Praxeología y Ciencia Económica

Por Hans-Hermann Hoppe (traducción de Juan Fernando Carpio, tomada de http://www.mises.ec)

Es bien conocido que los Austriacos están en fuerte desacuerdo con otras escuelas de pensamiento económico, tales como la Keynesiana, la Monetarista, la de la Teoría de la Elección Pública, la Historicista, la Institucionalista y la Marxista[1]. El desacuerdo es más conspicuo, desde luego, cuando se trata de política económica y de propuestas de políticas económicas. En ocasiones existe también una alianza entre Austriacos y, en particular, Chicagoenses y Teóricos de la Elección Pública. Ludwig von Mises, Murray N. Rothbard, Milton Friedman y James Buchanan, por citar algunos nombres, se han aunado en sus esfuerzos para defender la economía de libre mercado contra sus detractores “social-liberales” y socialistas.
Sin embargo, tan importantes como puedan ser dichos acuerdos ocasionales por razones tácticas o estratégicas, sólo pueden ser superficiales, pues ocultan algunas diferencias realmente fundamentales entre la Escuela Austriaca, tal como es representada por Mises y Rothbard, y todas las demás. La diferencia de fondo de la cual emergen todos los desacuerdos a nivel de teoría económica y políticas económicas –desacuerdos, por ejemplo, con respecto a los méritos del patrón oro vs. el dinero fiat, la banca libre vs. la banca central, las implicaciones para el bienestar de los mercados vs. la acción estatal, capitalismo vs. socialismo, la teoría del interés y del ciclo económico, etc. –corresponden a la primera pregunta que realmente debe hacerse cualquier economista: ¿Cuál es el objeto de la Economía, y qué clase de proposiciones son los teoremas económicos?
La respuesta de Mises es que la Economía es la ciencia de la acción humana. En sí mismo esto puede no sonar muy controversial. Pero entonces Mises dice de la ciencia económica:
Sus aserciones y proposiciones no están derivados de la experiencia. Son, como aquellos de la lógica y las matemáticas, a priori. No están sujetos a verificación y falsación sobre la base de la experiencia y los hechos. Son lógica y temporalmente anteriores a cualquier comprensión de hechos históricos. Son uno requisito necesario de cualquier comprensión intelectual de eventos históricos[2].
Para poder enfatizar el status de la Economía como una ciencia pura, una ciencia que tiene más en común con una disciplina como la lógica aplicada, que con –por ejemplo- las ciencias naturales empíricas, Mises propone el término “Praxeología” (la lógica de la acción) para la rama del conocimiento encarnada en la Economía[3].
Es esta apreciación de la Economía como una ciencia a priori, una ciencia cuyas proposiciones pueden ser provistas de una rigurosa justificación lógica, lo que distingue a los Austriacos, o más precisamente a los Miseanos, de todas las demás escuelas económicas actuales. Todas las demás conciben a la Economía como una ciencia empírica, una ciencia como la Física, que desarrolla hipótesis y que requiere de comprobación empírica contínua. Y todas ellas consideran como dogmática y no científica la posición de Mises de que los teoremas económicos –como la Ley de Utilidad Marginal, o la ley de retornos, o la teoría del interés en base a la preferencia temporal y la Teoria Austriaca del Ciclo Económico- puedan ser otorgadas de prueba definitiva, de tal forma en que se demuestre que es simplemente contradictorio el negar su validez.
La posición de Mark Blaug, altamente representativa del pensamiento metodológico mayoritario, ilustra esta oposición casi universal al Austrianismo. Blaug dice de Mises: “Sus escritos sobre los fundamentos de la ciencia económica son tan extravagantes e idiosincráticos que uno sólopuede preguntarse por qué han sido tomados en serio por alguien[4]”.
Blaug no provee un sólo argumento para dar fundamento a su indignación. Su capítulo sobre Austrianismo simplemente termina con esa afirmación. ¿Será posible que el rechazo de Blaug y otros del apriorismo de Mises tenga más que ver con el hecho de que los rigurosos estándares de argumentación -que una metodología apriorista implican- demuestran ser demasiado para ellos[5]?
¿Qué llevó a Mises a su caracterización de la Economía como una ciencia a priori? Desde la perspectiva contemporánea puede ser sorprendente escuchar que Mises no veía su concepción como fuera de contexto frente al punto de vista prevalente en los albores del siglo veinte. Mises no trataba de prescribir lo que los economistas debían hacer, en oposición a lo que estaban ya haciendo. Más bien, él vio sus logros como un filósofo de la Economía en sistematizar, y volver explícito lo que la Economía era realmente, y como había sido implícitamente concebida por casi cualquiera que se llamase a sí mismo un economista.
Y este es en realidad el caso. Al ofrecer una explicación sistemática de lo que era conocimiento solamente implícito y no pronunciado, Mises en efecto introdujo algunas distinciones conceptuales y terminológicas que habían sido previamente poco claras y familiares, al menos para el mundo angloparlante. Pero su posición sobre el status de la Economía estaba esencialmente en total acuerdo con la –entonces- perspectiva ortodoxa sobre el asunto. Ellos no utilizaban el término “a priori”, pero tales economistas de la corriente prevalente como Jean Baptiste Say, Nassau Senior y John E. Cairnes, por ejemplo, describían a la Economía de forma muy similar.
Say escribe “Un tratado en Economía Política se… confinará a la enunciación de un puñado de principios generales, no requiriendo siquiera el apoyo de pruebas o ilustraciones; porque éstos no serán si no la expresión de lo que todos sepan, organizados en una forma conveniente para comprenderlos, tanto en el alcance total de cada uno como en su relación entre sí.”. Y “la Economía Política… siempre que los principios que constituyan sus fundamentos sean las deducciones rigurosas que parten de hechos generales innegables, descansa sobre una base inamovible[6]”.
De acuerdo a Nassau Senior, “las premisas [económicas] consisten de unas pocas proposiciones generales, el resultado de observaciones, o la conciencia, y que escasamente requieren de prueba, o incluso exposición formal, las cuales todo hombre, apenas las escucha, las admite como familiares a sus pensamientos, o al menos como incluídas en su conocimiento previo; y sus inferencias son casi tan generales, y si ha razonado correctamente, tan certeras como sus premistas.” Y los economistas deben estar “concientes del hecho de que la Ciencia depende más en el razonamiento que en la observación, y que su principal dificultad consiste no en la constatación de sus hechos, si no en el uso de sus términos[7]”.
Y John E. Cairnes subraya que mientras “la humanidad no tiene conocimiento directo de los principios físicos primarios”… “el economista inicia con un conocimiento de las causas primarias”… “El economista puede entonces ser considerado desde el inicio de sus investigaciones como alguien que ya posee aquellos principios primarios que gobiernan los fenómenos que conforman el tema de su estudio, el descubrimiento de los cuales en el caso en el caso de la investigación en Física constituye para investigador su más ardua tarea.” “Las conjeturas [en Economía] estarían manifiestamente fuera de lugar, en tanto poseemos en nuestra conciencia y en el testimonio de nuestros sentidos… prueba directa y fácil de aquello que deseamos saber. En Economía Política, correspondientemente, una hipótesis nunca se utiliza como ayuda para el descubrimiento de causas y leyes primarias[8]”.
La perspectiva de los predecesores de Mises -Menger, Böhm-Bawerk y Wieser- son las mismas: Ellos, también, describen a la Economía como una disciplina cuyas proposiciones pueden ser –en contraste con aquellas de las ciencias naturales- obtener una justificación primaria. Nuevamente, sin embargo, lo hacen sin utilizar la metología empleada por Mises[9].
Y finalmente, la caracterización epistemológica de la Economía era considerada bastante ortodoxa –y ciertamente no idiosincrática, como Blaug lo quisiera- luego de haber sido explícitamente formulada por Mises. El libro de Lionel Robbins, “The Nature and Significance of Economic Science”, que aparece por primera vez en 1932, es nada más que una versión ablandada de la descripción de Mises de la ciencia económica como Praxeología. Sin embargo fue respetado por la profesión económica como la estrella guía en metodología por casi veinte años.
De hecho Robbins, en su prefacio, explícitamente señala singularmente a Mises como la más importante fuente de su propia posición metodológica. Y Mises tanto como Richard von Strigl –cuya posición es esencialmente indistinguible de la de Mises- son citados positivamente en el texto con más frecuencia que nadie más.
Sin embargo, tan enriquecedor como pueda ser todo esto para una evaluación de la situación actual, es solamente historia. ¿Cuál es entonces el fundamento de los economistas clásicos para considerar su ciencia como algo diferente a las ciencias naturales? ¿Y qué se halla detrás de la reconstrucción explícita de Mises de esta diferencia como una ciencia a priori y una aposteriori? Fue el reconocimiento de que el proceso de validación –el proceso de descubrir si una proposición es verdadera o no- es diferente en un campo de indagación de que en el otro.
Demos una mirada breve a las ciencias naturales. ¿Cómo sabemos las consecuencias resultantes si sometemos un material natural a determinados experimentos, por ejemplo, si lo mezclamos con otro tipo de material? Obviamente no sabemos antes de intentarlo y observar qué ocurre. Podemos hacer una predicción, desde luego, pero aquella será solamente hipotética, y se requiere de observaciones para saber si acertamos o erramos. Más aún, incluso si hemos observado algún resultado específico, por ejemplo el que la mezcla de los dos materiales lleve a una explosión, ¿podemos estar seguros de que dicho resultado ocurrira invariablemente siempre que mezclemos dichos materiales? Nuevamente, la respuesta es no. Nuestras predicciones serán todavía, y permanentemente, hipotéticas. Es posible que una explosión ocurra solamente si ciertas otras condiciones –A, B y C- están aseguradas. Sólo podemos saber si éste es o no el caso y cuáles son esas otras condiciones al emprender un proceso de prueba y error sin fin. Esto nos permite mejorar progresivamente nuestro conocimiento sobre el rango de aplicación para nuestra predicción hipotética original.
Ahora tornemos nuestra miara hacia algunas proposiciones económicas típicas. Consideremos el proceso de validación de una proposición como la siguiente: Siempre que dos personas, A y B, entablen un intercambio voluntario, deben ambas esperar beneficiarse de él. Y deben tener escalas de preferencia inversas con respecto a los bienes y servicios intercambiados, de modo que A valora más lo que recibe de B que lo que le entrega, y B debe evaluar las mismas cosas de forma inversa.
O consideremos esto: Siempre que un intercambio no sea voluntario si no obligado, una parte gana a expensas de la otra.
O la Ley de Utilidad Marginal: Siempre que la oferta de un bien aumente en una unidad adicional, dado que cada unidad sea considerada de igual utilidad por una persona, el valor otorgado a esta unidad debe ser menor. Esto debido a que dicha unidad adicional sólo puede ser empleada como el medio para el logro de un fin que es considerado menos valioso, que el fin menos valioso satisfecho por una unidad del mismo bien si la oferta tuviera una unidad menos.
O tomemos la Ley Ricardiana de Asociación: En el caso de dos productores, si A es más productivo en la producción de dos tipos de bienes que B, aún podrán entablar una división del trabajo mutuamente beneficiosa. Esto es así debido a que la productividad física será más alta si A se especializa en producir el bien que pueda más eficientemente, en vez de que A y B produzcan dichos bienes separada y autónomamente.
O como un ejemplo adicional: Cuando se aplica legislación que requiera que los salarios sean superiores a los existentes en el mercado, el resultado será el desempleo involuntario.
O como ejemplo final: Siempre que la cantidad de dinero se incremente en condiciones en que la demanda de dinero para ser utilizada como balance de efectivo no cambie, el poder adquisitivo del dinero caerá.
Considerando tales proposiciones, ¿es el proceso de validación involucrado en establecerlas como verdaderas o falsas el mismo que el implicado para hacerlo con una proposición en las ciencias naturales? ¿Son hipotéticas estas proposiciones en el mismo sentido que una proposición respectoa los efectos de mezclar dos tipos de materiales naturales? ¿Tenemos que someter a experimento estas proposiciones económicas continuamente contra observaciones? Y, ¿requiere de un proceso de prueba y error sin fin el hallar el rango de aplicación de esas proposiciones y gradualmente mejorar nuestro conocimiento, tal como hemos visto que es el caso en las ciencias naturales?
Parece bastante evidente –excepto para la mayoría de economistas durante los últimos cuarenta años- que la respuesta a estas preguntas es un claro y nada ambiguo “No”. Que A y B tengan que esperar beneficiarse y tener escalas inversas de preferencia proviene de nuestra comprensión de lo que un intercambio es. Y es el mismo caso con respecto a las consecuencias de un intercambio obligatorio. Es inconcebible que las cosas sean jamás diferentes: lo fueron así un millón de años atrás y lo serán en un millón de años. Y el rango de aplicación de estas proposiciones está claro de una vez por todas: son ciertas siempre que algo sea un intercambio voluntario o sea un intercambio obligatorio, y eso es todo.
No hay diferencia con respecto a los otros ejemplos dados aquí. Que la utilidad marginal de unidades adicionales de bienes homogéneos deba caer proviene de la afirmación irrefutable de que cada persona actuante siempre prefiere lo que le satisface más que aquello que le satisface menos. Es simplemente absurdo el pensar que una experimentación continua sea necesaria para establecer una proposición así.
La Ley Ricardiana de Asociación, en conjunto con una demarcación definitiva de su rango de aplicación, se deriva lógicamente de la propia existencia de la situación descrita. Si A y B son diferentes en la forma descrita y por ende existe una tasa de sustitución tecnológica para los bienes producidos (una tasa para A y otra para B), si entablan una división del trabajo como se describe en esta ley, la producción física debe ser mayor que la resultante de otro modo. Cualquier otra conclusión es lógicamente defectuosa.
Lo mismo es cierto con respeto a las consecuencias de las leyes de salario mínimo o un incremento en la cantidad de dinero. Un incremento en el nivel de desempleo y una disminución del poder adquisitivo del dinero son consecuencias que están lógicamente implicadas en cada descripción de la condición inicial que se describe en las proposiciones en cuestión. En efecto, es absurdo considerar estas predicciones como hipotéticas y pensar que su validez no podría ser establecida independientemente de observaciónes, es decir, de forma distinta que experimentando con legislación de salario mínimo o imprimir más dinero y observar qué ocurre.
Para usar una analogía, vendría a ser como si uno intentase establecer el Teorema de Pitágoras mediante medir lados y ángulos de los triángulos. Tal como cualquiera tendría que opinar de tal actividad, ¿no deberíamos decir que el pensar que las proposiciones económicas tengan que ser comprobadas empíricamente es señal de clara confusión intelectual?
Pero Mises no nota simplemente esta diferencia más bien obvia entre la Economía y las ciencias empíricas. Nos hace entender la naturaleza de esta diferencia y nos explica cómo y por qué una disciplina única como la economía, que enseña algo acerca de la realidad sin requerir de observaciones, puede existir en primer lugar. Es este logro de Mises el que difícilmente puede ser sobreapreciado.
Para poder entender mejor esta explicación, debemos hacer una incursión en el campo de la Filosofía, o más precisamente en el cambio de la filosofía del conocimiento o Epistemología. En particular debemos examinar la epistemología de Immanuel Kant con su desarrollo de forma más completa en su “La Crítica de la Razón Pura”. La idea de Mises de la Praxeología está claramente influída por Kant. Esto no significa que Mises sea un simple y llano Kantiano. En efecto, como señalaré más adelante, Mises acarrea la epistemología Kantiana más allá del punto donde Kant mismo la dejó. Mises mejora la filosofía Kantiana de una forma que hasta este mismo día ha sido completamente ignorada y subapreciada por los filósofos Kantianos ortodoxos. Sin embargo, Mises toma de Kant sus distinciones conceptuales y terminológicas tanto como algunas nociones Kantianas fundamentales sobre la naturaleza del conocimiento humano. Por lo tanto, debemos tornar nuestra mirada hacia Kant.
Kant en el curso de su crítica del empirismo clásico, en particular el de David Hume, desarrolló la idea de que todas nuestras proposiciones podían ser clasificadas en forma doble: En una mano tenemos que pueden ser analíticas o sintéticas, y en la otra que pueden ser a priori o a posteriori. El significado de tales distinciones es, en resumen, la siguiente. Las proposiciones son analíticas siempre que los medios de la lógica formal sean suficientes para hallar si son verdaderas o no; de otro modo las proposiciones son sintéticas. Y las proposiciones son a posteriori siempre que se necesiten observaciones para establecer su veracidad o al menos confirmarlas. Si las observaciones no son necesarias, entonces las proposiciones son a priori.
La marca caracterísitica de la filosofía Kantiana es el aseverar que existen proposiciones sintéticas a priori –y es debido a que Mises se adhiere a esta aseveración que Mises puede ser llamado un Kantiano. Las proposiciones sintéticas a priori son aquellas cuya validez puede ser establecida definitivamente, aún cuando para ello los medios de la lógica formal no son suficientes (mientras, que desde luego, necesarias) y las observaciones son innecesarias.
De acuerdo a Kant, las matemáticas y la geometría proveen ejemplos de proposiciones sintéticas a priori. Sin embargo también considera que una proposición como el principio general de causalidad -es decir, la afirmación de que existen causas operativas intemporales, y que cada acontecimiento está inmerso en una red de tales causas- es una proposición a priori sintética.
No puedo entrar aquí en gran detalle para explicar cómo Kant justifica su posición. Tendrán que bastar unos pocos comentarios. Primero, ¿cómo se deriva la verdad de tales proposiciones, si la lógica formal no es suficiente pero las observaciones son innecesarias? La respuesta de Kant es que la verdad proviene de axiomas materiales auto-evidentes.
¿Qué vuelve a estos axiomas auto-evidentes? Kant contesta, no es posque sean evidentes un sentido sicológico, en cuyo caso estariamos inmediatamente concientes de ellos. Por el contrario, Kant insiste, es usualmente más arduo descubrir tales axiomas que descubrir alguna verdad empírica tal como que las hojas de los árboles sean verdes. Son auto-evidentes porque uno no puede negar su veracidad sin auto-contradecirse; es decir, al tratar de negarlos uno en realidad –implícitamente- estaría admitiendo que son ciertos.
¿Cómo hallamos tales axiomas? Kant contesta: mediante la reflexión sobre nosotros mismos, al entendernos como sujetos capaces de conocimiento. Y este hecho –el que la verdad de las proposiciones sintéticas a priori se derive ultimadamente de experiencia interna y reflexiva- también explica por qué tales proposiciones tienen la posibilidad de obtener el status de necesariamente ciertas. La experiencia observacional sólo puede revelar las cosas como son; no hay nada en ella que indique por qué las cosas deben ser de la forma en que son. Contrariamente a esto sin embargo, escribe Kant, nuestra razón puede entender por qué las cosas deben ser como son, “[en tanto sean] aquellas que ella misma ha producido de acuerdo a su propio diseño”.
En todo esto Mises sigue a Kant. Sin embargo, como señalé anteriormente, Mises añade una noción extremadamente importante que Kant sólo había atisbado remotamente. Ha sido una confrontación común al Kantianismo el decir que su filosofía parecía implicar alguna forma de idealismo. Puesto que -de la forma en que lo ve Kant- si las proposiciones sintéticas a priori verdaderas son proposiciones sobre cómo nuestra mente funciona y debe necesariamente funcionar, ¿cómo puede explicarse que tales categorías mentales ajusten con la realidad?
¿Cómo puede explicarse, por ejemplo, que la realidad se ajuste al principio de causalidad si este principio tiene que ser entendido como uno al cual el funcionamiento de nuestra mente debe ajustarse a su vez? ¿No tendríamos que hacer la asunción idealista y absurda de que esto sólo es posible porque la realidad fue en efecto creada por la mente? Para que no se me malinterprete, no pienso que tal arremetida contra el Kantianismo sea justificada. Y aún así, a través de ciertas partes de sus formulaciones Kant sin duda ha dado cierta plausibilidad a esta acusación.
Consideremos, por ejemplo, esta afirmación programática suya: “Hasta ahora se ha asumido que nuestro conocimiento debe ajustarse a la realidad observable”; en cambio debe asumirse “que la realidad observable debe conformarse a nuestro conocimiento”.
Mises provee la solución a este desafío. Es verdad, como Kant sostiene, que las proposiciones a priori sintéticas verdaderas están asentadas en axiomas auto-evidentes y que estos axiomas deben ser entendidos mediante reflexión sobre nosotros mismos en vez de ser en ningún sentido significativo “observables”. Sin embargo debemos ir un paso más allá. Debemos reconocer que tales necesarias verdades no son simplemente categorías de nuestra mente, pero que nuestra mente es una de personas actuantes. Nuestras categorías mentales deben ser entendidas como últimamente arraigadas en categorías de la acción. Y tan pronto como esto es reconocido, todas las sugerencias de idealismo inmediatamente desaparecen. Por el contrario, una epistemología postulando la existencia de proposiciones sintéticas a priori se vuelve una epistemología realista. Ya que se entiende como asentada en categorías de la acción en última instancia, la brecha entre el mundo mental y el real –exterior- se cierra. Como categorías de la acción, deben ser objetos mentales tanto como son características de la realidad. Ya que es a través de la acción que la mente y la realidad toman contacto.
Kant había dado claves hacia esta solución. Él pensaba que las matemáticas, por ejemplo, debían estar asentadas en nuestro conocimiento del significado de la repetición, de las operaciones repetitivas. Y también se dio cuenta de que, aunque sea un poco vagamente, el principio de causalidad está implícito en nuestra comprensión de lo que es y significa el actuar.
Sin embargo es Mises quien trae esta noción totalmente a la luz: la causalidad, él comprende, es una categoría de la acción. El actuar significa interferir en algún punto anterior en el tiempo para generar un resultado posterior, y de por ende todo actor debe presuponer la existencia de causas que operan constantemente. La causalidad es un prerrequisito de la acción, como Mises lo establece.
Pero Mises no está, como sí lo está Kant, interesado en la epistemología en sí. Con su reconocimiento de que la acción es el puente entre la mente y la realidad exterior, ha encontrado una solución al problema de cómo las proposiciones sintéticas a priori son posibles. Y ha ofrecido nociones extremadamente importantes con respecto al fundamento último de otras proposiciones epistemológicas más allá del Principio de Causalidad, tal como la Ley de Contradicción en cuanto a fundamento de la Lógica. Y de esa forma ha abierto un camino para la investigación filosófica que, hasta donde tengo conocimiento, ha sido escasamente transitado. Sin embargo, el tema de énfasis de Mises es la Economía, así que dejaré de lado por el momento el problema de explicar con mayor detalle el Principio de Causalidad como una proposición sintética a priori.
Mises no solamente reconoce que la epistemología indirectamente descansa sobre nuestro conocimiento reflexivo del actuar y por ende puede alegar que establece algo a priori sobre la realidad si no que la Economía también lo hace y de una forma mucho más directa. Las proposiciones económicas fluyen directamente de nuestro conocimiento de la acción reflexivamente adquirido; y el status de estas proposiciones como afirmaciones verdaderas a priori acerca de algo real se deriva de nuestra comprensión de lo que Mises denominó “el axioma de la acción”.
Este axioma, la proposición de que los seres humanos actuan, cumple los requisitos precisamente para una proposición sintética a priori verdadera. No puede negarse que esta proposición sea verdadera, ya que su negación tendría que ser clasificada como una acción –y así, la verdad de la afirmación literalmente no puede ser desarticulada. Y el axioma a su vez tampoco está derivado de la observación –sólo existen movimientos corporales a ser observados, pero no tal cosa como una acción- pero surge más bien de la comprensión reflexiva.
Adicionalmente, como algo que debe ser comprendido más que observado, sigue siendo conocimiento sobre la realidad. Esto es debido a que las distinciones conceptuales implicadas en esta comprensión son nada menos que las categorías empleadas por la mente en su interacción con el mundo físico a través de su propio cuerpo físico. Y el axioma de la acción con todas sus implicaciones ciertamente no es auto-evidente en un sentido sicológico, aunque una vez que se declara explícitamente puede ser entendida como una proposición innegablemente verdadera sobre algo real y existente.
Ciertamente, no es sicológicamente evidente ni es observable que en cada acción el actor busque un fin; y que cualesquiera sea ese fin, el hecho de que sea buscado revela que le otorga un valor relativamente más alto a éste que a cualquier otro fin para una acción que pueda concebir al inicio de su acción.
Tampoco es evidente u observable que para lograr su fin más altamente valorado una acción debe intervenir o decidir no intervenir (lo cual, desde luego, es también una forma de intervención) en un punto anterior en el tiempo para producir un resultado posterior; ni que tales intervenciones invariablemente implicquen el empleo de algún recurso escaso (al menos aquellos del cuerpo del actor, el espacio físico en que se encuentra y el tiempo utilizado por la intervención).
De igual forma no es auto-evidente ni puede ser observado que estos medios deben también tener valor para un actor –un valor derivado de aquel del fin- debido a que el actor debe considerar su empleo como necesario para lograr efectivamente el fin buscado; y que las acciones sólo pueden ser emprendidas secuencialmente, implicando siempre la toma de una decisión, es decir, elegir un único curso de acción que en un momento determinado ofrezca el resultado más valioso para el actor y excluya al mismo tiempo la consecución de otros fines menos altamente valorados.
No es automáticamente obvio ni observable que como una consecuencia de tener que elegir y dar preferencia a un fin por encima de otro –no pudiendo alcanzarse todos los fines simultáneamente- todas y cada una de las acciones implican incurrir en costos. Por ejemplo, renunciar al valor asignado al siguiente fin alternativo que no puede ser obtenido o cuya realización deba ser diferida debido a que los medios necesarios para efectuarlo están dedicados a la producción de otro fin, aún más altamente valorado.
Y finalmente, no es llanamente evidente u observable que a su inicio cada fin de una acción deba ser considerado de mayor valor para el actor que sus costos y sea capaz de rendir un beneficio, es decir, un resultado cuyo valor sea evaluado favorablemente frente a los costos incurridos. Y sin embargo, cada acción está invariablemente amenazada por la posibilidad de pérdida si un actor encuentra, en retrospectiva, que el resultado logrado en la práctica –contrariamente a expectativas previas- tiene menos valor que el que la alternativa sacrificada hubiese tenido.
Todas estas categorías –valor, fines, medios, elección, preferencia, costo, beneficio y pérdida, a la vez que el tiempo y la causalidad- están implicados en el axioma de la acción. Sin embargo, el que uno sea capaz de intepretar observaciones en tales categorías requiere uno ya sepa lo que significa actuar. Nadie que no sea un actor podría jamás entenderlas. No están “dadas”, listas para ser observadas, si no más bien la experiencia observacional es intepretada en dichos términos al hacerlo un actor. Ni es tampoco su reconstrucción reflexiva una tarea simple, sicológicamente auto-evidente, como lo demuestra una gran línea de intentos fracasados en el camino hacia las nociones previamente mencionadas sobre la naturaleza de la acción.
Tomó un esfuerzo intelectual monumental reconocer explícitamente lo que, que una vez vueltos explícitos, todos reconocen inmediatamente como ciertos y puede identificarlos como proposiciones sintéticas a priori, es decir, proposiciones que pueden ser validadas independientemente de observaciones y por tanto no pueden ser falseadas (demostradas como falsas) por ninguna clase de observación.
El intento de demostrar como falso el axioma de la acción sería en sí mismo una acción encaminada a un fin, requiriendo medios, excluyendo otros cursos de acción, incurriendo en costos, sometiendo al actor a la posibilidad de lograr o no lograr el fin deseado y llevando por tanto a un beneficio o pérdida (éxito o fracaso).
Y la propia posesión de tal conocimiento no puede entonces ser jamás disputado, y la validez de estos conceptos no puede ser falseada por ninguna experiencia circunstancial, ya que el disputar o falsear algo habría ya presupuesto su propia existencia. De hecho, una situación en la cual estas categorías de la acción dejasen de tener una existencia real no podría ser jamás observada, ya que el hacer una observación es, también, una acción.
La gran observación de Mises fue que el razonamiento económico tiene su fundamento precisamente en esta comprensión de la acción; y que el status de la Economía como una forma de lógica aplicada se deriva del status del axioma de la acción humana como una proposición sintética a priori. Las leyes del intercambio, la ley de utilidad marginal decreciente, la ley ricardiana de asociación, la ley de controles de precios, y la teoría cuantitativa del dinero –todos los ejemplos de proposiciones económicas que mencioné – pueden ser derivados lógicamente de este axioma. Y es por ello que a uno le resulta ridículo pensar acerca de tales proposiciones como del mismo tipo epistemológico que aquellas de las ciencias naturales. El pensar que lo son, y consecuentemente requerir de experimentación para su comprobación, es como suponer que debemos incurrir en un proceso de búsqueda de hechos sin conocer el posible resultado para establecer el hecho de que uno es en realidad un ser actuante. En una palabra: es absurdo.
La Praxeología dice que todas las proposiciones económicas que claman ser verdaderas deben ser demostradamente deducibles por medio de la lógica formal del conocimiento verdadero e irrefutable concerniente al significado de la acción humana.
Específicamente, todo razonamiento económico consiste de los siguientes:
(1) Una comprensión de las categorías de la acción y el significado de que ocurra un cambio en tales cosas como valoraciones, preferencias, conocimiento, medios, costos, etc;
(2) Una descripción de un mundo en que las categorías de la acción asuman un significado concreto, donde individuos concretos son identificados como actores con objetos específicados como sus medios para actuar, con fines concretos identificados como valores y cosas concretas identificadas como costos. Tal descripción puede ser aquella del mundo de Robinson Crusoe, o un mundo con más de un actor en que las relaciones interpersonales sean posibles; de un mundo de intercambio mediante el trueque o uno de dinero y de intercambios que coloquen al dinero como el medio común de intercambio.
____________________________________________________________________________________________________________________________________________
[1] Los dos primeros ensayos están basados en dos clases impartidas en el “Advanced Instructional Conference on austrian Economics” del Ludwig von Mises Institute, de Junio 21-27, en 1987. El tercer ensayo es una reimpresión tomada de The Economics and Ethics of Private Property (Kluwer Academic Publishers en 1993), pp.141-64.
[2] Ludwig von Mises, Human Action (Chicago: Henry Regnery, 1966), p.32.
[3] El trabajo medotológico de Mises está contenido principalmente en sus Epistemological Problems of Economics (New York: New York University Press 1981); Theory and History (Washington, D.C.: Ludwig von Mises Institute, 1985); The Ultimate Foundation of Economic Science (Kansas City, Kans.: Scheed Andrews and McMeel, 1978); Human Action, Parte I.
[4] Mark Blaug, The Methodology of Economics (Cambridge: Cambridge University Press, 1980), p.93; para una declaración de indignación ver Paul Samuelson, Collected Scientific Papers, vol.3 (Cambridge, Mass.: Hardvard University Press, 1972), p.761.
[5] Otro crítico prominente de la Praxeología ha sido Terence w. Hutchinson, The Significance and Basic Postulates of Economic Theory (London: Mcmillan, 1938). Hutchinson, siendo como Blaug un adherente a la variante Popperiana de empirismo, se ha vuelto desde entonces menos entusiasta acerca de las posibilidades de avanzar la Economía por medio del empirismo (ver, por ejemplo, su Knowledge and Ignorance in Economics [Chicago: University of Chicago Press, 1977] y The Politics and Philosophy of Economics [New York: New York University Press, 1981), aunque sigue sin ver una alternativa posible al falsacionismo de Popper. Una posición y desarrollo bastante similares a los de Hutchinson pueden encontrarse en H. Albert (ver sus iniciales Marktsziologie und Entschedungslogik (Neuwied: 1967). Para una crítica de la posición empirista ver Hans-Hermann Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung. Unterschungen zur Grundlegung von Soziologie un Ökonomie (Opladen: 1983); “Is Research based on Causal Scientific Principles Possible in the Social Sciences?” Ratio 25, no.1 (1983); “In Defense of Extreme Rationalism”, Review of Austrian Economics 3 (1988); “On Praxeology and the Praxeological Foundations of Epistemology and Ethics” in Llewellyn H. Rockwell, Jr. ed., The Meaning of Ludwig von Mises (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1989)
[6] Jean-Baptiste Say, Treatise on Political Economú (New York: Augustus Kelley [1880] 1964), p.xx, xxvi.
[7] Nassau Senior, And Outline of the Science of Political Economy (New York: Augustus Kelly, [1836] 1965), pp.2-3,5.
[8] John E. Cairnes, The Character and Logical Method of Political Economy (New York: Augustus Kelly, 1965), p. 83, 87, 89-90, 95-96.
[9] Copiar cita.

Traducido por Juan Fernando Carpio.

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Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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