías y que se echaba la culpa a los maquinistas por no detenerse: la experiencia rural no daba ninguna idea del ímpetu de una gran masa moviéndose a una alta velocidad.

Me acordé de este incidente al observar las ideas del llamado político “práctico”, en cuya mente no entra ningún pensamiento de lo que es el ímpetu político, y aún menos de un ímpetu político que aumenta, en lugar de disminuir o permanecer constante. La teoría sobre la que actúa diariamente es que el cambio causado por sus mediadse detendrá donde el quiere que se detenga. Contempla atentamente lo que su acto logra, pero piensa poco en los asuntos remotos del movimiento que activa su acción y aún menos en los asuntos colaterales.

Cuando en tiempo de guerra hay que conseguir “carne de cañón” animando a la población, cuando Mr. Pitt decía “Destaquemos casos en que haya niños que sea un asunto de derechos y honor en lugar de un campo de oprobio y desprecio”,[1][1] no se espera que los índices de pobreza se cuadrupliquen en cuatro años., que se prefieran como esposas a mujeres con muchos bastardos a mujeres honestas por sus ingresos de las parroquias y que patrones de contribuyentes engrosen las filas de los pobres.

Los parlamentarios que el 18333 votaron 30.000₤ anuales para ayudar a construir escuela nunca supusieron que el paso que daban llevaría a contribuciones forzosas, locales y generales, que ahora ascienden a 60.000.000₤;[2][2] no pretendían establecer un principio de que A debería ser responsable de educar al descendiente de B; no imaginaban una obligación que privara a las viudas pobres de la ayuda de sus hijos mayores y aun menos se imaginaban que sus sucesores, obligando a los padres empobrecidos a dedicarse a ser tutores para pagar las tarifas que las juntas de escuela no perdonan, iniciaría una costumbre de dedicarse a ser tutores y causar así un empobrecimiento.[3][3]

Tampoco quienes en 1834 aprobaron una ley regulando el trabajo de las mujeres y niños en ciertas fábricas imaginaban que el sistema que estaban iniciando acabaría en la restricción e inspección del trabajo de todo tipo en los establecimientos de producción donde se empleara a más de 50 personas; tampoco concebían que la inspección realizada crecería hasta el punto de obligar a que antes de contratar a una “persona joven” en un fábrica debe autorizarlo un cirujano certificado, quien, mediante examen personal (al que no se da ningún límite) se haya asegurado de que no hay enfermedad incapacitante o enfermedad corporal, determinado su veredicto si la “persona joven” obtendrá o no un salario.[4][4]

Como digo aún menos el político que se vanagloria de la practicidad de sus objetivos concibe los resultados indirectos que seguirán los resultados directos de sus medidas.

Así, por tomar un caso relacionado con el nombrado antes, no se pretendía que mediante el sistema de “pago por resultados” se hiciera nada más que dar a los profesores un estímulo eficaz: no se suponía que en numerosos casos descuidarían su salud por el estímulo; no se esperaba que las llevaría a adoptar un sistema de sobrecarga y a poner bajo una presión inapropiada a los niños tontos y débiles, a menudo dañándoles; no se preveía que en muchos casos se causaría un debilitamiento corporal que ninguna cantidad de gramática o geografía podría compensar.[5][5]

Los legisladores que, hace 40 años, por ley del Parlamento, obligaron a las compañías ferroviarias a proporcionar locomoción barata habrían ridiculizado la creencia, si se hubiera expresado, de que su ley acabaría sancionando a la compañías que mejoraran la oferta, y aún así este fue el resultado para las empresas que empezaron a transportar pasajeros de tercera clase en trenes rápidos, pues se les impone una multa equivalente al impuesto de cada pasajero de tercera clase así transportado.

A este caso que concierne a los ferrocarriles, añadan uno mucho más sorprendente que aparece comparando las políticas ferroviarias de Inglaterra y Francia. Los legisladores que consiguieron la definitiva caída de los ferrocarriles franceses en manos del estado nunca concibieron la posibilidad de que se generarían peores condiciones de viaje, no previeron que la reticencia a depreciar el valor de la propiedad que acabaría llegando al estado prohibiría la autorización de líneas en competencia y que en ausencia de líneas en competencia la locomoción sería relativamente costosa, lenta e infrecuente; pues como acaba de demostrar Sir Thomas Farrer. El viajero en Inglaterra tiene grandes ventajas respecto del francés en economía, velocidad y frecuencia con las que puede realizar sus trayectos.

Pero el político “práctico”, que, a pesar de esas experiencias repetidas una generación tras otra, sigue pensando sólo en los resultados próximos, naturalmente no piensa nuca en los resultados aún más remotos, aún más generales y aún mas importantes que los que acabamos de ejemplificar. Por repetir la metáfora antes empleada, nunca se pregunta si el ímpetu político establecido por sus medidas, en algunos casos disminuyéndolo pero en otros aumentándolo mucho, seguirá o no la misma dirección que otros ímpetus y si puede no unirse a ellos en generar realmente unos cambios del trabajo de la energía agregada nunca imaginados. Quedándose sólo en los efectos de su parte propia de legislación y sin observar cómo otras corrientes ya existentes (e incluso otras que seguirán a su iniciativa) sigue aproximadamente el mismo camino, nunca se le ocurre que pueden acabar reuniéndose en una avalancha que cambie completamente la faz de las cosas.

A al elevar las figuras a un estado más literal, no es consciente de la verdad de que esta ayudando a formar cierto tipo de organización social y de que esas medidas análogas, realizando cambios análogos en la organización, tienden con una fuerza siempre creciente a hacer general ese tipo, hasta que, sobrepasado cierto punto, la proclividad hacia él resulta irresistible.

Igual que cada sociedad busca cuando es posible producir en otras sociedades una estructura similar a la suya (igual que, entre los riegos, espartanos y atenienses lucharon por extender sus respectivas instituciones políticas o que, en tiempos de la Revolución Francesa, las monarquías absolutas europeas buscaban restablecer la monarquía absoluta en Francia, mientras la República animaba a la formación de otras repúblicas), dentro de cada sociedad cada ejemplo de estructura tiende a propagarse.

Igual que el sistema de cooperación voluntaria (por empresas, asociaciones, uniones, para alcanzar fines de negocio y otros fines) se extiende por una comunidad, lo mismo hace el sistema antagónico de cooperación obligatoria bajo agencias estatales y cuanto mayor es su extensión, más poder de extensión obtiene. La pregunta de las preguntas para el político debería ser siempre “¿Qué tipo de estructura social tiendo a producir?” Pero es una pregunta que éste nunca se hace.

 

 

Herbert Spencer fue uno de los principales individualistas ingleses del siglo XIX. Empezó trabajando como periodista para la revista de laissez faire The Economist en la década de 1850. Buena parte del resto de su vida la empleó trabajando en una teoría integral del desarrollo humano basada en las ideas del individualismo, teoría moral utilitaria, evolución social y biológica, gobierno limitado y economía del laissez faire.

Este artículo se ha extraído del capítulo 1 de The Man versus the State, 1884. [Este libro está publicado en español como El individuo contra el estado (Barcelona: Ediciones Folio, 2003).

 


Published Thu, Oct 28 2010 7:07 PM by euribe

 


[1][1] Parliamentary History de Hansard, 32, p. 710.

[2][2] Desde que se escribió esto la suma ha aumentado a 10.000.000₤; es decir, en 1890.

[3][3] Fortnightly Review, Enero de 1884, p. 17.

[4][4] Ley de fábricas y talleres, 41 y 42 Vic., cap. 16.

[5][5] Desde que se escribió esto, se han reconocido estos errores y el sistema se está abandonando, pero no se dice ni una palabra acerca del inmenso daño que el gobierno ha infligido a millones de niños durante los últimos 20 años.

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About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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