euribe Si los hombres fueran ángeles

por Robert Higgs (Publicado el 15 de octubre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4784.

[Extraído de “If Men Were Angels”, Journal of Libertarian Studies, 2007]

 

En el número 51 de The Federalist, seguramente el más importante de todos, James Madison escribía en defensa de una propuesta de constitución nacional que estableciera una estructura de “controles y contrapesos entre las distintas áreas” del gobierno y, en consecuencia, la restricción de la opresión de la opinión pública por el gobierno. Al realizar este argumento, Madison escribió el siguiente párrafo, que está cerca de ser un curso breve de ciencia política:

La gran seguridad contra una concentración gradual de varios poderes en el mismo departamento consiste en dar a quienes administran cada departamento los necesarios medios constitucionales y motivos personales para resistir las invasiones de los otros. La provisión de defensa debe en este, como en todos los demás casos, ser proporcional al peligro de ataque. Las ambiciones deben contrarrestar a las ambiciones. El interés del hombre debe estar conectado con los derechos constitucionales del lugar. Puede ser un reflejo de la naturaleza humana que esas disposiciones deban ser necesarias para controlar los abusos del gobierno. ¿Pero qué es el propio gobierno sino el mayor de todos los reflejos de la naturaleza humana? Si los hombres fueran ángeles, no sería necesario ningún gobierno. Si los ángeles gobernaran a los hombres, no sería necesario ningún control externo ni interno sobre el gobierno. Al enmarcar un gobierno que va a ser administrado por hombres sobre hombres, la gran dificultad reside aquí: debes primero permitir al gobierno controlar a los gobernados y después obligarle a controlarse a sí mismo. Una dependencia del pueblo es, sin duda, el control principal del gobierno, pero la experiencia ha enseñado a la humanidad la necesidad de precauciones auxiliares.[1][1]

El pasaje que se refiere a los ángeles es una obra maestra de la retórica, tan memorable que casi se ha convertido en un cliché. Sin embargo, en el argumento de Madison hace más que destacar que la naturaleza humana sea algo menos que angélica. También sirve como trampolín que lleva a Madison a la consideración de “enmarcar un gobierno que va a ser administrado por hombres sobre hombres”, que no es “sino el mayor de todos los reflejos de la naturaleza humana”.

En resumen, lleva a Madison directamente a una consideración del gobierno como lo hemos conocido durante los últimos milenios: un monopolio que opera en definitiva por la amenaza o el uso efectivo de la violencia, haciendo normas para cobrar tributos a los residentes del territorio que controla. Por tanto, para ser claro, me referiré a este tipo de organización demasiado familiar como “el estado”.

Quizá todos estén de acuerdo en que si todos fuéramos ángeles el estado no sería necesario y en que si los ángeles fueran los gobernantes no necesitarían restricciones externas ni internas para asegurar que gobiernan justamente. En términos de la Tabala 1, serían indiferentes las dos celdas de la primera fila.

Tabla 1 — Modelo de Madison

  Sin estado Con estado
Los hombre son ángeles OK OK
Los hombre no son ángeles No es concebible Lo mejor concebible

En la idea de Madison, la opción sin estado era inconcebible, por razones que expresaba obtusamente cuando escribía:

En una sociedad bajo la forma en que la facción más fuerte puede fácilmente unirse y oprimir a los débiles, puede decirse con seguridad que la anarquía reina como en un estado de naturaleza, en el que el individuo más débil no está protegido contra la violencia de los más fuertes y como en este último estado incluso los individuos más fuertes se ven obligados, por la incertidumbre de su condición, a someterse a un gobierno que pueda proteger tanto a los débiles como a ellos, así, en el estado anterior, la facciones o partidos más poderosos se verían inducidos gradualmente, por un motivo similar, a desear un gobierno que proteja a todos, tanto a los más débiles como a los más poderosos.[2][2]

Así, Madison, aparentemente siguiendo a Locke, creía que los individuos no elegirían permanecer en una condición sin estado y se someterían a la autoridad de un estado con el fin de obtener una mayor seguridad en su persona y propiedades. Innumerables otros pensadores han razonado de forma similar a lo largo de los años, como hizo Mancur Olson en su último libro en el que concluía: “Si una población actúa para servir a su interés común, nunca elegirá la anarquía”.[3][3]

El desorden, la libertad y el estado

Nada más común que la suposición de que sin un estado una sociedad caerá necesaria e inmediatamente en el desorden violento; de hecho, la anarquía y el caos se utilizan frecuentemente como sinónimos. El Diccionario Random House da las siguientes cuatro definiciones de anarquía:

  1. estado de una sociedad sin gobierno o ley
  2. desorden político y social debido a la ausencia de control gubernamental
  3. una teoría que considera como ideal político la ausencia de todo gobierno directo o coactivo y a la asociación voluntaria de individuos y grupos como el modo principal de organizar la sociedad
  4. confusión, caos, desorden

Sin embargo, supongamos que la situación descrita en la tercera definición no fuera meramente un ideal, sino una posibilidad genuina, tal vez incluso una condición concretada históricamente.

Por supuesto, Locke, Madison, Olson y caso todo el mundo ha concluido de sus elucubraciones teóricas que la opción sin estado no puede existir (al menos no por mucho tiempo) porque sus deficiencias la hacen manifiestamente inferior a la vida en una sociedad con un estado. La supuesta ausencia de ejemplos históricos significativos de grandes sociedades sin estado durante los últimos milenios apoyan estas conclusiones basadas en la teoría: igual que “los pobres que siempre están con nosotros”, salvo entre pueblos primitivos, la sociedad y el estado se consideran como siempre coexistentes.

Sin embargo, no necesitamos mucho tiempo para encontrar argumentos teóricos (algunos desarrollados con gran detalle y de longitud considerable[4][4]) acerca de por qué y cómo podría funcionar con éxito una sociedad sin estado. Además, los investigadores han aducido ejemplos históricos de grandes sociedades sine stado, que van desde la antigua civilización de Harappa en el vale del Indo[5][5] a Somalia durante la mayor parte de la pasada década y media.[6][6] Dada la enorme literatura que se se ha acumulado sobre sociedades sin estado en la teoría y en la práctica real, podemos concluir que al menos esas sociedades son concebibles.[7][7]

A la luz de esto, ambas celdas en la segunda fila del modelo de Madison deben verse como opciones vivas, cuyos resultados más probables son, sugiero, como muestra el Modelo Más Realista mostrado en la Tabla 2:

Tabla 2 — Modelo Más Realista

  Sin estado Con estado
Los hombre son ángeles OK OK
Los hombre no son ángeles Mala situación Peor situación

Aunque admito que el resultado en una sociedad sin estado sería malo, porque no sólo la gente no son ángeles, sino que muchos son irremediablemente malos hasta el extremo, supongo que el resultado en una sociedad bajo un estado sería peor, de hecho mucho peor, porque, primero, la gente peor de la sociedad tenderá a obtener el control del estado[8][8] y, segundo, en virtud de este control de las poderosas maquinarias de muerte y destrucción del estado, producirá mucho más daño del que se hubiera causado jamás fuera del estado.[9][9] Es una desgracia que algunas personas cometan crímenes, pero es tremendamente peor cuando esa gente inclinada al crimen obtiene poder del estado.

Aunque haya quien proteste diciendo que la verdadera “función” o “tarea” o “fin” del estado, como han argumentado Locke, Madison y tantos otros, es proteger los derechos individuales a la vida, la libertad y la propiedad, la evidencia de la historia demuestra claramente que, por norma, los estados reales no se comportan de acuerdo con ello. La idea de que los estados realmente funcionan en esa línea o que se esfuerzan por llevar a cabo esa tarea o por alcanzar ese fin reside en el ámbito del pensamiento ingenuo.

Aunque algunos estados por su propio interés pueden a veces proteger a algunos residentes (distintos de los funcionarios del propio estado) en sus territorios, esa protección es como mucho poco fiable y demasiado a menudo nada más que una farsa solemne. Además, invariablemente se mezcla con crímenes contra la misma gente que el estado pretende proteger, porque éste ni siquiera puede existir sin cometer los delitos de extorsión y robo, a los que califica de fiscalidad[10][10] y en general este crimen de estado existencial no sino el mero inicio de sus ataques a las vidas, libertades y propiedades de su población residente.

Por ejemplo, en Estados Unidos el estado en un momento u otro de las décadas recientes ha confinado a millones de personas en terribles jaulas de acero  porque han tenido la temeridad de comprar o vender voluntariamente o simplemente poseer productos desaprobados oficialmente. Combinando estos crímenes de estado (de secuestro o confinamiento injusto) con insolencia, los funcionarios se jactan descaradamente de sus ataques a las víctimas de la llamada guerra contra las drogas.

Los funcionarios aún tienen que explicar cómo se ajustan sus crecientes crímenes no provocados al arquetipo descrito y justificado en el Segundo tratado sobre el gobierno civil de Locke. Muchos ansiamos en vano que nos liberen de la cruel duplicidad del estado: ¿Dónde está el estado de naturaleza cuando realmente lo necesitamos?

Una aplicación del principio de precaución

Al evaluar la aplicabilidad del Modelo Más Realista, bien podríamos aplicar el principio de precaución, que ha sido muy discutido (y casi siempre mal aplicado) en años recientes en relación con la política medioambiental. Este principio sostiene que si una acción o política puede causar un daño grande e irreparable, entonces, a pesar de una falta de consenso científico, quienes apoyen la acción o política deberían soportar la carga de la prueba. Al aplicar este principio al establecimiento y funcionamiento del estado, los defensores del estado deberían tambalearse bajo una carga de prueba que no pueden aportar ni por la lógica ni por la evidencia.

Cualquiera puede ver el inmenso daño que causa el estado un día sí y otro también, sin mencionar sus periódicas orgías de muerte y destrucción masivas. Sólo el siglo pasado, los estados han causado cientos de millones de muertes, no a combatientes de ambos bandos de las muchas guerras iniciadas, cuyas bajas ya son bastante grandes, sino a “sus propias” poblaciones, a las que han elegido disparar, bombardear, gasear, hacerles pasar hambre, trabajar hasta la muerte y destruir de formas tan grotescas como para poder contemplarlas con calma.[11][11]

Aun así, casi incomprensiblemente, la gente teme que sin la supuestamente importantísimo protección del estado, la sociedad caerá en el desorden y la gente sufrirá un grave daño. Incluso un analista tan astuto como Olson, que habla francamente de “gobiernos y todas las cosas buenas y malas que hacen”, procede inmediatamente a contrastar “las horribles anarquías que aparecen en su ausencia”,[12][12] aunque no da ejemplos o citas que apoyen esta calificación de la anarquía. Pero los daños del estado (“las cosas malas que hacen”) son aquí y ahora innegables, inmensos y horribles, mientras que los supuestos daños sufridos son el estado son fantasmas mentales y caso completamente conjeturados.

Este debate ni siquiera parece equilibrado. Defender la existencia continuada del estado, a pesar de tener una seguridad absoluta de continuar correspondientemente con su aplicación al robo, la destrucción, el asesinato e incontables crímenes, requiere que alguien imagine caos, desorden y muerte sin estado a una escala que los defensores de estar sin estado parecen incapaces de causar. Tampoco, hasta donde yo sé, ningún ejemplo histórico atestigua tal pesadilla sin estado a grane Scala. Con respecto a la muerte y destrucción a gran escala, ninguna persona, grupo u organización privada puede siquiera empezar a compararse con el estado, que es seguramente el mayor instrumento de destrucción conocido por el hombre.

Todas la amenazas del no estado a la vida, libertad y propiedad parecer ser relativamente mínimas y por tanto manejables. Sólo los estados pueden suponer amenazas verdaderamente masivas y más pronto o más tarde los horrores con los que amanzana a la humanidad acaban realizándose.

La lección del principio de precaución es sencilla: Como la gente es vil y corruptible, el estado, que tiene con mucho el mayor potencial para dañar y tiene a ser pasto de los peores de los peores, es demasiado arriesgado para quien justifique su continuación. Tolerarlo no es simplemente jugar con fuego, sino poner en juego la destrucción total de la raza humana.

 

 

Robert Higgs socio distinguido en economía política en el Independent Institute y editor de The Independent Review. En 2007 recibió el premio Gary G. Schlarbaum por una vida dedicada a la causa de la libertad.

Este artículo está extraído de “Regime Uncertainty: Are Interest-Rate Movements Consistent with the Hypothesis?”, del blog Beacon del  Independent Institute, 24 de agosto de 2010.

 


Published Mon, Oct 18 2010 7:18 PM by euribe

 


[1][1] James Madison, “The Federalist No. 51”, The Federalist (Nueva York: Modern Library), p. 337.

[2][2] Ibíd., p. 340.

[3][3] Mancur Olson, Power and Prosperity: Outgrowing Communist and Capitalist Dictatorships (Nueva York: Basic Books, 2000), p. 65. Publicado en España como Poder y prosperidad : la superación de las dictaduras comunistas y capitalistas (Madrid: Siglo XXI de España, 2001)

[4][4] Ver p. ej., Murray N. Rothbard, For a New Liberty: The Libertarian Manifesto, ed. rev. (Nueva York: Collier Books, 1978) [Editada en España como Hacia una nueva libertad (Madrid: Unión Editorial, 2005)]; y David Friedman, The Machinery of Freedom: Guide to a Radical Capitalism, 2ª ed. (LaSalle, IL: Open Court, 1989).

[5][5] Thomas J. Thompson, “An Ancient Stateless Civilization: Bronze Age India and the State in History”, Independent Review, vol. 10 (Invierno de 2006), pp. 365-384.

[6][6] Robert Higgs, Against Leviathan: Government Power and a Free Society, (Oakland, CA: The Independent Institute, 2004), pp. 374, 376; Yummi Kim, “Stateless in Somalia and Loving It”, Mises Daily, 21 de febrero de 2006.

[7][7] Para un compendio más completo de todo el asunto, ver Edward P. Stringham, Anarchy and the Law: The Political Economy of Choice (Oakland, CA: The Independent Institute, 2007).

[8][8] Frierich A. Hayek, The Road to Serfdom (Chicago: University of Chicago Press, 1944), pp. 134-152) [Editada en España como Camino de sevidumbre (Madrid: Unión Editorial, 2008)];  F.G. Bailey, Humbuggery and Manipulation: The Art of Leadership (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1988) y Higgs, Against Leviathan, pp. 33-56.

[9][9] Higgs, Against Leviathan, pp. 101-105.

[10][10] Albert Nock, “The Criminality of the State”, American Mercury (Marzo de 1939).

[11][11] La última estimación de R.J. Rummel del democidio del siglo XX asciende a 262 millones de persons. Los detalles están disponibles en su sitio web.

[12][12] Olson, Power and Prosperity, p. 66 (énfasis añadido).

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About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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