euribe Los Efectos del Gobierno Contra la Civilización.

Por Jeffrey A. Tucker.

Ah por los días en que los socialistas creían en el progreso material! Ya no es el caso. Ahora proponen pobreza y abogan por regulaciones para llevarla a cabo – y esperan que seamos agradecidos por ello. Considerando que el socialismo no puede realmente trabajar para lograr una mayor productividad, puede hacer lo que los socialistas “posmaterialistas” desean. Medios socialistas que trabajen para lograr estándares de vida más bajos.

De una manera extraña, esto es una traición de Karl Marx, cuya denuncia clave acerca del capitalismo era que fallaba en elevar al trabajador:

“El obrero moderno … se hunde más y más por debajo de las condiciones de existencia de su propia clase. Se convierte en un mendigo, y el pauperismo crece más rápidamente que la población y la riqueza.”

La consigna de Lenin fue “El comunismo es el poder soviético más la electrificación de todo el país.” La medición del PIB fue una fuente de gran orgullo para los países, así como las grandes innovaciones en los viajes espaciales y la tecnología militar.

Lo mismo puede decirse con respecto a los sistemas de planificación de los gobiernos que se quedaron cortos con la nacionalización a gran escala. Durante la Era Progresista, el objetivo de la política del gobierno fue el levantamiento material de la población. La acusación de los monopolios corporativos dificultada por la legislación de competencia es que son un lastre para la competencia y por lo tanto para el crecimiento económico. El banco central fue empujado como un instrumento para alimentar el crecimiento económico y el progreso.

El New Deal, que no era más que una manifestación de la fe que prevalece en la planificación del gobierno, trató de mejorar la situación material de la humanidad. La idea de progreso estaba embebida en su estructura ideológica. Todas las comunidades rurales debían de tener carreteras y electricidad. Los agricultores debían de dejar su tierra y abrazar a la industria. Nuestro apego a la vida en las zonas rurales se debía revolucionar y todos abrazarían la tecnología moderna que fuera traída por el Estado.

Hasta con la pobreza.

En algún momento, durante los últimos 50 años, la crítica del capitalismo ha cambiado de condenar su incapacidad para distribuir la riqueza a condenar todo lo contrario. De repente, el gran pecado del capitalismo es que esta produciendo demasiado, lo que nos convierte a todos demasiado materialistas, alimentando el crecimiento económico a expensas de otros valores, difundiendo la decadencia de la clase media, y en general haciendo que la sociedad este atrapada demasiado en la productividad y el nivel de vida.

Al tomar nota de este cambio dramático, Murray N. Rothbard escribe que el punto de inflexión podría haber sido la obra de 1958 de John Kenneth Galbraith llamada La sociedad opulenta, que es una larga arenga contra el consumismo, la decadencia de la clase media, y la riqueza cada vez mayor de la media persona bajo el capitalismo. Galbraith afirmó que todo esto fue a expensas de las instituciones públicas y la infraestructura pública.

Este libro se convirtió en un éxito de ventas. Cambió la forma en que la izquierda promocionaba la intervención del gobierno y criticaba el libre mercado. Este libro fue el primero de medio siglo de libros similares que recuperaron ese espíritu rousseauniano, que se inclinan a idealizar el mundo antes de la industrialización, a jugar con la idea de que la sociedad de los cazadores-recolectores tenía mucho a su favor, a imaginar que todos viviríamos mejor si el intercambio operara únicamente a nivel de la pequeña tribu y cosechando nuestros propios alimentos, y todo lo demás que viene con el primitivismo.

El romance de la caza y la recolección

La palabra de moda para mostrar este nuevo amor para rebajar el nivel de vida y la pobreza forzada es la sostenibilidad.

Si quieres una definición de sostenibilidad, es esta: hacer retroceder los avances de la civilización por la fuerza.

Un rápido vistazo a la literatura revela cientos de títulos a lo largo de estas líneas: Sostenibilidad de Diseño: Una estrategia subversiva para la Transformación de nuestra cultura de consumo; Indicadores de Sustentabilidad: La medición de la inconmensurable; Volver a la sostenibilidad; 147 Consejos para la Enseñanza de la Sostenibilidad, Vida Verde: Una Guía Práctica para la sostenibilidad simple; El puente hacia el borde del mundo: el capitalismo, el medio ambiente, y el Cruce de la crisis a la sostenibilidad, la sostenibilidad: una imagen impresionante de lo que la vida pronto será; Permacultura: Principios y Senderos más allá de la sostenibilidad; Escenarios de futuro: ¿Cómo Comunidades pueden adaptarse a pico Cambio de Aceite y Cambio Climático.

El autor de estos dos últimos libros, David Holmgren de Australia, es una figura interesante. Él es el innovador de la idea de que tenemos que ir más allá de la sostenibilidad. Si tiene dudas acerca de la sostenibilidad, créanme que no querrán ir más allá. He estado viendo las entrevistas de YouTube de este buen tipo. Él siempre está sentado fuera, rodeado de paisajes naturales y cantos de pájaros, y él tiene este estilo de prosa espagueti que cautiva.

Él toma como axiomáticamente cierto que el petróleo, el gas y todas las formas de producción de energía modernas están llegando a su fin, ambos debido a que los combustibles fósiles se están agotando y porque la gente ya no tolera un mundo que se está calentando a niveles intolerables debido a la modernidad. No hay ningún cuestionamiento de estos supuestos básicos. En una entrevista, Holmgren hace un comentario remarcable que la tecnología ha estado en el camino equivocado durante los últimos 500 años.

Ahora, tenga en cuenta que estas opiniones no están en absoluto fuera de la corriente. Si entrevistara a la mayoría de los compradores de comestibles de la tienda “Earth Fare”, mientras hurgan por sus huevos de pollo de corral, velas de cera de oído y sándwiches de frijol hechos con pan de abono orgánico, podría encontrar un acuerdo casi universal de que él está completamente correcto. Tal es la forma ideológica de nuestro tiempo.

En una entrevista, Holmgren habla con gran optimismo sobre el futuro de los suburbios. Él dice que se puede retrotraer fácilmente para adaptarse al nuevo mundo de la sostenibilidad. Recuerde que, dice, que los estacionamientos de asfalto son muy buenos para recoger agua de lluvia para beber. Nuestros jardines se pueden convertir para cultivar nuestros propios alimentos. Nuestros garajes serán inútiles, ya no habrá coches, así que de esta manera podemos convertirlos en talleres para la fabricación de artesanías como bancos, sillas, mesas y otras cosas.

Por supuesto que hay algunos problemas con esta visión del mundo. No habrá clavos con que hacer las cosas, porque el proceso de la fabricación de clavos es uno muy complicado que requiere una gran división del trabajo y la acumulación y el uso de capital. No habrá madera, a menos que se la corte desde el patio trasero, ya que la industria de la madera como la conocemos, depende en gran medida de las herramientas eléctricas, el transporte de combustibles fósiles, y de la división del trabajo y la acumulación de capital que se extiende por muchos países.

También existe el problema de que la gente tendrá que abandonar sus puestos de trabajo para hacer todo esto de la jardinería y las artesanías, pero por supuesto no van a tener opción ya que el fin de los combustibles fósiles, dará lugar a un desempleo masivo. No estoy seguro de cómo se planea tener agua recogida de asfalto y distribuida casa por casa, excepto por los camiones, pero tal vez también tiene un plan para habilitar carruajes tirados por caballos. Por supuesto, usted tiene que hacer los carruajes y alimentar a los caballos, que representan otros problemas.

No parecen entender que su plan no es una visión romántica de un mundo reconectado con la naturaleza, sino más bien una receta para la muerte en masa a una escala sin precedentes. En su tiempo idílico de hace 500 años, sólo había 500 millones de personas con vida en el planeta. No vivían muy bien. Hoy en día, hay cerca de 7 mil millones de personas con vida en el planeta, lo que significa que tiene que llegar de alguna forma a prescindir de los 6,5 billones de personas que no se podrán sostener con la tecnología de 500 años de edad.

Por supuesto, la ironía es que mirar ese video en sí es un milagro de la tecnología moderna, habría sido inconcebible hace cinco o diez años. Además, hace diez años no hubiera sido posible para mí comprar sus libros haciendo clic en un botón en un monitor electrónico flotante, o descargarlos a mi lector electrónico en un instante o tenerlos entregados en forma física mañana por camión. Así que tal vez hay un beneficio para su plan: no hay duda de que, una vez que se lleva a cabo, David Holmgren ya no sería un autor best-seller.

La reducción de los niveles de vida por la fuerza

Es fácil descartar estas personas como excéntricos de moda. Podemos considerar sus puntos de vista como una reacción comprensible de la inquietud ideológica en una época de sobreabundancia.

Y en verdad, cualquiera es libre de rebajar su estándar de vida por elección, e incluso realizar un juramento de la pobreza y aferrarse a él. Pero es un hecho que esta tendencia ha tenido un efecto masivo en el propósito declarado y el efecto cultural de la política del gobierno en nuestro tiempo.

Dejemos de lado las afirmaciones ridículas que hemos estado escuchando desde hace dos años que de alguna manera el gobierno va a estimular la economía (por robarnos más, acumulando deudas enormes, y gastando en cualquier cosa y en todo). Esta charla sobre el estímulo es realmente una salida. La rúbrica de costumbre en las que se empuja la política del gobierno hoy en día es precisamente lo contrario: para frenar la producción, para quitarnos los electrodomésticos, y hacernos más virtuosos al forzarnos a un nivel de vida más bajo.

Esta es una ética política que reina en nuestro tiempo, y que está teniendo un efecto. Se nos dice constantemente que lo haga, consumir menos, comprar localmente, comparta el auto, y reciclar y ahorrar, deje de entregarse. Con este fin, los productos de consumo son constantemente prohibidos, todos los días. Tenemos cada vez menos opciones en el área de medicina, productos químicos, alimentos, bebidas, y de otra manera, en todos los aspectos de la vida, sector tras sector. Todo esto equivale a una regresión de todo lo que conocemos como la civilización, todo lo que asociamos con mejor vida, más saludable, más inteligente, más culta y más próspera.

Consideremos, por ejemplo, la guerra atroz, pero en curso sobre la bombilla de luz incandescente, el símbolo mismo de la idea brillante y la innovación que marcó el comienzo de la civilización como la conocemos. Nuestros señores en el gobierno han decidido que ya no los van a usar, ya que son “ineficientes” – como si los burócratas en lugar de los consumidores y los productores son los que deciden lo que es o no eficiente. La última fábrica en los Estados Unidos que hace que estas bombillas fue cerrada la semana pasada, en preparación para la prohibición de la bombilla incandescente en 2014.

Ahora, se nos dice que la iluminación fluorescente es genial porque da más luz, es mejor luz, y que consume una fracción de energía. Si todo eso fuera cierto, no habría ninguna razón para usar la fuerza en absoluto. Los reguladores podía quedarse en casa y dedicarse a otras ocupaciones como la jardinería en sus patios traseros o la elaboración de artesanías en sus garajes. El paso de la luz incandescente de las lámparas fluorescentes no sería diferente de la transición desde el iPhone 3G a 4G o Windows XP a Windows 7. Simplemente sería algo que los consumidores realizarían por su cuenta.

No necesitamos a los organismos gubernamentales para que nos digan que actualicemos de Photoshop CS4 para CS5 o de nuestro coche viejo al último modelo del Honda Accord. Mejoras y cambios de producto a producto, a lo largo de las líneas de progreso, se producen de forma natural a través de la elección del consumidor, dependiendo de la disponibilidad de recursos y la prioridad económica.

Pero los reguladores no confían en la elección humana, y no creo que haya ninguna duda de que si la elección humana hubiera prevalecido aquí, no veríamos el final de las bombillas incandescentes. La temporada navideña pasada, me sorprendí al descubrir que no podía encontrar una cadena de luces que utilizan las bombillas normales, todas las cadenas de luz eran fluorescentes. Compré lo que estaba disponible. Para mi sorpresa, el árbol de Navidad adornado con esas cosas no daba la ilusión de estar iluminado. En su lugar se veía opaco y extraño, y muy poco navideño. Se veía oscuro, no encendido. La afirmación de que la luz es superior en todos los aspectos es obviamente falsa.

Ahora, es posible que los fluorescentes en un mercado libre ganen la partida. Pero yo lo dudo seriamente, o de lo contrario ¿por qué los gobiernos del mundo tienen que conspiran y usar la fuerza para eliminar las bombillas incandescentes? Parece claro que lo que tenemos aquí es un caso en que el gobierno esta deliberadamente reemplazando a las preferencias de los consumidores, reduciendo nuestro nivel de vida, y haciéndolo con una agenda ideológica específica en mente: una que busca la fuerza para hacernos menos pudientes, para vivir más pobres, a ser más pobres, y rechazar el progreso material.

El retorno de chinches

Esta es una tendencia sumamente peligrosa en la política gubernamental. Nuestro país está sufriendo actualmente una de las consecuencias.

Había una canción que era común en la década de 1920 que decía: “Que duermas bien No dejes que te piquen los chinches.” Generaciones han pensado en este como un dicho pintoresco que no tiene nada que ver con la realidad.

De hecho, las chinches fueron eliminado casi por completo de todo el planeta en la década de 1950, debido a los productos químicos modernos, para salvar vidas como el DDT, un producto químico inventado por el científico Paul Hermann Müller que trabajaba para una empresa privada suiza (Novartis) ha sido ampliamente pisoteado pero que ha salvado cientos de millones de vidas. Su prohibición desde la década de 1970, bajo la influencia de “Silent Spring” de Rachel Carson, lo ha culpado por una calamidad mundial.

Gracias en parte a esta prohibición, la malaria mata a día de hoy entre uno y tres millones de personas al año. Esto es chocante, pero no es del todo inusual en el orden de la historia. Es fácil considerar a los insectos como el mal más peligroso en esta tierra, de haber matado a mucha más gente que los gulags, las cámaras de gas, e incluso armas nucleares.

De hecho, los insectos son las únicas cosas en esta tierra que han sido más peligrosos para el bienestar humano que los gobiernos – y está realmente diciendo algo. En el siglo 14, insectos portadores de enfermedades mataron hasta un 60% de la población europea. Los Estados Unidos han tenido sus propios problemas graves con la fiebre amarilla. Nosotros no pensamos sobre esto, pero es porque no tenemos la muerte negra en este momento, debido principalmente a los logros del capitalismo.

Hoy en día estamos viviendo un retorno de chinches a nivel de epidemia. El National Pest Management Association, indica que casi todas las empresas de control de plagas dicen tener miles de nuevos informes de chinches en todo el país. Hay incluso un sitio web que los rastrea: bedbugregistry.com. Esta epidemia, es tan mala que incluso el New York Times publicó un editorial alarmado, está directamente relacionada con la prohibición de productos químicos que habían tenido bajo control a los chinches.

Hay otros productos químicos, además del DDT que controlan a las chinches, como propoxur, pero en 2007 la EPA prohibió su uso en interiores. Ahora, cualquier empresa de control de plagas que la utiliza en interiores se ve amenazada con multas y, posiblemente, con la cárcel. Es tan malo que el Departamento de Agricultura de Ohio ha rogado a la EPA por un cambio en la política, pero la EPA no se mueve. En su lugar, aconseja a las personas a “reducir el desorden en su hogar para reducir los escondites de insectos de cama”, y también sugiere que “la eliminación de los hábitats de chinches.” Ah, y por supuesto, la EPA sugiere que se trabaja en “la sensibilización mediante la educación.”

El New York Times publicó una historia sobre como el regreso de los chinches ha desconcertado a los científicos. Más adelante en el artículo, sin embargo, el texto dice que productos químicos los podrían controlar, pero que todos los productos químicos están prohibidos. Bueno, si la respuesta la tenemos ante nosotros, pero nos está prohibido por el gobierno utilizarla, o los minoristas y los exterminadores están demasiado intimidados por la cultura política de amenazar a los que toman riesgos, no veo que hay muchos motivos para estar desconcertados por el problema. ¿Qué hay en la causa y el efecto que estas personas no entienden?

Ahora, yo no quiero entrar en una disputa sobre los productos químicos y sus efectos. Algunas personas dicen que el DDT ya no es eficaz – pero la industria del DDT en el mercado negro sigue siendo vibrante – y que hay desventajas al usar propoxur o que hay otros agentes naturales y químicos que son efectivos. Yo no soy un científico y no tengo ninguna opinión sobre si las visiones son correctas. Hay opiniones sobre todo el mapa en estas cuestiones.

Mi punto es simplemente este: el proceso de mercado que normalmente permite la innovación, el ensayo y error, y la acumulación y la aplicación de todo el conocimiento científico disponible ha sido subvertido por las instituciones gubernamentales que han supuesto saber qué es lo mejor, la planificación central del uso de productos químicos para controlar plagas. Incluso para llevar un nuevo producto químico al mercado requiere de siete años y 100 millones de dólares sólo para saltar a través de la espesura de reglamentación, que tiene un sesgo en contra del progreso, el capitalismo, y la innovación. Terminamos teniendo que confiar en los expertos y afirmaciones científicas rivales basadas en resultados de pruebas enrarecidas en lugar de los mercados.

Adiós agua caliente, Hola Basura

Otra sugerencia que escuchamos acerca de las chinches es que debemos lavar las sabanas en agua caliente. Bueno, eso estaría bien, salvo que la mayoría de las casas no tienen agua caliente del grifo. Debido a las regulaciones del gobierno, nuestros calentadores de agua caliente se suministran con una configuración por defecto que hace que el agua sea tibia. Las consecuencias de esto son devastadoras. Nuestra ropa no se limpia. Nuestros cuerpos no se limpian. Nuestros platos no se limpian. Para cambiar esto requiere que abra su calentador de agua y que configure el nivel más caliente, pero no mucha gente conoce este truco. Si le propone esto a un técnico para que lo haga por usted, el sospechara que usted es un agente provocador y huira.

A continuación llegamos al problema de la basura. La política del Gobierno es cada vez más limitar nuestros días de recogida de basura, e incluso limitar la cantidad de basura que se puede crear. Todos sabemos de los ataques y la regulación de espacio en los vertederos. Luego está el tema del reciclaje en sí, que podría tener algún mérito limitado en determinadas condiciones en un entorno de mercado. Pero bajo el gobierno, nos vemos obligados a examinar nuestra propia basura y separarla de acuerdo al tipo que el gobierno pueda procesar a través de máquinas especialmente creadas.

Ahora, ningún estudio realizado sobre el reciclado da muestra que no ahorra el dinero, sino que malgasta grandes cantidades de dinero y energía con los camiones reciclaje y las plantas procesadoras. La mayoría de las ciudades tienen montones y montones de residuos que no pueden ser reciclados. No hay nada malo con el reciclaje voluntario, rentable, pero hay mucha locura e ineficiencia sobre la planificación centralizada del reciclaje. Pero lo que más me preocupa son las implicaciones en contra de la civilización al tener que escarbar la basura con las manos, moviéndolo de un lado a otro y creando cada vez más recipientes para mantenerla por períodos cada vez más largos de tiempo.

Esto es desagradable, insalubre, y probablemente peligroso en algún nivel. La disposición de la basura ha sido un problema desde la antigüedad, y el hecho de no hacerlo bien ha llevado a la muerte y el desastre en todas las partes del mundo. Y sin embargo, quién está a cargo del control de la eliminación de la basura hoy? Sin una buena razón, el gobierno. Si el sector privado estuviera a cargo, el sistema funcionaría de manera muy diferente por cierto. Podría haber un canal que se lleve la basura de inmediato, sacándola lejos de nuestra casa y en algunos casos incinerándola. No hay manera de saber, porque el control del gobierno ha impedido el proceso de innovación, así como que detuvo el proceso de innovación química.

Ahora llegamos a uno de mis temas favoritos, el ataque a la plomería. Los datos indican que el uso doméstico del agua constituye menos del 1% del consumo total de agua. Esto incluye toda el agua que utilizamos para la ducha, lavar y regar el césped. Y, sin embargo el gobierno ha estado en una campaña de décadas para forzar el límite del uso del agua en nuestros propios hogares. Como resultado, nuestros baños ya no funcionan. La presión de agua en nuestras casas es baja. El Gobierno exige bloqueadores de agua en todas nuestras duchas, para que ni siquiera se pueda tomar una ducha decente a menos que alteres tu ducha con un taladro.

Puedo seguir con ejemplos de esta pobreza planeada. El ataque a la medicina es una amenaza muy seria. La pseudoefedrina, un regalo del cielo para los que sufren de problemas de sinusitis, ya no se puede comprar en la farmacia por cualquier cantidad. En mi propia comunidad, hay una señora que enfrenta 20 años de cárcel por la compra de 4 paquetes de Sudafed a lo largo de 12 días en varias farmacias – una acción perfectamente legal hace sólo unos años. Se nota demasiado que los medicamentos simples para la tos y dolores de los niños apenas funcionan. La mayoría han sido reducidos a la condición de los placebos bajo la gestión gubernamental de la medicina.

El ataque sobre el amianto, una sustancia maravillosa para reducir el fuego que el gobierno prohibió, a continuación impuso enormes costos para su eliminación. Resulta que la eliminación representa un riesgo mucho mayor que dejarlo. Existe un ataque a la pintura con plomo también.

Y no olvidemos el extraordinariamente malvado ataque contra el coche de gasolina con las normas CAFE, la burla de los coches más grandes y más seguros, la promoción obligatoria y financiada con impuestos de los vehículos eléctricos, y el ataque general en materia de energía, petróleo y gas, y la subvención al viento, el agua y la electricidad. ¿Y quién puede olvidar la locura de los ataques a BP por su reciente desastre petrolero del golfo? Fue un accidente, provocado por las restricciones del gobierno sobre las perforaciones en la costa y los límites de responsabilidad a las compañías petroleras. La empresa debe ser responsable por los daños, pero destruirla por completo es una locura.

Si los libros y el aprendizaje, la distribución universal de las ideas, son esenciales para la civilización, debemos estar horrorizado por lo que el gobierno ha hecho en el caso de Internet. Por primera vez en la historia hemos tenido la posibilidad de una biblioteca global de todos los libros que alguna vez ha sido impreso, todo en línea disponible para su distribución universal. Habría sido la mayor liberación de las ideas en la historia humana, consagrados en el programa conocido como Libros de Google. Las revistas sin duda habrían sido las siguientes. En cambio, el gobierno creó un riesgo moral para los rapaces intereses privados que se han acogido a la “propiedad intelectual” para destruir la posibilidad, impedir la difusión de las ideas, y lograr un retroceso literario. Es el equivalente del Estado alemán destrozando la impresora de Gutenberg apenas puesta en marcha. Y los ataques están creciendo. La ejecución de la propiedad intelectual, algo que nunca existiría en un mercado libre, es ahora la amenaza número uno a la Internet.

La libertad nos da la civilización

¿Estás viendo el patrón aquí? La planificación del Gobierno nunca fue un buen medio para hacer cualquier cosa, pero al menos hubo un momento en que se dispuso a llevar el progreso a la humanidad. Era el medio equivocado para alcanzar la meta correcta. Hoy en día, la planificación de gobierno está trabajando como un medio maliciosamente eficaz para alcanzar el objetivo equivocado: quiero decir con esto que si hay algo que el gobierno es realmente bueno haciendo es destruyendo las cosas.

Aun así, al tratar de reducir nuestro nivel de vida y llevarnos hacia atrás en el progreso de la civilización, el gobierno realmente está jugando con fuego, desatando males que son desconocidos para nosotros hoy.

No olvides nunca que no fue el gobierno sino la libertad la que nos dio la civilización. La libertad dio lugar a la innovación, la liberación del ingenio humano que construyó ciudades y amplió la división del trabajo en todo el mundo. Se triplicó el promedio de vida. Nos dio la libertad de distribución universal de los alimentos, la medicina, la música y el aprendizaje. La libertad crea la riqueza que financia nuestras iglesias, centros de investigación, asociaciones cívicas, grupos de danza, museos de arte, y reservas naturales. La libertad es lo que permite a las instituciones como el Instituto Mises de existir y experimentar un crecimiento dinámico. Sólo una sociedad libre y rica permite el florecimiento de la civilización para todos.

Joseph Schumpeter dijo que la gran tragedia del capitalismo es que produce riquezas tan abundantes que las personas tienden a darlas por sentado, imaginando que pueden entorpecer y destruir su aparato productivo, sin grandes consecuencias económicas y sociales. Esto es precisamente lo que está sucediendo hoy en día. Esta tendencia a idealizar la pobreza y la sencillez y un mundo sin la tecnología moderna es una ideología que es la animación de las travesuras de muchos de los intelectuales de hoy, los políticos y burócratas que se han erigido como enemigos de todo lo que hace la vida más grande, es decir, que se erigen como enemigos de la libertad.

Sobre todo ahora, nuestros impuestos están pagando, no por la civilización, sino más bien por su destrucción.

Por Jeffrey A. Tucker.

[Este discurso fue pronunciado en el Círculo Mises, Colorado Springs, Colorado, 18 de septiembre de 2010.]

Traducido por Libertario.

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euribe ¿Es Obama realmente “el CEO de nuestra nación”?

Por Briggs Armstrong. (Publicado el 13 de octubre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4757.

La CNBC organizó recientemente una reunión general con un individuo al que calificaron de “el CEO de nuestra nación”. Los lectores que no vean mucho la CNBC otorgarían este título a uno de los grandes empresarios o innovadores del país. Tristemente, la CNBC no se estaba refiriendo a un gran empresario, sino al Presidente Barack Obama.

Con la confianza del país hecha pedazos y el sueño americano alejándose, el CEO de nuestra nación, el Presidente Barack Obama se enfrenta cara a cara con sus accionistas (ustedes) de Wall Street a Main Street. – CNBC.

Dejemos aparte política concretas aprobadas por el Presidente Obama, así como asuntos de su filosofía política y económica, nada de eso es relevante en este momento. En su lugar, nos centraremos en las diferencias fundamentales entre un CEO y un presidente y al hacerlo examinaremos la diferencia entre una democracia política y lo que podría llamarse una democracia económica o inversora.

Consideremos en primer lugar la forma en que se obtienen los respectivos cargos. Los candidatos presidenciales gastan enormes cantidades de dinero, posiblemente incluyendo “financiación pública” de los contribuyentes, para obtener el cargo. Hay que reconocer que Obama renunció a la financiación pública durante su campaña, pero siguió consiguiendo gastar más de 740 millones de dólares en su puja por el Despacho Oval. De hecho, los candidatos presidenciales gastaron un total de 1.700 millones en la campaña por la elección de 2008. En un contraste brutal, los CEO no compran sus cargos en caros concursos de popularidad; sin embargo, se les demoniza a menudo por ganar “demasiado” dinero una vez alcanzado el cargo.

Muchos apuntarían que los CEO utilizan sus contactos empresariales y personales para obtener sus empleos. Es sin duda un argumento válido. Uno no puede racionalmente afirmar que el mejor y más cualificado candidato siempre obtenga la plaza de CEO. Sin embargo, el cargo, una vez obtenido, puede perderse fácilmente en caso de ser inmerecido o no cualificado. Recuerden la reunión de accionistas de Disney de 2004. El entonces CEO y presidente del consejo Mcihael Eisner fue despedido como presidente y, un año más tarde, reemplazado como CEO. ¿Por qué? ¡Porque el 43% de los accionistas votaron no reelegirle!

Imagínense si el presidente de Estados Unidos afrontara su destitución si un 43% desaprobara su rendimiento en un año concreto. Cuando escribo esto, el índice de aprobación del Presidente Obama es un mero 44%, de acuerdo con una encuesta de Gallup. De hecho, los presidentes Truman, Nixon, Carter, Bush (41) y Bush (43), todos tuvieron índices de aprobación por debajo del 30%. Está claro que es más fácil votar para echar a un mal CEO que a un mal presidente.

La relativa facilidad con que se despide a los CEO no es, con mucho, la diferencia más importante entre un CEO y un presidente. El bien conocido problema de la tiranía de la mayoría está presente tanto en las democracias corporativas/inversoras como en las democracias políticas. Lo que separa a unas de otras son los remedios disponibles para la minoría descontenta.

En una democracia política, se nos dice que siempre debemos acatar la voluntad de la mayoría. Los ciudadanos que tienen deseos u opiniones que van contra los deseos u opiniones de la mayoría sólo tienen dos opciones. Pueden arreglárselas para convencer a la mayoría de que sus deseos merecen la pena y que sus opiniones son correctas o pueden dejar el país. Ninguna opción ofrece mucha esperanza para aquellos desafortunados que se encuentren en minoría.

En una democracia inversora, los que estén en minoría tienen mucho más control sobre las circunstancias y sobre quienes ejercen el cargo. El accionista minoritario no necesita convencer a muchos otros accionistas de que una política concreta de la compañía o un ejecutivo deben cambiarse. Un accionista descontento que se encuentre en oposición incluso a las políticas corporativas más triviales puede librarse de la imposición de la voluntad de otros simplemente vendiendo sus acciones. Es sin duda más fácil y barato liberarse de la tiranía de la mayoría sencillamente clicando “vender” que empacando tus pertenencias y buscando domicilio en otro lugar.

Consideremos ahora los incentivos de los titulares de los respectivos cargos. A los políticos sólo les preocupan las consecuencias a corto plazo de políticas y acciones, porque su plazo está limitado arbitrariamente. Los límites temporales y la rotación en el cargo se basan en la lógica de que cuanto menos tiempo esté en el cargo un político, menos probable es que actúe contrariamente al bien público. Pero ya en la década de 1830 los políticos habían usado la rotación de cargos como medio para enriquecer a personas poderosas, o al menos políticamente útiles, a cambio de diversos favores.

En 2009, un asombroso 44% de los miembros del Congreso eran millonarios, docenas de los cuales eran inversores en bancos que recibieron rescates federales. Los límites temporales arbitrarios sólo sirven para distribuir la riqueza entre la élite política y animar a un enfoque poco sano en la corto plazo a costa de las consecuencias a largo.

Aunque la era de políticos corruptos que utilizaban todos por igual su poder y fortuna hace tiempo que pasó, los políticos siguen tratando de enriquecerse, tanto ellos, como quienes les pusieron en el cargo. Estando así las cosas, los políticos tienen incentivos muy poderosos para otorgar tanto como puedan a los grupos de intereses especiales que les apoyaron. Lo hacen con los gastos del “pork-barrel”, los paquetes de estímulo, subvenciones, impuestos a la competencia, rescates, demandas antitrust y similares. También los CEO tienen incentivos a corto plazo que van contra sus obligaciones fiduciarias a los acciones, pero se ven muy mitigados.

El mercado ha sido capaz de desarrollar sofisticados mecanismos por los que los ejecutivos se ven obligados a cambiar su foco de las ganancias inmediatas y hacia una prosperidad futura. Con el fin de obligar a CEO y directores a considerar no sólo los beneficios a corto plazo, sino también los efectos a lago plazo de una política, se han desarrollado formas de retribución como las stock options, los stock appreciation rights (SARs) y los planes de incentivos a largo plazo (LTIP, por sus siglas en inglés). Todas aumentan el horizonte temporal en lo que afecta a la dirección, a menudo extendiéndolo mucho más allá de los planes del ejecutivo de abandonar la empresa. El cargo de presidente no tiene ese incentivo a largo plazo, salvo tal vez el deseo del titular de preservar su “legado”.

La facilidad con la que los inversores pueden romper amarras con una compañía permite que funcione en el mundo inversor un sistema muy importante que nunca podría funcionar en el ámbito político (al menos no en beneficio del pueblo). Este sistema crítico es el voto del dólar. Todo el mundo sabe que cuantas más acciones controle un inversor, más influencia tendrá sobre la gestión de una corporación. Quienes controlen suficientes acciones como para ser una influencia significativa sobre la gestión o bien son muy buenos gestionando el capital de otra gente 8fondos mutuos, fondos de inversión, etc.) o muy buenos en gestionar y hacer crecer su propio capital (como Warren Buffet). Como mínimo parecen ser muy buenos en el corto plazo pero perderían dinero, y con él influencia, a largo plazo si no son tan buenos como parecen.

El sistema de votos en proporción a dólares permite a los llamados corporate raiders, como Carl Icahn tener un impacto significativo. Raiders como Icahn son conocidos por hacer billones peleando por representaciones y apropiándose de compañías que creen que están mal gestionadas. Así los recursos escasos están mejor gestionados y se emplean mejor que en caso contrario.

Aunque el sistema por el que un hombre o un pequeño grupo de inversores ricos y poderosos pueden apropiarse de una empresa y prescindir de los malos ejecutivos funciona extraordinariamente bien en el mercado, no puede funcionar en política. La mayoría de la gente entiende intuitivamente que si en política, como en los negocios, un hombre pudiera juntar toda su riqueza y tratar de hacerse con el poder junto con otros que le apoyen, el resultado sería desastroso. Aún así, es así como funciona la política estadounidense. En lugar de comprar acciones, los políticos compran votos. El peculiar sistema del voto del dólar funciona extraordinariamente bien en los negocios y aterradoramente más en política, precisamente porque, en los negocios, los electores (los accionistas) son libres de desasociarse y vender su parte.

Indudablemente, un presidente influye en la economía interior y mundial: en ciertas áreas su papel puede parecer muy similar al de un CEO. Pero a pesar del título que le otorga la CNBC, los presidentes no son ni han sido nunca CEO. Entre los CEO vemos algo parecido a una meritocracia, un ambiente en que los que tienen los cargos están bajo constante presión para realizar bien sus tareas fiduciarias y en el que arriesgan el despido ante el más mínimo fallo.

Entre los políticos vemos un concurso de popularidad en el que los titulares del cargo tienen un trabajo seguro durante periodos de 4 años y son virtualmente imposibles de despedir por bajo rendimiento. Incluso quienes reconocen que los dos cargos son completamente distintos a menudo no entienden la razón fundamental.

Al final, una vez que depuramos todas las similitudes superficiales, la diferencia crítica entre un presidente de los Estados Unidos y el CEO de una gran empresa se la naturaleza de la relación como quienes se supone deben servir. La relación de un presidente con los ciudadanos está llena de coacción y fuerza; la relación de un CEO con accionistas es revocable y voluntaria.

 

 

Briggs Armstrong es estudiante en la Universidad de Auburn, especializándose en contabilidad, rama de finanzas. Es miembro de los Libertarios de la Universidad de Auburn, el Club de Economía de Auburn y el Club de Filosofía de Auburn.

Published Thu, Oct 14 2010 7:28 PM by euribe

 

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euribe La Ley Seca y los economistas

Por Mark Thornton. (Publicado el 16 de septiembre de 2006)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2270.

[Este artículo se ha extraído de The Economics of Prohibition]

Los economistas y la Ley Seca

Sostengo que no hay nada demasiado malo en la metodología económica estándar tal y como se establece en el primer capítulo de casi todos los libros de texto de teoría económica: lo que está mal es que los economistas no practican lo que predican.- Mark Blaug, The Methodology of Economics.

Como los economistas han venido liderando la batalla contra la prohibición de las drogas, la mayoría de la gente se sorprenderá al saber que desempeñaron un importante papel en establecer y defender la prohibición del alcohol de la década de 1920. Sigue siendo una cuestión abierta si los economistas establecen la opinión pública o la reflejan, pero la relación entre economistas y prohibición ofrece interesantes ideas acerca de la profesión económica y el actual debate sobre la legalización de las drogas.

En años recientes los economistas han liderado la lucha por legalizar (realmente, por relegalizar) las drogas. El economista Premio Nobel Milton Friedman ha sido es principal líder de las fuerzas de relegalización. Su carta abierta al “zar de las drogas” William Bennett, publicada en el Wall Street Journal, es sólo su última salva contra el establishment prohibicionista.[1][1] Friedman empezó esta batalla en la década de 1960, escribiendo en Newsweek que la prohibición de las drogas era ineficaz y que había disponibles posturas más razonables y prudentes sobre los problemas de éstas. Junto con su esposa, Rose Friedman atacaron más tarde la prohibición de las drogas en Libertad para elegir y La tiranía del status quo, enlazando el daño que causan con la experiencia de la prohibición del alcohol en la década de 1920. Los Friedman son cuidadosos observadores de la historia que se oponen a la prohibición de la droga tanto por razones éticas como prácticas.

Uno de los antiguos colegas de Friedman en la Universidad de Chicago, Gary S. Becker (1987), también se ha significado contra la prohibición de las drogas en los medios de comunicación. Su apoyo a la relegalización de las drogas es significativo por su estatus en la profesión y su posición potencial como ganador del Premio Nobel de economía. Becker argumenta que la prohibición no está funcionando y que los costes superan con mucho a los beneficios. Basa su posición tanto en descubrimientos actuales como en su propia investigación teórica. Becker es la principal autoridad actual y defensor de la suposición de la racionalidad en el estudio del comportamiento humano. Entre sus numerosos artículos sobre la economía del comportamiento humano está su recientemente publicado “A Theory of Rational Addiction” (con Kevin Murphy), en la que la adicción se modela como comportamiento racional.

Otro importante economista que anuncia su apoyo a la legalización es el ex secretario de estado George Schultz. Al haber sido Schultz un miembro importante de la administración Reagan, su declaración pública es un avance importante en el debate sobre la política respecto de las drogas. La postura pro-legalización de William F. Buckley, Jr. y la conversión de Schultz a la legalización marcan un importante punto de inflexión en el pensamiento conservador.

Una encuesta entre economistas indica que la mayoría se opone a la prohibición y está a favor de cambiar la política en dirección a la despenalización. Los economistas especializados en teoría monetaria y finanzas públicas es más probable que apoyen la despenalización, mientras que los especialistas en administración de empresas son más propensos a defender la prohibición. Los economistas que trabajan en el sector privado generalmente apoyan la despenalización, mientras que los economistas públicos es más probable que apoyen la prohibición. Debería advertirse que los economistas caen abrumadoramente dentro del grupo demográfico que muestra mayor apoyo a la legalización dentro de la opinión pública en general (de mediana edad, varón, estudios superiores, altos ingresos, judío o no religioso). La mayoría de licenciados en los universidades más prestigiosas y la mayoría de economistas formados en las tradiciones de Chicago, la elección pública o austriaca, apoyaban la despenalización de las drogas ilegales (Thornton 1991).

La creciente importancia e interés por la prohibición a llevado a algunos economistas a incluir explicaciones de la leyes contra el alcohol, las drogas, el juego y la pornografía en sus libros de texto. Normalmente restringidos y políticamente neutrales, muchos escritores de libros de texto de economía han adoptado una postura escéptica ante todas las prohibiciones. Por ejemplo, al examinar al actual prohibición de las drogas, Edwin G. Dolan y John C. Goodman (1985, 35) presentan “recelos basados en la eficacia, igualdad y libertad”. Robert B. Ekelund y Robert D. Tollison (1988, 108) encuentran que “el análisis económico pone en duda los efectos de dirigir más recursos a la imposición sin un análisis cuidadoso de las probables consecuencias de dichos programas” y sugieren “que los gastos del gobierno se dirigirían mejor al lado de la demanda en el problema”.[2][2]

También Richard McKenzie y Gordon Tullock (1989), advierten sobre la prohibición. Encuentran que “los costes de aplicación tal vez deberían tenerse ahora en cuenta al evaluar la eficacia de las leyes contemporáneas contra las drogas duras y la pornografía” (7). McKenzie y Tullock también afirman que los economistas siempre han estado de acuerdo en contra de la prohibición y han sido conscientes de los tremendos costes, como si se hubieran visto alertados por algún modelo económico estándar: “Si los que apoyan la prohibición hubieran consultado a economistas, estamos seguros de que les habrían dicho que la ley sería muy difícil y cara de implantar. Con este consejo podrían haber decidido no seguir el programa de la mejora moral” (7, énfasis añadido).

Es verdad que los economistas estaban sustancialmente de acuerdo durante los años de formación de la prohibición nacional del alcohol. Pero estaban a favor de ella, no en contra.

Los orígenes de la “economía” de la Ley Seca

Los economistas ayudaron a establecer la defensa de la Ley Seca durante la Era Progresista, un tiempo en que estaban profesionalizando su disciplina y en el que un movimiento hacia el intervencionismo del gobierno y el socialismo, promovido por la Escuela Histórica Alemana, estaba desplazando a la postura liberal clásica en la economía política. Los miembros de la Escuela Histórica Alemana rechazaban la teoría económica en favor del estudio de la historia y las instituciones. Derivada de la filosofía romántica alemana (el determinismo hegeliano), la Escuela defendía el uso de las leyes como medio para la reforma social.

Los licenciados de la Escuela Histórica Alemana, principalmente Richard T. Ely, fundaron la American Economic Association en 1890. Esta asociación siguió el modelo de las asociaciones académicas alemanas que se aliaron con el estado alemán. Muchos economistas orientados al mercado amenazaron con boicotear la nueva organización por su aparente partidismo político. Sin embargo, una vez que se eliminó su socialista declaración de principios, la asociación fue aceptada ampliamente.

Muchos de los miembros fundadores crecieron en familias puritanas dentro del pietismo posmilenarista.[3][3] Durante sus años como estudiantes universitarios, muchos se hicieron ateos, sustituyendo el perfeccionismo de la postura religiosa de sus padres por una postura secular. Algunos, como Richard T. Ely, adoptaron una orientación pro socialista, mientras que otros, como John Bates Clark, adoptaron una perspectiva evolucionista del capitalismo como una “jungla”. Lo que compartían era una visión evangélica y un fuerte desagrado ante productos como el alcohol.[4][4]

Uno de los miembros fundadores de la asociación e importante defensor de la prohibición fue Simon N. Patten. Patten era un inadaptado. Impedido por su mala salud y vista, estaba incapacitado para los trabajos habituales y era considerado la oveja negra de su próspera familia. Nacido en un hogar puritano yanqui tradicional, Patten se convirtió en intelectual y agnóstico. Después de varios reveses en su vida, viajó a Alemania, donde recibió instrucción de un líder de la Escuela Histórica Alemana, Karl Knies. Tras volver a Estados Unidos, no pudo encontrar trabajo hasta que fue contratado por defensores del proteccionismo y amigos de Wharton School de la Universidad de Pennsylvania.

A.W. Coats (1987) describe a Patten como original y peculiar, y sus publicaciones como inusuales y excéntricas. Las contribuciones de Patten “eran interesantes, pero extrañamente originales y no sistemáticas, aunque su conciencia de los costes del crecimiento y su preocupación por el medio ambiente anticipaban las preocupaciones de finales del siglo XX” (818-819). A pesar de sus muchos escritos y su papel como fundador (y luego presidente) de la American Economic Association, no se recuerda a Patten por sus teorías, sino por sus “profecías”.

Una de sus profecías fue la llegada de la prohibición del alcohol a Estados Unidos. Patten era un pluralita, que creía que la política no es ni del todo buena ni del todo mala y que una política bien puede ser buena para un país pero desastrosa por otro. Escribió en 1890 que la prohibición del alcohol era una buena política para Estados Unidos y que la abstinencia sería el resultado inevitable de la competencia evolutiva.

La prohibición era a la vez deseable e inevitable en Estaods Unidos, desde la perspectiva evolucionista de Patten. Patten basaba su conclusión en tres factores principales:

  1. Un cambio importante de clima en Estados Unidos generaría un consumo de alcohol grande e irregular;
  2. La costumbre de “invitar” en Estados Unidos generaría que la gente consumiera una mayor cantidad y variedad de bebidas alcohólicas que si se basara sólo en sus propias decisiones;
  3. El avance tecnológico generaría la producción de bebidas alcohólicas más potentes y de peor calidad.

Todas estas condiciones se relacionaban con las de Alemania, donde había estudiado Patten y donde la prohibición era aparentemente innecesaria.

Patten parece argumentar que la prohibición debe adoptarse su queremos “sobrevivir”. La gente templada “superará” a las sociedades bebedoras en términos de longevidad, prodigio y riqueza. Las sociedades templadas superarán a las bebedoras porque cierta cantidad de territorio puede soportar dos personas templadas o un bebedor. Estados Unidos decaerá pues se gastará el territorio al intentar apoyar a una nación de borrachos. Para Patten, la prohibición en un gran campo de batalla evolutivo porque Estados Unidos debe ser abstemio y quiere sobrevivir y prosperar:

Separemos lo bueno de la sociedad de lo malo y no llevaremos con lo malo muchas de las restricciones que les mantienen en el delito. De esta forma, cualquier medida que haga mejor lo bueno hace peor lo malo. Cuando más claras sean las líneas entre las dos clases, más progresará lo bueno y más rápido irá lo malo en su caída. Con la prohibición es más fácil ser bueno y más peligroso ser malo. (1890, 65).

Para Patten, el alcohol es un producto sin equilibrio en su consumo. O uno es bueno y se abstiene del alcohol o se convierte en un borracho y se autodestruye. Patten incluso presenta una versión temprana de la teoría de la escalada en el uso de drogas (es decir, que el uso de marihuana lleva a la adicción a la heroína), cuando se refiere a

Esas series graduadas de bebidas que se encuentran en todo bar, con las que el bebedor pasa gradualmente a bebidas más fuertes cuando las más débiles pierden su atractivo. Esta tendencia divide a la sociedad en dos partes y fuerza a la respetable a unirse en una oposición compacta a toda bebida. Cuanto más aguda sea la contestación, más tendrán que ganar los abstemios. Poco a poco su ventaja económica aumentará su fortaleza, hasta que su influencia moral aleje al bebedor del bar y su poder político aleje al bar del bebedor. (1890, 67-68).

Patten liga a la ebriedad prácticamente todos los problemas (reales e imaginarios) de la sociedad moderna. Su obsesión por la ebriedad se indica por su algo confusa declaración final de su primera publicación inglesa:

El aumento de la ebriedad y otros vicios físicos que han acompañado al progreso moderno son la consecuencia de la extensión de la división del trabajo, que destruye la capacidad tanto de producir como de disfrutar de la mayoría de las cosas que son fuente de placer para el hombre en un estado de aislamiento. Podemos obtener las ventajas derivadas de la división del trabajo sin perder la oportunidad de disfrutar de todo tipo de producción con sólo educar todas las facultades del hombre que daría tal independencia y todas las fuentes de pacer de las que disfruta el hombre solitario. Además, esas cualidades que aumentan las fuentes de placer son las mismas por las que el campo del empleo aumenta y la tendencia a la superpoblación disminuye, y sólo cuando la educación haya desarrollado todas las cualidades de todos los hombres podemos esperar que esta tendencia sea tan inocua que todos los hombres puedan disfrutar de los placeres de un estado de aislamiento junto con la eficiencia de la civilización moderna. Fin. ([1885] 1968, 244).

Sobre este argumento, Patten construyó el razonamiento económico de la Ley Seca y ayudó a establecer el programa del alcohol de los economistas estadounidenses. Como William Graham Sumner y John Bates Clark, entendía que la supervivencia de los mejor adaptados acabaría eliminando al borracho de la sociedad. Sin embargo, la tendencia intervencionista en su educación impulsaba a Patten a concluir que la prohibición combinada con la competencia evolutiva lograría los resultados deseados (la abstinencia total) más rápidamente que la evolución sola.[5][5]

En defensa de la Ley Seca

Un importante economista estadounidense, Irving Fisher, fue el defensor de la Ley Seca dentro de la profesión. Organizó una mesa redonda sobre el tema en las reuniones de la American Economic Association en 1927. Allí afirmó no ser capaz de encontrar ni un economista para hablar en contra de la Ley Seca, a pesar de haberlo buscado concienzudamente.

Obtuve una lista de economistas que supuestamente se opondrían a la Ley seca y les escribí: todos me respondieron o bien que estaba equivocado en pensar que se oponían a la Ley Seca o que, si íbamos a limitar la discusión a la economía de la Ley Seca, no se molestarían responder. Cuando descubrí que no iba a tener ningún participante representando al punto de vista opuesto, escribí a todos los economistas estadounidenses listados en “Minerva” y a todos los profesores de estadística de Estados Unidos. No recibí ninguna aceptación. (I. Fisher et al. 1927, 5).

Contrariamente a la creencia de McKenzie y Tullock, si los defensores de la prohibición del alcohol hubieran preguntado a los economistas, habrían sido animados con ganas.

En 1926 Fisher expresaba una visión optimista, casi utópica hacia la eliminación de la venenosa bebida y los problemas a menudo asociados con el consumo de alcohol. La década de 1920 fue un tiempo de gran optimismo y Fisher lo describía óptimamente respecto de la Ley Seca:

La Ley Seca está aquí para quedarse. Si no se aplica, sus virtudes se convertirán en maldiciones. No hay tiempo que perder. Aunque las cosas sean mucho mejores que antes de la Ley seca, con la posible excepción del descrédito de la ley, pueden no seguir así. La aplicación curará el descrédito de la ley y otros males sufridos, así como aumentará lo bueno. La Ley Seca estadounidense pasará a la historia como heraldo de una nueva era en el mundo, de cuyo logro esta nación estará siempre orgullosa. (I. Fisher [1926] 1927, 239).

El apoyo incondicional de Fisher a la Ley Seca ayuda a aislar la política de las críticas. Escribió tres libros sobre la Ley Seca en los cuales su situación académica y objetividad apenas disfrazaban su ferviente apoyo.[6][6] Apoyaba las afirmaciones de que la Ley Seca reduciría el crimen, mejoraría la fibra moral de la sociedad y aumentaría la productividad y el nivel de vida. De hecho, mantuvo que la Ley Seca fue en parte responsable de la prosperidad económica de los felices 20.

Fisher, un genio en muchos aspectos, nació en una familia protestante de linaje puritano. Su padre era un predicador y licenciado de la Escuela de la Divinidad de Yale y su madre era al menos tan pía como su padre. La muerte de su padre y de dos hermanos mayores, así como su propia mala salud, tuvieron un impacto importante en sus opiniones respecto de la política social. Apoyaba cualquier caso, como la Ley seca, que pudiera ampliar la esperanza de vida.

El ateísmo de Fisher parecería oponerle a los reformistas religiosos, los principales defensores de la Ley Seca, Aun así, aunque Fisher dejó de creer en Dios y en la religión, siguió convencido de las doctrinas y métodos de protestantismo evangélico postmilenarista. La gente debería trabajar hacia los objetivos de la moralidad, el progreso y el orden en la tierra, creía y el gobierno debería ser el principal instrumento de civilización. El método era secundario para alcanzar los fines deseados. Esta visión tipificaría su obra en economía y política social. “Los hombres no pueden disfrutar de los beneficios de la libertad civilizada sin restricciones. La ley y el orden deben prevalecer, o si no la confusión ocupa su lugar y, con la llegada de la confusión, desaparece la libertad” (citado en I. N. Fisher 1956, 13).

Fisher era más adepto a las matemáticas que el ayudaban a justificar estudios, concursos académicos y tutorías. Sus disertaciones eran ejercicios de reconstrucción de matemática teórica de la teoría de la utilidad basados en buena parte en el método de Leon Walras.

La tesis fue aplaudida por Francis Yisdro Edgeworth, que rechazó aspectos de su propia teoría después de leer la obra de Fisher. Vilfredo Pareto escribió a Fisher una carta de ocho páginas en la que hablaba desdeñosamente de los “adversarios de los métodos matemáticos” y alababa la distinción de Fisher entre utilidad de “lo que no puede ser útil y lo que es realmente útil”.[7][7] Fue esta distinción la que luego usó Fisher en el análisis del consumo de alcohol.

Para los admiradores de las contribuciones más científicas de Fisher, éste resulta principalmente científico y objetivo. Su trabajo sobre la Ley Seca muestra una tenue capa de barniz científico que es importante para evaluar todas sus contribuciones, pues Fisher fue claramente un defensor de la intervención de gobierno en la economía. Una idea clave de su punto de vista l ilustra un extracto de su discurso en el Club Socialista de Yale en noviembre de 1941.[8][8]

Creo que [William Graham Sumner] fue uno de los más grandes profesores que hayamos tenido nunca en Yale, pero estoy muy lejos de su punto de vista, el de la vieja doctrina del laissez faire.

Recuerdo que dijo en su clase: “Señores, está llegando el momento en que sólo habrá dos grandes clases: socialistas y anarquistas. Los anarquistas quieren que el gobierno no sea nada y los socialistas quieren que el gobierno sea todo. No puede haber mayor contraste. Bueno, llegará el momento en el que sólo habrá estos dos grandes partidos, representando los anarquistas la doctrina del laissez faire y los socialistas la visión extrema del otro lado y cuando llegue el momento yo seré anarquista”.

Esto divirtió mucho a la clase, pues era tan distante de un revolucionario como pueden imaginar. Pero me gustaría decir que si llega el momento en que haya dos grandes partidos, anarquistas y socialistas, entonces seré socialista. (Citado en I. N. Fisher 1956, 44).

La postura inicial de Fisher sobre los problemas del alcohol fue que la mejor solución era la educación de la juventud. El alcohol hace presa en los bebedores, como el opio en sus fanáticos. Las generaciones mayores debían olvidarse, concentrando todos los esfuerzos en la juventud. En un discurso a los estudiantes del Oberlin College en la primavera de 1912, resumía su postura sobre los estupefacientes: “¿Pero cuál es el uso normal de estas cosas (cerveza, whisky, opio, hachís y tabaco)? De acuerdo con la visión más positiva que se ha dado científicamente, el uso normal no es ninguno, y si esto es así, quienes lo entiendan no deberían atemorizarse por cumplir con su ideal más de lo que deberían atemorizarles cumplir con los diez mandamientos” (citado en I. N. Fisher 1956, 152-153).

En una declaración ante el Subcomité de Legislación sobre Licor e Impuestos Especiales para el Distrito de Columbia (1912), dijo; “Después de hacer lo que creo que es un estudio minuciosamente desinteresado de la cuestión, (…) he llegado personalmente a la muy segura conclusión, basándome en las estadísticas así como en la fisiología, de que el alcohol en la medida en que podemos observar su efectos, es un mal y no produce ningún beneficio” (citado en I. N. Fisher 1956, 153-154). Luego quedó convencido de que sería necesaria la legislación contra los bares para complementar los esfuerzos educativos y se convirtió a la ley seca por el “éxito” de las prohibiciones estatales.

Durante la Primera Guerra Mundial, Fisher ofreció sus servicios al Consejo de Defensa Nacional, donde se le asignó la tarea de  establecer la política sobre el alcohol en tiempo de guerra. Bajo su dirección, el consejo recomendó la prohibición en tiempo de guerra y zonas secas alrededor de todos los acantonamientos militares. Los intereses de los licoreros bloquearon la primera medida, que apoyaba Fisher por considerar que la guerra era una oportunidad excelente para experimentar con la prohibición. Fisher también supuso que esta derrota le dio el ímpetu necesario para conseguir la prohibición en 1920.[9][9]

¡Fue un resultado indirecto de esta segunda derrota de la Ley Seca en tiempo de guerra lo que trajo la Ley seca constitucional! ¡Los cerveceros descubrieron que, inconscientemente saltaron de la sartén a las brasas! La razón fue que los senadores que habían accedido a la solicitud del Presidente Wilson de derogar las cláusulas de la Ley Seca en tiempo de guerra de la Ley de Alimentos desagradaron y enfurecieron así tanto a sus electores pro abstinencia que se vieron obligados a hacer algo para corregirlo (I. Fisher 1927, 10-12).

Los libros de Fisher sobre la Ley Seca son exámenes empíricos de estadísticas sociales como el consumo de alcohol, la actividad criminal y la salud. En su primer libro, Prohibition at Its Worst (1927), Fisher  hablaba por sí mismo y fue el más polémico. En Prohibition Still at Its Worst (1928) y The “Noble Experiment” (1930), reemplazaba este estilo con una aproximación aparentemente más equilibrada en que presentaba tanto las opiniones “secas” como “mojadas” en distintos asuntos y temas empíricos.

En su primer libro, Fisher establecía sus presupuestos o “grandes hechos” que constituían su plan general de análisis. Pretendía demostrar que la Ley Seca se había aplicado imperfectamente, cuyos resultados no eran tan malos como se decía y que en realidad había hecho mucho bien. Pensaba que los argumentos de libertad personal contra la Ley Seca eran una ilusión. Además, argumentaba que la Ley Volstead no podía enmendarse sin violar la Decimoctava Enmienda, que la Decimonovena Enmienda no podía derogarse y que su anulación sería el peor desprecio posible a la ley. Finalmente, afirmaba que “la única solución práctica es aplicar la ley” ([1926] 1927, 18-19).

Buena parte de la obra de Fisher incluye disputas sobre estadísticas. Aún así, puede atribuírsele en buena parte el desarrollo de los asuntos principales relacionados con la prohibición, la organización del debate entre secos y mojados y el establecimiento de los criterios por los que se juzgarían las futuras prohibiciones. Un examen detallado de la obra de Fisher sobre la prohibición requeriría por sí mismo un libro entero. Sin embargo, una crítica de algunas de las conclusiones y sugerencias de Fisher ofrece una muestra de sus defectos.

Fisher pedía perdón en escritos posteriores por no reconocer los méritos de la prohibición privada. Antes del cambio de siglo, los empresarios normalmente daban a los empleados raciones de alcohol en el trabajo. Después de 1900, la mayoría de los fabricantes, con sus complejos y peligrosos procesos de producción, eliminaron las raciones de alcohol, a menudo reemplazándolas con normas contra la bebida. Estos cambios se produjeron en un tiempo en que tribunales y parlamentos estaban haciendo cada vez más responsables a los empresarios de las lesiones a los empleados.

Fisher parece confundido por la distinción entre prohibición pública y privada y por el apoyo “mojado” a la prohibición privada, pero no a la decretada por el gobierno. El hecho de que cambios en la economía hagan económica la prohibición privada para algunos empresarios le hace perderse. Más tarde admitió que las prohibiciones privadas eran más eficaces que la ley. “En buena parte a causa de las sanciones en la nómina de los trabajadores y en las leyes de responsabilidad de los empresarios y por consideraciones de los requisitos de producción, la situación ha traído una forma más absoluta de Ley Seca, aplicada privadamente, que la encarnada en la Decimoctava Enmienda o en la Ley Volstead” (I. Fisher 1930, 443). Esto no sólo indica que Fisher estaba en parte ciego al proceso de mercado, también socava el análisis empírico a lo largo de su obra y la de otros. Los resultados deseables de la prohibición privada y a política de empleo no pueden atribuirse a la Ley seca.

Fisher creía que la opinión pública apoyaba firmemente la Ley Seca a causa del aumento de la mecanización de la sociedad. Afirmaba que la maquinaria y los automóviles no podían usarse de forma segura después de haber consumido alcohol. Sin embargo, este argumento no es mejor que argumentar una prohibición de los coches sin considerar el coste resultante y las soluciones alternativas. Fisher también argumentaba que otros sistemas, como los adoptados en Canadá (dispensario público) y Gran Bretaña (impuestos y regulación) eran peores, o al menos no mejores, que la Ley seca. Aquí comparaba sus impresiones de cómo eran los sistemas extranjeros en la práctica con su idea de cómo sería la Ley Seca estadounidense si fuera “aplicada apropiadamente”.

Fisher argumentaba que el consumo de alcohol disminuyó durante la Ley seca y varias estimaciones apoyan la opinión de que el consumo de alcohol por cabeza sí disminuyó. Sigue habiendo muchas preguntas importantes (¿en cuánto disminuyó el consumo? ¿cuáles fueron las causas de la disminución? ¿cómo cambiaron los patrones de consumo? ¿qué tipo de alcohol se consumía? ¿y qué pasó con el consumo de sustitutivos?) que están en buena parte sin responder e incluso sin hacerse. También argüía que la disminución de en el consumo de alcohol potenció el progreso económico. Aunque la afirmación de que la Ley Seca había ocasionado la prosperidad económica de la década de 1920 fue descartada con la llegada de la Gran Depresión, sus creencias respecto de la productividad industrial y el absentismo siguen usándose para hinchar las estimaciones de las pérdidas económicas por el uso de drogas y los potenciales beneficios de la prohibición.

Al discutir acerca de los sustitutivos del alcohol, Fisher se centraba en el automóvil, la radio y la industria cinematográfica. En un pasaje que suena más a sermón que a tratado de economía, advertía que la creciente especialización de la economía (aparentemente también una contribución de la Ley Seca) permitía aliviar la pobreza. Consideraba a todos los sustitutivos del alcohol como buenos e ignoraba completamente el hecho de que esos sustitutivos generalmente generaban menos valor para el consumidor y podría generar un tipo de sustitutivo que lamentaría el propio Fisher. De acuerdo con las limitadas referencias a los narcóticos en sus escritos, Fisher aparentemente pensaba que la Ley Seca había reducido la venta de narcóticos y que podrían no ser tan dañinos como el alcohol.

Fisher creía que la Ley Seca había funcionado mejor de los esperado “higiénica, económica y socialmente”. El principal problema era que se había aplicado mal, particularmente en las grandes ciudades. Afirmaba que la Ley Seca funcionaba donde se aplicaba correctamente. Fisher apoyaba una completa reorganización de la aplicación a todos los niveles, la contratación de mejores policías y aumentos en los gastos de aplicación.

En su contribución final a la Ley seca (1930), Fisher inusitadamente transigía con los mojados apoyando el “derecho” a la producción y consumo casero. Afirmaba que legalizar la producción casera reduciría los requisitos de aplicación legal y eliminaría del debate público el argumento de la libertad personal. No está claro si Fisher empleó este esfuerzo desesperado para salvar la Ley Seca o porque se dio cuenta de su inutilidad. Admitía que una modificación así disminuiría el número de opositores a la Ley Seca en “miles, si no millones” y permitiría concentrar la aplicación de la ley en los contrabandistas sin implicar el cierre de los bares- También hizo una declaración admitiendo la inviabilidad de la Ley Seca: “Aún así, es absurdo esperar que se pueda impedir la producción casera por parte de las fuerzas de policía” (1930, 454). Tanto la admisión de la inviabilidad como el transigir eran cosas insólitas en Fisher y sólo aparecen en la última página de su último libro sobre la Ley Seca.[10][10]

La metodología de Fisher era poco apropiada para una adecuada evaluación de la prohibición, particularmente combinada con su celo casi religioso por eliminar el uso de alcohol y aumentar la esperanza de vida. En asuntos teóricos, Fisher empezaba con la distinción entre deseos (demanda) y logro de satisfacción real. Su impaciencia personal, su preocupación por la mortalidad y su interés por la eugenesia y la ingeniería genética pueden haber contribuido a su distinción entre deseo y obtención de valor.

Uno de los puntos a los que vuelvo con satisfacción es al haber repudiado la idea de [William Stanley] Jevons de que la economía se refiere al “cálculo del placer y el dolor” y a haber insistido en que había una gran diferencia entre los deseos y su satisfacción y que la economía sólo se refiere a los deseos, en lo que se refiere a la influencia de los precios de mercado.

Pero uno debería estar más interesado en la verdad que en quién recaiga el crédito de lograrlo primero. Desde mis seis años de enfermedad me ha interesado mucho más promover la verdad que reclamar el crédito o incluso en añadir conocimiento. Ya se ha conseguido tanto conocimiento que aún no se ha aplicado que a menudo me he puesto a trabajar para llevar ese conocimiento a la atención de otros.

Hoy día, me gustaría ver un estudio, en parte económico, en parte psicológico, que muestre cómo el animal humano siguiendo sus deseos a menudo pierde satisfacciones en lugar de obtenerlas. El ejemplo estrella son los narcóticos. (Citado en I. N. Fisher 1956, 339).

No importa lo real o importante que sea la distinción entre deseo y obtención de satisfacción, economistas como Joseph Schumpeter han descubierto que en el caso de Fisher “el estudioso ha sido mal guiado por el cruzado”. O como apuntaba G. Findly Shirras, “El inconveniente para una mente completamente racional es que es muy capaz de suponer que lo que es impecable en la lógica sea por tanto factible” (citado en I. N. Fisher 1956, 193-94).

Fisher era mucho más propenso a  confiar en “hechos” y estadísticas disponibles que en la lógica de la causa y efecto. En el prólogo a The Making of Index Numbers, ejemplificaba su confianza en la estadística y el método inductivo apuntando: “El presente libro tuvo su origen en el deseo de poner a prueba inductivamente todas estas conclusiones deductivas por medio de cálculos de los datos históricos. Pero antes de haber llegado muy lejos en esa prueba de mis conclusiones originales, encontré para mi sorpresa  que los resultados de los cálculos reales sugerían constantemente más deducciones, hasta que, al final, hube revisado completamente tanto mis conclusiones como mis fundamentos teóricos” (citado en  I. N. Fisher 1956, 194-95). Esta ilusión de los hechos afectó al trabajo de Fisher en cifras de índices, teoría monetaria y propuestas de reforma monetaria, así como a su comprensión de la “nueva era económica” y la Ley Seca. Un colega de Fisher en Yale, Ray Westerfield, desarrolló estos puntos y otros relacionados en un artículo conmemorativo.

Fisher nunca se detenía en su investigación científica: estaba imbuido con la irresistible urgencia por reformar siguiendo las líneas indicadas por sus estudios. Por ejemplo, habiendo visto y sentido los males de un dinero inestable y descubierto las cusas y curas, estaba determinado a hacer lo que pudiera para hacerlo estable.

Por desgracia, si impaciencia por promover su causa a veces tuvo una mala influencia en su actitud científica. Distorsionaba su juicio: por ejemplo, se dejó llevar por sus ideas de “nueva era económica” a finales de la década de 1920 y perdió su fortuna (…). Confió demasiado en la concomitancia en su creencia en que la estabilidad del nivel de precios de 1925 a 1929 se debió a la acción de la Reserva Federal y rechazó dar el reconocimiento debido a otros factores operantes. (Citado en  I. N. Fisher 1956, 193).

Las conclusiones y convicciones de Fisher dirigieron los estudios estadísticos que le dieron la fe en la obtención de sus objetivos en asuntos de política monetaria y prohibición. La caída de la Ley Seca al final de la Gran Depresión debe haber sido algo triste para este bienintencionado reformista. Se retiró de la vida académica poco después  pero continuó como reformista activo y participante en el debate público.

El lunes triste de la Ley Seca

Mientras Fisher empezaba a percibir algunas de las consecuencias negativas de la Ley seca, los economistas profesionales y la opinión pública en general iba haciéndose cada vez más consciente de los costes del “noble experimento” y de su ineficacia. Dos ejemplos notables de economistas que examinaron la Ley Seca y encontraron la posición de Fisher menos que apropiada fueron Clark Warburton y Herman Feldman.

En Prohibition: Its Economic and Industrial Aspects (1930) Herman Feldman, por otro lado un economista poco notable, publicó una importante contribución a la investigación estadística de los aspectos “económicos” de la Ley Seca.[11][11] Su libro se basaba en 20 artículos escritos para el Christian Science Monitor, y la información estadística derivaba de una detallada encuesta. El libro impresiona más por su cuidado en el uso de datos de encuestas, el análisis estadístico y las conclusiones incluidas a lo largo del mismo.

Su libro es notable por su crítica de la estimación de Fisher de las péridas económicas debidas al consumo de alcohol, a pesar del hecho de que Feldman estaba escribiendo para el Christian Science Monitor, un defensor de la Ley Seca.

Incluso en los escritos sobre prohibición por algunos distinguidos economistas muestran cierta libertad ante la limitación científica normalmente encontrada en sus exposiciones sobre otros asuntos. Por ejemplo, una de las afirmaciones estadísticas más curiosamente construida es aquélla por la que el Profesor Irving Fisher, de Yale, deduce que la prohibición ha generado al menos 6.000.000.000$ al año para este país. Esta cifra, ampliamente citada, se ha usado a menudo como si fuera un cálculo meticuloso y científico basado en una revisión cuidadosa de los datos económicos. Por el contrario, es simplemente una adivinación, y de un tipo frecuentemente realizado por grupos con la mente puesta en la propaganda, pero difícilmente esperable en alguien que ha adquirido fama mundial como economista estadístico. (Feldman 1930, 5).

La estimación de Fisher se basaba en experimentos no controlados sobre el efecto del alcohol en la eficiencia industrial. Estos experimentos se realizaban en de uno a cinco individuos que tomaban grandes dosis de alcohol con el estómago vacío antes de empezar a trabajar. Estos “estudios”, algunos de los cuales se basaban solamente en los efectos del alcohol del propio experimentante, mostraban que la eficiencia media se veía reducida en un 2% por bebida. Fisher suponía luego una dosis de cinco bebidas por día y extrapolaba la pérdida de eficiencia total  por trabajador a un 10% de reducción en la eficiencia. Si el consumo de alcohol por los trabajadores pudiera reducirse a cero, estimaba Fisher, el país ahorraría al menos un 5% de la renta total o 3.300.000.000$. La eliminación de la industria del alcohol ahorraría asimismo un 5% adicional en la renta nacional, pues los recursos se transferirían de la producción de alcohol a otros bienes y servicios. Feldman apuntaba que una pérdida de un 2% en eficiencia podría ser causado por “un simple pensamiento depresivo” y que Fisher no tenia en cuenta el hecho de que la mayor parte del alcohol consumido por la clase trabajadora era cerveza en las horas de comida después del trabajo. De hecho, la experiencia histórica sugiere que el trabajo se consumía en el trabajo para aumentar la eficiencia general de la producción. “Harían falta experimentos a una escala mucho mayor y bajo unas condiciones mucho más rigurosamente controladas que las hasta ahora registradas para determinar el efecto de las bebidas alcohólicas en la eficiencia industrial con la seguridad expresada. Los experimentos, considerados sólo como bases para los cálculos económicos hechos [por Fisher] no son concluyentes por sí mismos” (Feldman 1930, 240-241).

Feldman es también conocido por su encuesta sobre absentismo. Hizo una encuesta a industriales respecto de la ausencia o retraso de los trabajadores en lunes y días posteriores a la paga. La encuesta preguntaba si los encuestados pensaban que la Ley Seca era la causa de cualquier reducción apreciable en el absentismo. La información de la relación entre consumo de alcohol y absentismo antes de la Ley Seca no existía.[12][12] De las 287 respuestas a la encuesta de Feldman, menos de la mitad habían notado que hubiera una mejora considerable en el absentismo. Un tercio de los encuestados que sí detectaron que disminuía el absentismo no atribuían esa mejora a la Ley Seca. Incluso algunos empresarios informaron de un mayor absentismo y lo atribuyeron a la Ley Seca. Un empresario apuntaba que “lo que hay disponible para la mano de obra, y hay mucho, está tan podrido que hace que el borracho tarde dos o tres días en superar su juerga” (Feldman 1930, 211).

El propio Feldman describía algunos de los defectos del método de encuesta, como el partidismo personal o político al rellenar los formularios y advertía contra una interpretación estricta de los resultados. Otros puntos de controversia con las conclusiones de la encuesta eran la prohibición privada y la responsabilidad más estricta del empresario y las leyes de negligencia que contribuyeron en buena medida a reducir el absentismo. Las mejoras en la seguridad, los salarios más altos, la reducción de horas laborales y los contratos laborales más formales también mejoraron la presencia. Por otro lado, el auge de los niveles de vida y las nuevas alternativas de ocio, como el automóvil, también influyeron en el absentismo durante la década de 1920.

Feldman sólo obtuvo un registro de una compañía que contuviera datos de antes y después de la Ley seca. Apuntaba que la compañía que suministró esta información indicó que la mejora en la presencia no se debió a la Ley Seca sino más bien a la mejora en el trabajo. Sus datos junto son la actualización de 1929 ofrecida por el Bureau of Prohibition, se presentan en la tabla 1.

Tabla 1. Tasas de absentismo en una planta de pólvora en Delaware

  1907 1913 1924 1929
Lunes 7,41 6,17 3,66 2,35
Martes 6,89 5,22 2,86 2,10
Miércoles 5,77 5,49 2,90 2,15
Jueves 5,68 5,06 2,37 2,01
Viernes 5,38 5,05 2,10 1,89
Sábado 6,94 6,59 3,93 2,95
Media semanal 6,35 5,59 2,96 2,24

Fuente: Warburton 1932, 205.

Las advertencias y aclaraciones respecto de los datos no eran suficientes como para impedir que los datos se usaran para apoyar la defensa de los beneficios económicos de la aplicación de la Ley Seca. “Todos sabemos que la eficiencia industrial fue una de las principales razones para la prohibición” (I. Fisher 1927, 158). El informe de la Comisión nacional sobre Observancia y Aplicación de la Ley (1931) empezaba la sección de los beneficios económicos de la Ley Seca con la declaración: “Los objetos sobre los que hay pruebas objetivas y razonablemente dignas de confianza son los beneficios industriales, es decir, el aumento en la producción, aumenta en la eficiencia del trabajo, eliminación del ‘lunes triste’ y disminución de los accidentes industriales” (71). El informe continúa destacando la fiabilidad de estos hechos respecto del absentismo: “Hay una evidencia sólida y convincente que apoya la opinión del mayor número de grandes empresarios de que un aumento notable en la producción, lógico por el aumento en la eficiencia de la mano de obra y la eliminación de las ausencias crónicas de gran cantidad de trabajadores después de los domingos y festivos, es directamente atribuible a evitar los bares” (71).

El Bureau of Prohibition llevó los datos de Feldman un paso más allá obteniendo datos para 1929 y publicando los resultados en The Value of Law Observance (1930, 11). Estos datos pretendían mostrar la disminución del “lunes triste” como evidencia de los beneficios económicos de la Ley Seca.

Los estadounidenses eran cada vez más conscientes de que aunque la Ley Seca había eliminado el bar abierto, no había cavado con el tráfico alcohólico. Los costes de aplicar la Ley Seca estaban aumentando y la prosperidad económica, pretendidamente el principal beneficio de la Ley seca, acabó con el crash financiero de 1929. Establecer la relación entre Ley Seca y la reducción del absentismo fue vital para mantener el apoyo público a la política.

Con mucho, el estudio más completo de la Ley Seca fue el de Clark Warburton. Sus dos principales contribuciones fueron The Economic Results of Prohibition (1932) y su entrada sobre la Ley Seca en la Encyclopedia of the Social Sciences (1934).[13][13] El libro de Warburton fue realizado a solicitud de la Asociación contra la Enmienda de la Ley Seca, de la que recibió apoyo financiero en las primeras etapas de su investigación.[14][14]

El libro de Warburton era un análisis estadístico de los argumentos económicos a favor y en contra de la Ley Seca. Primero examinaba el consumo de alcohol, los gastos en alcohol y el impacto de la Ley Seca en la eficiencia industrial, la salud pública, los grupos demográficos y de ingresos y las finanzas públicas. Utilizó todas las estadísticas disponibles, produjo estimaciones por las condiciones subyacentes y en muchos casos usó más de una técnica de estimación. Warburton advertía cautelosamente a su lector sobre enlaces débiles en las técnicas de estimación y recogida de datos.[15][15] “En estas circunstancias ningún estudio de los resultados de la prohibición puede reclamar una alta precisión y una prueba incuestionable. Las conclusiones aquí expuestas pueden, sin embargo, ser inferencias razonables, después de un estudio y análisis intensivos, a partir de esto datos que hay disponibles” (Warburton 1932, 259).

Warburton concluía que el consumo de todo el alcohol por cabeza declinó en casi un tercio de 1911-14 a 1927-30, pero el de los licores aumentó un 10% durante el mismo periodo. Descubrió que los gastos en alcohol durante la Ley Seca fueron aproximadamente iguales a los gastos que habría habido si persistieran las condiciones previas a la Ley Seca.[16][16] Los gastos en cerveza cayeron en picado, mientras los gastos en licores destilados aumentaron. Fue incapaz de establecer correlaciones entre Ley Seca y prosperidad, ahorro, costes de seguros o la compra de bienes duraderos de consumo.

Warburton descubrió que los datos no mostraban una relación mensurable entre Ley Seca y disminución de accidentes industriales. También descubrió que la Ley Seca no tuvo ningún efecto mensurable en la productividad industrial y que faltaba evidencia estadística para establecer la influencia de la Ley Seca en el absentismo industrial. En relación con la encuesta de Feldman, Warburton apuntaba que la reducción del absentismo era más posiblemente el resultado de la reducción del número de horas trabajadas y el aligeramiento de las tareas laborales reales (manos manuales, más mecánicas), así como la introducción de nuevas y mayores actividades recreativas y de ocio como sustitutivos del alcohol.[17][17]

Warburton continúa criticando la aplicabilidad de los datos sobre absentismo de la única planta de pólvora que fue citada por el gobierno en apoyo de los beneficios económicos de la Ley Seca. Utilizando los datos originales, Warburton calculó la caída media de porcentaje anual en el absentismo (tabla 2). Demostró que la caída del porcentaje anual en el absentismo lo lunes no difiere mucho en el periodo pre-Ley Seca, el periodo de transición y el periodo de Ley Seca. Parece que la reducción del absentismo es difícil de atribuir a la Ley Seca pero fácil de asociar a otros factores, como la reducción de la semana laboral, el aumento de los salarios reales (durante la década de 1920) y la mejora en las técnicas de gestión laboral.[18][18]

Tabla 2. Rebaja media en porcentaje annual de
absentismo en un ‘Planta de pólvora’ en Delaware

  1907-13 1913-24 1924-29
Lunes 0,21 0,23 0,26
Martes 0,28 0,21 0,15
Miércoles 0,05 0,24 0,15
Jueves 0,10 0,24 0,15
Viernes 0,06 0,27 0,04
Sábado 0,06 0,24 0,20
Total 0,76 1,43 0,87

Fuente: Warburton 1932, 205.

Una mayor experiencia con la Ley Seca generó un aumento del escepticismo entre los economistas. Esta tendencia puede atribuirse a tres factores. Primero, el mercado negro continuó creciendo y desarrollándose a pesar de los crecientes esfuerzos y la reorganización de la burocracia de la Ley Seca. Segundo, como los datos se recogieron durante un periodo más largo, las tendencias al aumento del consumo y el delito se hicieron evidentes. Tercero, cuanto más tiempo se aplicaba la Ley seca, más se divulgaba el conocimiento acerca de las consecuencias adversas y la dificultad de la aplicación (ver también Thornton 1991 B para más detalles relativos a los resultados de la prohibición del alcohol).

La economía de la prohibición de la heroína

La venta de heroína y otros opiáceos ha sido ilegal a nivel federal desde la aprobación de la Ley de Narcóticos Harrison en 1914. La mayoría de los estados habían aprobado ya prohibiciones y restricciones a estos productos antes de la legislación federal. Aunque los narcóticos son mencionados por Patten, Veblen y Fisher, los economistas  prestaron poca atención a la prohibición de los narcóticos durante los primeros cincuenta años de su existencia. El artículo de Simon Rottenberg (1968) sobre la economía de la heroína ilegal se publicó en un momento en que la opinión pública en general y los sociólogos empezaban a examinar las consecuencias de esta prohibición.

En su artículo seminal Rottenberg (1968) describía las opciones disponibles para las autoridades, apuntando algunos factores que influyen en las actividades de la burocracia encargada de la aplicación de la ley. También describía la estructura de mercado, organización y fuerzas competitivas pero parecía encontrar difícil la aplicación del análisis económico tradicional al mercado ilegal de la heroína por la compleja interacción del mercado con la aplicación de la ley. En consecuencia, Rottenberg ofrecía más preguntas que respuestas.

Rottenberg encontraba al mercado de la heroína más organizado y monopolizado que otros mercados ilegales Examinaba el impacto del crimen en la sociedad, particularmente en relación con la asignación de recursos policiales. La sociedad afronta un equilibrio entre aplicar las leyes de narcóticos y otras leyes criminales. Rottenberg detallaba la corrupción y el proceso corruptor en los mercados de drogas ilegales y en un momento anticipa el argumento de James Buchanan para el crimen organizado.[19][19]

Algo que entorpecía el análisis de Rottenberg era que el producto que definía el mercado cambiaba a medida que se trasladaba de la producción al consumo. Advertía que la heroína se diluía mientras pasaba por la cadena de distribución al consumidor y que el producto final estaba sujeto a enormes variaciones en potencia. Ofrecía tres hipótesis para explicar los cambios en potencia. La primera, que consideraba cuestionable, era que los consumidores ran muy sensibles a los cambios de precio pero no a los cambios en potencia. Su segunda hipótesis sostenía que rebajar la potencia era una forma de racionar cuando escaseaba la heroína. Aunque esto puede ayudar a explicar la variación en potencia, no explica ni los cambios sistemáticos ni “la aparentemente constante tendencia a realizar la dilución” que advertía Rottenberg. La tercera hipótesis era que la dilución permitía una diferenciación del producto para atender mejor al cliente. De nuevo Rottenberg encontraba esta hipótesis insatisfactoria para explicar una tendencia importante. Respecto de la potencia de la droga, Rottenberg apuntaba: “Es como explicar por qué se fabricarán automóviles Falcon y Continental, pero no explicaría por qué aumenta la cantidad de Falcons y disminuye la de Continentales” (1968, 83).

En resumen, la contribución de Rottenberg es descriptiva e institucional, pero contiene poco aprovechable de valor teórico o empírico. Da más preguntas que respuestas, pero precisamente por eso su contribución es importante. Respuestas a sus preguntas, extensiones de algunos de sus puntos y correcciones de otros caracterizan  mucha de la investigación sobre la prohibición desde la publicación de su artículo.

Dos comentarios notables que planteaban asuntos importantes y cuestionaban la validez básica de la prohibición siguieron al artículo de Rottenberg. Edward Erickson (1969) indicaba que los esfuerzos por disminuir la oferta de drogas eufóricas generaban importantes costes sociales, como unos mayores costos por unidad de euforia producida, aumentando la redistribución de ingresos mediante el robo de adictos y el envilecimiento de la aplicación de las leyes sobre drogas. Dados estos costes, la sociedad debería dirigirse a una menor aplicación.

Raul A. Fernandez (1969) se ocupaba de dos puntos relacionados con el mercado de heroína que no examinaba explícitamente Rottenberg. Primero, la situación de los adictos a la heroína como vendedores-usuarios lleva a importantes dificultades y complejidades al aplicar la teoría económica a este mercado. La adicción es también importante para Fernandez, pues reduce el efecto disuasorio de las condenas a prisión. Es la cuestión de la adicción a la heroína la que llevaría a los economistas de nuevo a cuestionar el axioma fundamental de la racionalidad individual en conexión con el uso de drogas “adictivas” ilegales. Fernandez sugiere que la aproximación apropiada a la adicción no es la prohibición sino el tratamiento.[20][20]

Mark H. Moore (1977) ofrece un análisis detllado del mercado ilegal de heroína y la aplicación de la ley en la ciudad de Nueva York.[21][21] Su análisis usa teoría económica, análisis legal y de aplicación legal y observación empírica directa del funcionamiento del mercado de la heroína en la ciudad de Nueva York. Estas herramientas permiten a Moore presentar un cuadro realista de las complejidades del mercado de heroína y desacreditar varias creencias comunes respecto de dicho mercado ilegal. De hecho, su trabajo representa lo que es ahora la visión convencional de la política pública hacia el mercado de la heroína.

Antes del estudio de Moore, la creencia común era que la demanda de heroína era perfectamente inelástica y que precios más altos no harían decrecer el consumo. Los precios más altos sólo servían para aumentar los costes a la sociedad y los beneficios de los traficantes. Mayores beneficios estimulaban la venta de droga y el nuevo consumo y por tanto operaban contra los objetivos de la política pública.[22][22] Moore argumenta eficazmente tanto contra la suposición de un demanda perfectamente inelástica como contra la de idea de que los traficantes de drogas están en mejor situación como consecuencia de una aplicación más estricta de la ley. (1977, 5-15).

Moore recomienda una regulación efectiva de la heroína continuando con la actual política de prohibición.[23][23] Al aumentar el precio efectivo de la heroína la prohibición desanima de probar las drogas a los “aún no usuarios”. Moore advierte que el uso de la heroína se inicia y extiende a través de amigos y grupos de barrio y que es difícil para los fuerzas policiales infiltrarse en esos grupos cerrados. Defiende que si pudiera evitarse el acceso a la heroína aumentando los costes de adquirirla, la extensión de su uso podría detenerse y los “aún no usuarios” ser desanimados a probarla.

Sin embargo es erróneo afirmar que la prohibición es necesaria para desanimar el acceso a la heroína a causa del sistema peculiar por el que se difunde (pequeños grupos sociales) cuando la propia prohibición es responsable de este sistema. El propio Moore argumenta que es la prohibición la que es la responsable de la peculiar organización del mercado ilegal de heroína: “Es casi seguro que el factor más importante influyente en los sistemas de distribución de heroína es que la producción, importación, venta y posesión de heroína estén todas prohibidas en Estados Unidos. Por ejemplo, ¿por qué no está organizada la industria en sistemas de mercado mayores y más impersonales?” (1977, 3; énfasis añadido). Además, no intenta justificar la prohibición como única o mejor forma de impedir que consumidores experimenten con la heroína.[24][24]

Moore recomienda que se establezca una serie de programas para los actuales usuarios de heroína. Reconoce que la prohibición es dañina para los usuarios actuales y que los precios más altos llevan a los adictos a infligir costes a la población general en forma de atracos, robos y hurtos. Para evitar estos problemas, Moore recomienda que se dé a los adictos una fuente de heroína o metadona a bajo coste; que los adictos tengan acceso a instalaciones de tratamiento, trabajos, niveles de vida razonables, diversión y entretenimiento y que a los usuarios arrestados se les permita entrar en tratamiento en lugar de ir a prisión (1977, 258-261).

Las razones de Moore para tratar de reducir los efectos de la prohibición en usuarios actuales están bien justificadas. Sin embargo, sus recomendaciones fallan en varios aspectos. Su intento de establecer una discriminación de precios tendría importantes inconvenientes y sería difícil de llevar adelante. Por ejemplo, sus recomendaciones reducirían el coste de convertirse en adicto y por tanto actuarían para estimular la experimentación con heroína. El propio Moore reconoce la contradicción en sus recomendaciones de políticas:

Adviertan que el dilema que afronta la aplicación de las leyes de narcóticos es común a todos los sistemas de incentivos negativos. El problema es fundamental: El deseo de tener el incentivo entra en conflicto con el deseo de minimizar el daño a la gente que no responde al incentivo. Uno no puede reducir los efectos adversos en usuarios actuales sin que haya algún efecto en la magnitud de los incentivos que afrontan los no usuarios. No pueden alterarse los incentivo que afrontan los no usuarios sin tener algún efecto en las consecuencias para los usuarios actuales. (1977, 237).

Las recomendaciones de Moore tambén supondrían grandes aumentos en gasto público. Sus afirmaciones de que hay un apoyo general a la política de la prohibición (1977, xxi) no dan la adecuada consideración a la tolerancia de los contribuyentes de los costes de sus recomendaciones.

Con respecto a la prohibición, Moore parece ser su propio mayor crítico:

El objetivo más importante de una estrategia de aplicación antidroga es desanimar a la gente ahora no está usando heroína a que empiecen a hacerlo. Si la policía no puede lograr este objetivo a un coste razonable en términos de recursos públicos y mantenimiento de las libertades civiles, la política de prohibición debería abandonarse. Hay demasiados efectos negativos en la política y muy pocos beneficios directos como para asegurar la continuación de la política si no puede evitarse a los nuevos usuarios. (1977, 238).

Finalmente, Moore recuerda a sus lectores que su estudio sólo se centra en una droga ilegal dentro de la ciudad de Nueva York y, además, que su metodología era completamente insuficiente para analizar el problema:

Hay serias limitaciones en la metodología empleada en este libro. La metodología es similar a la usada al desarrollar estimaciones de inteligencia. Se han mezclado trozos de información no verificada, medio verificada y completamente verificada en una imagen sistemática combinando definiciones arbitrarias con suposiciones acerca de cómo se comportan los hombres racionales (…). [La metodología empleada] tiene la desventaja de ofrecer sólo buenas suposiciones acerca de la naturaleza del fenómeno. Además, las suposiciones pueden alterarse radicalmente por la introducción de una sola brizna de información verificada. (1977, 4).

Por tanto, aunque la contribución de Moore es importante en expandir la literatura relativa a la mercado de la heroína, las debilidades en metodología y ámbito socavan la aplicabilidad de sus recomendaciones de políticas.[25][25] Acabando con la postura convencional de la década de 1960, Moore reestablecía la viabilidad de la prohibición como política para el control del uso de la heroína.

La economía de la adicción

La historia del pensamiento económico está plagada de ataques a la racionalidad individual.[26][26] Se ha criticado al consumidor por consumir basándose en información imperfecta, así como por no consumir por información imperfecta (es decir, atesorar). Se ha criticado al consumidor por mantener rígidamente un plan de consumo a pesar de circunstancias, problemas y dificultades severas cambiantes (hábitos, adicciones), así como por no mantener los planes de consumo establecidos debido a circunstancias, informaciones y evaluaciones cambiantes (compra por impulso, juerga). De acuerdo con Israel Kirzner, “El concepto de racionalidad en el comportamiento humano ha sido desde hace tiempo un asunto de discusión en la literatura sobre la metodología de la economía. Los ataques a una indebida confianza en la razón humana de los que se ha acusado a la teoría económica son tan antiguos como los ataques a la misma noción de teoría económica” (Kirzner 1976, 167).

La declaración de irracionalidad se ha hecho respecto de los bienes adictivos como el alcohol y los narcóticos desde el menos el tiempo de Vilfredo Pareto. Pareto hizo una distinción (similar a la de Fisher) entre acciones lógicas, que son racionales y económicas, y acciones ilógicas, que no lo son. La acción irracional se encuentra en el caso de un hombre que establezca un presupuesto detallado sin gastos de vino y luego se emborrache con éste. Bendetto Croce explicaba que este acto era un error económico porque el hombre sucumbía a un deseo temporal en contra de sus planes establecidos.[27][27] Esas ideas de lógica y racionalidad son inicialmente justificaciones teóricas a la prohibición. Sin embargo, el tipo de “irracionalidad” descrito por Paul Fernandez (1969), forma una base de ataque en lugar de una justificación para la prohibición.

Al definir la posición de la escuela de Chicago sobre gustos, George S. Stigler y Gary S. Becker (1977) han comentado asimismo sobre la naturaleza de la adicción. Encuentran que las adicciones benéficas y dañinas dependen de si su uso prolongado favorece o disminuye su consumo futuro. Las adicciones buenas implican el consumo de bienes, como la música clásica, que aumentan la utilidad con el tiempo y no afectan a la utilidad derivada de otros bienes. Las adicciones malas implican una reducción en la capacidad futura de consumo. El alcohol disminuye la utilidad futura porque reduce la utilidad de una cantidad concreta de consumo futuro, así como la utilidad de otros bienes. La adicción es un hábito racional que es consistente con preferencias y oportunidades pero gira sobre el tipo esencial de efecto que produce el bien.[28][28]

Thomas A. Barthold y Harold M. Hochman (1988) contestan a la opinion de Stigler y Becker del adicto racional: “El que la adicción sea un comportamiento racional (…) parece no venir al caso” (90). Empiezan con la premisa de que el comportamiento adictivo es un comportamiento extremo, “ni normal ni típico”.[29][29] Encuentran que la compulsión en la fuerza motriz detrás de la adicción. El consumo puede tener efectos importantes que causarían un daño irreversible si pasa ciertos límites.

Barthold y Hochman intentan modelar el consumo multiperiodo, multiplan, multiprecio identificando a la adicción con curvas de indiferencia cóncavas (preferencias atípicas). Descubren que los cambios en los precios relativos pueden llevar a soluciones de esquina (decisiones peculiares de consumo), que las decisiones de consumo quedan “fijas” a precios bajos y que el consumo puede llevar a la adicción.

Robert J. Michaels (1988) modela el comportamiento compulsivo a través de una integración de la literatura psicológica sobre la adicción con el modelo de consumo desarrollado por Kelvin Lancaster (1966). La autoestima entra en la función de utilidad del adicto. Así Michaels puede explicar muchos de los patrones de conducta observados asociados a la adicción, como la ineficacia de los programas de tratamiento, el síndrome de abstinencia, los cambios radicales del adicto (como la conversión a la religión), el uso de sustitutivos y el típico patrón de la adicción de uso, descontinuación y recaída.

La interpretación del comportamiento del consumidor en la tecnología de consumo lancasteriana reafirma la racionalidad de la elección por los adictos. Además, lo hace sin asumir preferencias inusuales de consumidores o propiedades inusuales de bien “adictivo”.[30][30] Michaels descubre que la prohibición es una política incoherente con respecto a un comportamiento adictivo en el sentido de que una política que intenta “convencer a los usuarios de que son perdedores es más probable que fracase (…) y puede inducir a aumentos en el nivel en el que se produce [el consumo]” (988, 85). Sin embargo, el modelo es escaso en muchos aspectos. No considera el lado de la oferta del mercado (sea legal o ilegal), tampoco considera problemas como las externalidades del comportamiento del adicto.[31][31] Finalmente, Michaels basa la función de la utilidad en una compresión actual del comportamiento adictivo, que, apunta, está sujeto a cambio.[32][32]

Gary S. Becker y Kevin M. Murphy (1988) desarrollaron aún más la teoría de la adicción racional como fue presentada por Stigler y Becker (1977), en la que la racionalidad significa un plan coherente de maximizar la utilidad con el tiempo. Su modelo se basa en “estados de disposición inestables” para entender la adicción en lugar de en alteración de planes a lo largo del tiempo. Usan los efectos esenciales del consumo, la complementariedad adyacente entre consumo presente y futuro, la preferencia temporal y los efectos de los cambios permanentes de precios frente a los temporales para explicar comportamiento a normales como la adicción, la juerga y la decisión de dejar de tomar pavo frío.

Becker y Murphy apuntan: “La adicción es un gran desafío a la teoría del comportamiento racional” (1988, 695). Afirman que desafía tanto la postura de Chicago respecto del comportamiento racional como la general de en la que los individuos tratan de maximizar la utilidad en todo momento. Becker y Murphy defienden con éxito la racionalidad de Chicago y son capaces, mediante cambios en las variables económicas, de explicar el comportamiento asociado con la adicción. La introducción de los estados de disposición inestables defiende el comportamiento racional frente a la crítica original de Croce y representa un avance pequeño hacia la noción austriaca de racionalidad. En la visión austriaca, los planes los hacen los individuos bajo condiciones de información limitada e incertidumbre. Los planes se hacen en momentos en el tiempo, pero la elección no puede ser independiente de la elección real. Becker y Murphy ajustan su noción de racionalidad de una de “un plan consistente para maximizar la utilidad a los largo del tiempo” (1988, 675) a una en que “‘racional’ significa que los individuos maximizan la utilidad coherentemente a lo largo del tiempo” (988, 694).

La doctrina explora la cuestión de la racionalidad con respecto a la adicción y las drogas peligrosas. En su mayor parte comparte la herencia común de la tradición de Chicago. La racionalidad es un asunto crucial tanto para la prohibición como para al teoría económica general. Aunque este literatura está en general de acuerdo con Fernandez acerca de la dificultad de hacer que funcione la prohibición, sus conclusiones se basan en la racionalidad del consumidor, más que en su falta de ella. En consecuencia, la prohibición se considera costosa, inconsistente, incompleta y de valor limitado.

 

 

Mark Thornton es miembro residente senior en el Instituto Ludwig von Mises en Auburn, Alabama, y es editor de la crítica de libros del Quarterly Journal of Austrian Economics. Es autor de The Economics of Prohibition y coautor de Tariffs, Blockades, and Inflation: The Economics of the Civil War.

 

 


Published Thu, Oct 14 2010 7:30 PM by euribe

 


[1][1] Ver Friedman 1989.

[2][2] Las conclusiones de Ekelund y Tollison se basan en parte en Thornton 1986, una versión anterior del capítulo 4 de este libro.

[3][3] Los pietistas posmilenaristas creen que habrá un reino de Dios de mil años en la tierra y que es responsabilidad del hombre establecer las condiciones necesarias como prerrequisito para el regreso de Jesús.

[4][4] En un pasaje aleccionador, Newcomb (1886, 11-13) utilizaba el consumo de alcohol (es decir, “gratificar el mórbido apetito” para distinguir correctamente entre la esfera de los moralistas y el papel de los economistas políticos, para separar “las cuestiones totalmente diferentes sobre si un fin es bueno y cómo puede alcanzarse mejor un fin”. Newcomb sugiere que el “economista podría decir en conclusión” que no sabe “en modo alguno qué puede hacer un hombre para aceptar lo que desea menos preceda a lo que (…) desea más, experto una restricción positiva”.

[5][5] Boswell 1934, 48; ver también Fox 1967, 104-5. La mayoría de los economistas estadounidenses de ese tiempo tenía una opinión poco halagüeña del consumo de alcohol. Es interesante advertir que Veblen construyó su concepto de “consumo ostensible” en parte basándose en bienes como el alcohol, el tabaco y los narcóticos.

[6][6] La principales contribuciones de Fisher al estudio de la Ley Seca incluyen las publicadas en [1926] 1927, y 1930. Una biografía de Fisher, obra de su hijo, Irving Norton Fisher (1956), detalla su postura activista ante los problemas sociales.

[7][7] La atención recibida a esta distinción se describe en la biografía de Fisher (I. N. Fisher 1956, 48-50). La crítica de Edgeworth a la disertación de Fisher apareció en el número de marzo de 1893 del Economic Journal.

[8][8] Para otros ejemplos de Irving Fisher como socialista tecnocrático, ver su discurso presidencial a la American Economic Association en 1919.

[9][9] El propio Fisher consideraba la adopción de la Enmienda de la Ley Seca un acto prematuro. Pensaba que se necesitaba más tiempo para establecer un consenso nacional y proveer educación y desarrollo político. Fisher alababa a menudo los beneficios indirectos de la Primera Guerra Mundial, como la recogida de estadísticas por el gobierno federal, la aprobación de la Ley Seca, la oportunidad de estudiar la inflación y los poderosos trabajaos que se ofrecieron a los economistas. Ver I. N. Fisher 1956, 154; I. Fisher 1918 y 1919 y Rothbard 1989, 115.

[10][10] En 1933, Fisher debe haberse visto descorazonado con el discurrir de los acontecimientos. Una nueva era de prohibición y gestión científica de la economía (una prosperidad permanente) se había derrumbado a su alrededor. No sólo se había derogado la Ley Seca y la economía estaba devastada por la Gran Depresión, sino que había perdido su fortuna personal siguiendo sus propios consejos en el mercado bursátil. Con respecto al alcohol, dirigió su atención al movimiento por la templanza publicando tres ediciones de un libro sobre las maldades del consumo de alcohol.

[11][11] Una investigación del Index of Economic Journals muestra que las contribuciones de Herman Feldman se limitaron a dos artículos de crítica de libros y cuatro monografías sobre política laboral.

[12][12] Una compañía de caucho de Boston que empleaba a casi 10.000 trabajadores informó que sus enfermeras realizaron 30.000 visitas en 1925, pero no pudieron establecer con ninguna certidumbre que el alcohol fuera la causa en más de seis casos (Feldman 1930, 203).

[13][13] Es particularmente interesante que Warburton eligiera escribir la entrada sobre la Ley Seca, pues Irving Fisher fue uno de los editores de la Encyclopedia.

[14][14] A pesar del papel de este grupo de intereses especiales en el inicio de este estudio, muchos eminentes economistas leyeron y comentaron el trabajo final. Warburton da las gracias a Wesley C. Mitchell, Harold Hotelling, Joseph Dorfman y Arthur Burns por sus comentarios ayuda en el prólogo.

[15][15] No parece que Warburton estuviera construyendo un alegato contra la prohibición: por ejemplo, omitía toda explicación del creciente coste en prisiones y la congestión del sistema judicial atribuible a la aplicación de la prohibición.

[16][16] Apunta que las estimaciones de gastos caen dentro un amplio rango, más o menos de un cuarto a un tercio basado en las suposiciones subyacentes de las estimaciones. Defensores de la Ley Seca, como Feldman 1930 y luego T. Y. Hu 1950, argumentaron que las estimaciones eran demasiado altas, pero la experiencia moderna con la prohibición de la marihuana probablemente produciría la misma reacción opuesta (es decir, que eran demasiado bajas).

[17][17] Warburton advertía que la duración de la semana laboral media había disminuido radicalmente desde que empezó la Ley Seca. Debería asimismo advertirse que los salarios reales aumentaron significativamente de los años anteriores a la guerra a finales de la década de 1920. Salarios más altos generalmente ocasionan una mano de obra más responsable y un mayor coste de oportunidad del ocio, especialmente cuando la semana laboral es más corta.

[18][18] La semana laboral nacional media disminuyó un 3,14% en el periodo pre-Ley Seca, un 9,19% en el periodo de transición y no cambió en el periodo de Ley Seca (Warburton 1932, 205).

[19][19] Ver Buchanan 1973, 119-32. Ver también Sisk 1982 para una crítica a esta opinión.

[20][20] Fernandez intenta estimar los beneficios de rehabilitar adictos a la heroína y explora la postura marxista respecto de la adicción a la heroína (1971, 1973). Aplica el análisis de clase a la comprensión de los orígenes de la legislación sobre narcóticos y la asignación de recursos de aplicación a las categorías de clase/delito. También investiga el papel de la racionalidad neoclásica (puramente formal), las aproximaciones modernas a la criminología y la noción marxista de lumpenproletariado (los pobres), para el estudio de la adicción y la prohibición. Ver también Bookstaber 1976 sobre el mercado de drogas adictivas.

[21][21] Ver también Moore 1973, 1976.

[22][22] Moore cita a Phares 1973 y Votey y Phillips 1976 como representativos del análisis convencional.

[23][23] Moore apunta: “Prohibir eficazmente la heroína (es decir, eliminar toda oferta de heroína) es imposible sin gastos inaceptables y ataques intolerables a las libertades civiles. Por tanto, la regulación es un objetivo más apropiado y factible que la prohibición” (1977, xxi).

[24][24] Artículos de diversos autores reimpresos en Morgan 1974 sugieren que antes de la prohibición de los opiáceos, la adicción y uso se extendió de doctores y drogueros. El propio Morgan sugiere que poco ha cambiado desde la prohibición de los narcóticos en términos del tamaño de la población adicta estadounidense.

[25][25] Clague 1973 ofrece una lista ordenada de cinco políticas públicas hacia la heroína basadas en siete criterios: crimen, número de adictos, bienestar de los adictos, corrupción policial, violación policial de las libertades civiles, privación legal de libertades tradicionales y respeto por la ley. Las políticas evaluadas incluyen la prohibición, mantenimiento con metadona (estricta y permisiva), mantenimiento con heroína y cuarentena. Con mucho, el mantenimiento con heroína obtenía las notas más altas y la prohibición las más bajas.

[26][26] Aunque la racionalidad es esencial para la mayoría de las escuelas de pensamiento, debería reconocerse que el significado de racionalidad y el papel que desempeña en el análisis económico difiere de escuela a escuela. Ver por ejemplo, Becker 1962, 1963. Ver también Kirzner 1962, 1963.

[27][27] Ver Croce 1953, 177. Para una crítica temprana de Croce, ver Tagliacozzo 1945. Para una explicación general y una crítica moderna, ver Kirzner 1976, 167-172; 1979, 120-133.

[28][28] Para un desarrollo completo de la integración de hábitos en el análisis económico neoclásico, ver Ault y Ekelund 1988.

[29][29] No lo encuentran normal ni típico a pesar del hecho de que citan cifras para sugerir que el uso de heroína entre soldados estadounidenses durante la Guerra del Vietnam es típico. También citan cifras que sugieren que aunque ninguna adicción es común en toda la población, alguna forma de adicción o compulsión es normal, ya sea vino, novelas de misterio o chocolate.

[30][30] Michaels critica las suposiciones de Barthold y Hochman (1988) acerca de las preferencias del consumidor “de que hay un pequeño número de gente refractaria en el mundo cuyas preferencias se caracterizan por una extrema no convexidad. Una suposición así raramente sería considerada aceptable en otras áreas de la economía. Por suerte, aquí no es necesaria” (Michaels 1988, 86-87).

[31][31] Michaels se ocupa de muchos de estos puntos (1987, 289-326).

[32][32] Como apuntan Barthold y Hochman (1988, 91): “Psicólogos y sociólogos declaran poco éxito al describir una ‘personalidad adictiva’, encontrando como mucho que los alcohólicos (y adictos a las drogas) parecen (…) distintos de otros’, de acuerdo con Lang (1983, 207); pero no de una forma sistemáticamente discernible (al menos desde la variable que examinan)”. Hay actualmente un debate en la postura de la enfermedad y la del libre albedrío respecto de la adicción. Dentro del campo del libre albedrío hay un desacuerdo sobre si la adicción representa una pérdida de voluntad o simplemente su falta.

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euribe Comité del Nobel en busca de economistas

Por Robert P. Murphy. (Publicado el 14 de octubre de 2010)

Traducido del inglés por euribe. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4777.

El Premio Nobel de Economía de este año se ha concedido a Peter Diamond, Dale Mortensen y Christopher Pissarides por su trabajo sobre “la teoría de la búsqueda”, especialmente aplicada a los mercados laborales. En este artículo explicaré los fundamentos de su contribución para luego apuntar la crisis en la economía ortodoxa  aunque estos economistas (especialmente Diamond) son muy inteligentes y productivos, ni ellos ni sus colegas han ayudado mucho a mejorar el desempleo, mientras vamos dando tumbos cada vez en una mayor depresión.

La teoría de la búsqueda en el mercado laboral

De acuerdo con el comunicado oficial de prensa:

Los tres premiados este año han formulado un marco teórico para los mercados de búsqueda. Peter Diamond ha analizado los fundamente del los mercados de búsqueda. Dale Mortensen y Christopher Pissarides han expandido la teoría y la han aplicado al mercado laboral. Los modelos de los premiados nos ayudan a entender la forma en que el desempleo, los puestos vacantes y los salarios se ven afectados por la regulación y la política económica. Esto puede referirse a los niveles de prestación en el seguro de desempleo o a las reglas en relación con la contratación y despido. Una conclusión es que un desempleo más generoso da lugar a un desempleo más alto y plazos de búsqueda más largos.

Bueno, muchos lectores cínicos considerarán a esto equivalente a “probar que el agua cae por las laderas”, como describió una vez un gracioso los modelos matemáticos que formalizaban lo obvio. Para bien o para mal, los premiados desarrollaron modelos con todos los artilugios modernos para demostrar este resultado intuitivo. (Si tienen curiosidad, pueden consultar este resumen, las implicaciones políticas de aumentar la prestación de desempleo se explican al final de la página 41).

No soy la persona apropiada para hacer un resumen de la producción académica de estas tres personas: Tyler Cowen ha hecho un trabajo notable, aquí, aquí y aquí. En su lugar, optaré por el más modesto objetivo de expresar la esencia del trabajo de los premiados.

En el análisis más elemental de oferta y demanda del mercado laboral, resulta sorprendente que haya desempleo alguna vez. En este marco sencillo, si hay millones de personas dispuestas a trabajar, el nivel salarial está evidentemente por encima del valor de “equilibrio” (el valor al que se cruzan las curvas de oferta y demanda) y ekl pleno empleo se restablecería rápidamente al caer los salarios.

Por supuesto, en el mundo real el desempleo normalmente no se arregla bajando los salarios. Así que hay algo claramente erróneo con la historia simplista que decimos en las clases de introducción a la economía.

Los economistas han dado diferentes explicaciones. Por ejemplo, los austriacos podrían apuntar a la intervención del gobierno o de los sindicatos (apoyados por el gobierno). Otros economistas podrían declarar que “los salarios son rígidos” por razones morales.

Lo que hicieron los recientemente premiados es alejarse de la visión de que hay un mercado laboral transparente con “el” salario prevalente y una categoría laboral homogénea. En el mundo real, un trabajador parado no conoce todas las oportunidades potenciales de empleo que existen y una empresa con una vacante no conoce a todos los candidatos potenciales. Los trabajadores y las empresas deben buscarse unos a otros y esta búsqueda es costosa y lleva tiempo.

Una vez que tenemos en cuenta la incertidumbre del proceso de búsqueda de empleo, es fácil ver por qué los trabajadores desempleados no siempre aceptan la primera oferta que reciben. En sus modelos formales, Mortensen y Pissarides supondrían que un trabajador afronta una distribución de probabilidades de ofertas de trabajo con distintos niveles salariales.

Por seguir un ejemplo sencillo, supongamos que Joe está en paro, pero buscando trabajo. Con todo el lío de buscar ofertas y acudir a múltiples entrevistas, Joe piensa que recibirá una oferta seria una vez cada tres meses. Cuando lo hace, estima además que hay un 50% de posibilidades de que le ofrezcan un salario de 50.000$, un 40% de que le ofrezcan 60.000$ y un 10% de que le ofrezcan 70.000$. Al inicio de su búsqueda de empleo, Joe comprueba su saldo en el banco y ve que tiene suficientes ahorros como para que le duren seis meses con un presupuesto austero.

Para hacer las cosas formalmente, tendríamos luego que explicar con detalle una “función de utilidad” para Joe, junto con una tasa de descuento en “utilidades futuras” con el fin de resolver el obligado problema de optimización. Pero con nuestro sencillo ejemplo podemos ver que sería factible que Joe adoptara la siguiente estrategia de “reglas de parada”: Primero, si Joe recibe en cualquier momento una oferta de 70.000$ evidentemente aceptará el empleo de inmediato. Es la mejor oferta que cree posible.

Segundo, si Joe recibe una oferta inicial de 50.000$, debería rechazarla. Sigue teniendo una posibilidad del 50% de ganar más esperando otros tres meses y gastando el resto de sus ahorros. Sin embargo, independientemente del salario, Joe tiene que aceptar la segunda oferta de trabajo, porque para entonces no le quedará nada en el banco.

Tercero, si Joe recibe inicialmente un oferta de 60.000$, entonces debería aceptarla. Es verdad que en ese momento seguiría teniendo el equivalente a tres meses de ahorros y podría permitirse otra ronda de entrevistas. Pero Joe sabe que tendría que aceptar la segunda oferta, independientemente de cuál sea y que sólo hay un 10% de posibilidades de que sea mejor. Entretanto, Joe podría estar ganando un salario de 60.000$ durante tres meses en lugar de acudir más a sus ahorros. (Esta decisión es un más convincente si suponemos que Joe pierde su oferta inicial si no la acepta rápidamente, lo que significa que hay un 50% de posibilidades de que Joe tenga que aceptar un trabajo de 50.000$).

Nuestro cuento sencillo muestra la intuición pro detrás de los modelos formales tan estimados por la Real Academia Sueca. Una vez que vemos al mercado laboral como problema de búsqueda y cuadre, es evidente que en cualquier momento dado (incluso en una economía normal y sana) habrá un gran número de gente desempleada.

Sin embargo, este “nivel natural de desempleo” puede indudablemente verse influido por la política del gobierno. Es evidente que si Joe recibe pagos mensuales de desempleo del gobierno, es más probable que espere a un trabajo mejor pagado. Dependiendo de las cifras, tal vez Joe no acepte directamente una oferta de 60.000$. Pero todos los demás trabajadores están pensando igual y así (de media) los trabajadores se toman más tiempo entre empleos, lo que significa que la tasa media de desempleo es más alta.

La crisis de la economía ortodoxa

Evidentemente, la academia elige a estos receptores por la crisis actual: ¡tenemos que premiar a esos economistas que no han ayudado a entender el desempleo institucional! Pero aquí hay algo muy equivocado. No es que la obra de los premiados haya sido oscura o que sea completamente nueva y sea por tanto una fórmula mágica que pueda ayudar a los economistas ortodoxos a aconsejar a los gobiernos sobre cómo salir de esta rutina.

Por el contrario, la obra fundacional de Diamond tiene décadas y, de acuerdo con Tyler Cowen el “trabajo seminal” por el que se ha otorgado el Nobel se escribió en 1994. Ya queramos afirmar que el Nobel es una palmada en la espalda al keynesianismo (como hizo Krugman) o que es una patada en el culo al keynesianismo de la vieja escuela (como hizo Cowen) no hay forma de evitar el hecho de que estas ideas básicas tienen al menos 15 años de edad.

Ahora, una cosa sería que el problema del desempleo a largo plazo hubiera sido algo duro de roer durante muchas décadas, pero que finalmente los economistas ortodoxos estuvieran empezando a controlarlo. Entonces sería ciertamente apropiado dar el Nobel a aquellos investigadores que abrieron brecha para, si no solucionar, al menos dar una vía de solución. ¿Es realmente eso lo que ha pasado en la ciencia económica?Conclusión

Hay una crisis en la economía ortodoxa. Dicho de forma sencilla, los economistas han fracasado completamente en sus promesas a políticos y público. Puede que no haya que echar la culpa directamente a la obra de Diamond, Mortensen y Pissarides, pero el premio de este año es sólo un ejemplo más de lo desajustada que se encuentra la profesión. Premiar a economistas por sus contribuciones a entender el desempleo (cuando se está haciendo dolorosamente evidente que los líderes en el campo no entienden el desempleo) es tan inapropiado como dar el Premio Nobel de la Paz a alguien cuando acelera sus conquistas militares.

Robert Murphy es investigador adjunto del Instituto Mises, donde enseñará “Principios de economía” en la Mises Academy este otoño. Gestiona el blog Free Advice y es autor de The Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action Study Guide y The Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal

Published Fri, Oct 15 2010 10:40 PM by euribe

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euribe La errónea defensa de Greenspan por Brad DeLong

Por Robert P. Murphy. (Publicado el 3 de agosto de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3555.

Aunque la crítica austriaca de la burbuja inmobiliaria de Greenspan gane más adeptos, algunos economistas han tratado de exonerar al antiguo Maestro. He respondido a la defensa de Henderson y Hummel del expresidente de la Fed y también me he ocupado de la lista de excusas del propio Greenspan.

En el artículo de hoy, revisaré la reciente defensa por Brad DeLong de las políticas de Greenspan.[1][1] El argumento de DeLong es de particular interés para los economistas austriacos, porque se basa en el “tipo natural” de interés de Wicksell, un concepto que adoptó el propio Ludwig von Mises para su explicación del ciclo económico.

Como veremos, encuentro la defensa de DeLong algo desconcertante. Incluso bajo los criterios wicksellianos que establece DeLong, Greenspan fracasó y debería considerársele al menos parcialmente responsable del auge inmobiliario.

Greenspan, Wicksell y el “tipo natural” de interés

Hay que reconocer que DeLong admite que “A posteriori, Greenspan se equivocaba”. Sin embargo, DeLong argumenta que tal vez Greenspan realizó una apuesta correcta cuando empezó a recortar los tipos de interés después del declive de las punto-com. Cómo mínimo, afirma DeLong, la crítica convencional a Greenspan es injusta:

“La gente dice que la Fed de Greenspan “puso agresivamente los tipos de interés por debajo de un nivel natural”. ¿Pero cuál es el nivel natural? En la década de 1920, el economista sueco Knut Wicksell lo definió como el tipo de interés al que en toda la economía las inversiones deseadas igualan al ahorro deseado, lo que implica que no hay presión al alza en los precios al consumo, los precios de recursos o los salarios por superar la demanda a la oferta y no haber presión a la baja sobre estos precios por exceder la oferta a la demanda.”

“En la definición de Wicksell (…) el tipo de interés estaba, como mínimo, por encima del tipo de interés natural al principio de la década del 2000: la amenaza era la deflación, no el aumento de la inflación. El tipo de interés natural era bajo porque, como explicó en su momento el actual presidente de la Fed Ben Bernanke, el mundo ha tenido un exceso de ahorro global (o, si no, un déficit de inversión global).”

“Podemos argumentar que las políticas de Greenspan a principios de la década de 2000 fueron erróneas. Pero no podemos argumentar que pusiera agresivamente los tipos de interés por debajo de su nivel natural. Más bien, el error de Greenspan (si es que fue un error) fue su fracaso en desautorizar al mercado en poner agresivamente los tipos de interés por encima de su nivel natural, lo que habría profundizado y prolongado la recesión que empezó en 2001. [énfasis añadido]”

Antes de ocuparnos de lo sustancial de las declaraciones de DeLong, parémonos a advertir un truco retórico. Recuerden que estamos hablando de Alan Greenspan, que fue la cabeza de un cártel nacional de bancos establecido por el gobierno en 1913. De enero de 2001 a enero de 2004, Greenspan firmó cheques electrónicos basados únicamente en su prestigio con el fin de expandir la base monetaria en 140.000 millones de dólares, un aumento total del 23% a lo largo del periodo de tres años. ¡Luego pensemos lo que pensemos sobre si Greenspan actuó inteligente o estúpidamente, sin duda podemos estar de acuerdo en que su comportamiento no puede calificarse como un “fracaso en desautorizar al mercado”!

La misma existencia de la Reserva Federal es un sopapo al mercado libre puro. En 1913, cuando se estableció la Fed, los propagandistas de los grandes bancos dijeron al pueblo estadounidense que era necesario un banco central (aunque no usar esta palabra atemorizante) para (1) impedir las fluctuaciones económicas y (2) preservar el valor del dólar. El historial de la Fed en estos dos aspectos es casi tan bueno como el de cualquier otro gran programa público. No importa qué ocurriera desde 1913 (y esto incluye la Gran Depresión así como nuestra crisis actual), recae sobre los hombros de los funcionarios de la Fed. Decían que tenían los conocimientos para dirigir el mercado y se han mostrado frecuentemente erróneos por una economía en declive.

¿Siguió Greenspan realmente el consejo de Wicksell?

Sé que algunos historiadores austriacos del pensamiento económico han discutido, en comentarios privados por correo electrónico la interpretación de Wicksell por DeLong.[2][2] No soy una autoridad en la materia, así que dejaré aparte esa cuestión.

Lo curioso que incluso si aceptamos la lectura de Wicksell por DeLong tal cual, sigue sin haber exonerado a Greenspan. De acuerdo con la parte que he puesto en cursiva en la cita anterior. Si Greenspan había mantenido realmente el tipo de interés igual al tipo natural wickselliano, entonces los precios del consumo, salarios y precios de recursos se habrían mantenido estables a lo largo de los años en que la burbuja inmobiliaria despegó realmente.

Es evidente que no fue así. Las tres categorías de precios subieron durante el periodo de tipos de interés ultrabajos. Así, incluso si fuera correcta la interpretación de Wicksell por DeLong, Greenspan sigue sin pasar la prueba. Demos algunos ejemplos para que lo vean con sus propios ojos.

El siguiente gráfico muestra en porcentaje de incremento anual del Índice de Precios de Consumo a lo largo de los últimos veinte años:Está claro que Greenspan no obedece a la máxima de Wicksell en lo que se refiere a los precios del consumo. Subieron durante su mandato, incluso durante los principios de la década del 2000 cuando supuestamente había eliminado la presión al alza en los precios.

Quizá DeLong argumentaría que el índice de inflación de los precios del consumo fue menor del usual durante los años del auge inmobiliario, pero incluso entonces la experiencia de 2002 no fue cualitativamente distinta de la de 1998 y en 2003, la inflación anual de precios volvió al 3%, lo que está muy lejos del 0%, el objetivo que requiere la propia prueba de DeLong.

La situación es más extrema cuando nos referimos a los precios de las materias primas. Veamos primero los precios del petróleo como ejemplo:
Aquí parece como si Greenspan siguiera en general el consejo de Wicksell hasta que se produjo realmente el auge inmobiliario. Ahora, en defensa de DeLong, éste podría apuntar que los precios del petróleo cayeron abruptamente después del declive de las punto-com y permanecieron planos en 2002.

Pero luego despegaron como un cohete. De junio de 2003 a junio de 2004, Greenspan mantuvo los tipos de interés en un inusualmente bajo 1%, así que fue aquí donde se produjo la acción, si queremos verificar cuán “natural” fue su política. El precio medio anual del petróleo saltó mas de 10$ por barril de 2003 a 2004, un fantástico 34 en un solo año. Como muestra el gráfico, no hubo vuelta atrás. El petróleo se disparó siempre hacia arriba, llegando finalmente a más de 140$ el barril en julio de 2008.

Greenspan tampoco fue mejor en contener los precios del oro. De junio de 2003 a junio de 2004 (el periodo en que fijó los tipos de la Fed en el 1%) el oro aumentó su valor en más de 35$ la onza, un aumento anual de casi un 10%.Como muestra el gráfico anterior, hubo grandes porciones del mandato de Greeenspan en que mantuvo estable el precio del oro o incluso le permitió caer, pero no en los años de bajos tipos de interés del auge inmobiliario.

En lugar de atribuirle mantener estables los precios de las materias primas, el gráfico superior muestra que deberíamos acusar a Greenspan por desencadenar un auge en los precios del oro ya en 2001.

Conclusión

La evidencia contra Alan Greenspan continúa acumulándose. La invocación de Knut Wicksell por Brad DeLong en un intento de defender a Greenspan resulta ser sólo una acusación más contra él. No importa cómo lo mires, en antiguo Maestro generó los auges inmobiliario, de materias primas y bursátil con sus políticas imprudentes.

Robert Murphy es investigador adjunto del Instituto Mises, donde enseñará “Principios de economía” en la Mises Academy este otoño. Gestiona el blog Free Advice y es autor de The Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action Study Guide y The Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal


Published Fri, Oct 15 2010 10:43 PM by euribe


[1][1] El artículo enlazado en el texto se refiere a la declaración más concisa de DeLong. En su blog desarrolla su defensa wickselliana de Greenspan.

[2][2] Sin embargo, Jérémie Rostand fue lo suficientemente amable como para encontrarme la siguiente cita de Wicksell: “Hay un cierto tipo de interés en los préstamos que es neutral respecto de los precios de los productos y no tiende ni a subirlos ni a bajarlos. Es necesariamente el mismo que el tipo de interés que determinarían oferta y demanda si no se usara el dinero y todo préstamo se hiciera en forma de bienes reales de capital. Es casi lo mismo describirlo como el valor actual del tipo de interés del capital”. Knut Wicksell, Interest & Prices, p. 102.

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euribe El fantasma que persigue a Brasil

Por Antony P. Mueller. (Publicado el 5 de agosto de 2002)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1020.

 

Ordem e Progresso” (Orden y Progreso) ha sido el lema de la bandera de Brasil desde que el país se convirtió en república en 1889. Las palabras vienen directamente de los escritos de Auguste Comte. Las ideas de Comte fueron adoptadas en el siglo XIX por las élites políticas y militares en buena parte de Latinoamérica y en Brasil en particular.[1][1] Desde entonces, el fantasma de Auguste Comte ha estado atormentando a todo el subcontinente y las consecuencias prácticas de esta ideología han sido desastrosas.

El positivismo de Comte se describe mejor como una ideología de ingeniería social. Auguste Comte (1798-1857) creía que después de la etapa teológica y la metafísica, la humanidad entraría en la floreciente etapa del “positivismo”, que para el significaba que la sociedad en general debe organizarse de acuerdo con el conocimiento científico.

Comte creía que toda la ciencia debía modelarse siguiendo el ideal de la física que aparecería la nueva ciencia de la física social en lo alto de la jerarquía intelectual. Esta disciplina descubriría las leyes sociales que podrían así ser aplicadas por una élite para reformar la sociedad en su conjunto. Como la medicina erradica la enfermedad, la física social tendría que aplicarse para eliminar los males sociales.

El ideal de Comte era una nueva “religión de la humanidad”. En su opinión, a la gente había que hacerle sentir como auténtico lo que sería instigado por los gobernantes y sus ayudantes, que así servirían a los ideales más elevados de la humanidad. Al revisar la ideas de Auguste Comte, John Stuart Mill escribió que su filosofía política se dirigía a establecer “(…) un despotismo de la sociedad sobre el individuo, sobrepasando cualquier cosa conocida en el ideal político del más rígido disciplinario  de entre los antiguos filósofos”,[2][2] mientras que Ludwig von Mises remarcaba: “Comte puede ser exculpado, porque estaba loco en el sentido que la patología da a esta palabra. ¿Pero qué pasa con su seguidores?”[3][3]

El misticismo racionalista que llevó a Comte a ser más tarde una persona enferma mentalmente pedía la creación de una “iglesia positivista”, en la que podría practicarse el “culto a la humanidad”, imitando los rituales de la Iglesia Católica. Hacia finales del siglo XIX las “sociedades positivistas” empezaron a extenderse en Brasil y se erigió una verdadera iglesia en Río de Janeiro como lugar donde podía practicarse la adoración del ideal de la humanidad como una religión.[4][4]

Hasta el día de hoy, el sistema brasileño de educación superior sigue mostrando las marcas del positivismo de Comte y aún es más fuerte la influencia de la filosofía política del positivismo dentro de los altos niveles militares y entre los tecnócratas. El positivismo dice que el cientifismo es la marca de la modernidad y que para alcanzar el progreso se necesita una clase de gente tecnocrática o militar que esté al corriente de las leyes de la sociedad y establezca el orden y promueva este progreso.

La ideología prevalente de buena parte de la élite gobernante contrasta vivamente con las tradiciones de la gente común. Como en la mayor parte de Latinoamérica, la cultura popular brasileña está profundamente marcada por la tradición escolástica católica, con su escepticismo ante la modernidad y el progreso y su orientación más religiosa y espiritual, que rechaza el concepto lineal del tiempo como movimiento progresivo y defiende una visión circular eterna de la vida.[5][5]

Las ideas de Comte han mostrado su mayor impacto en la política económica. Dado que los militares han desempeñado un papel central en la vida política de Brasil y que el positivismo se ha convertido en el principal paradigma filosófico en las escuelas militares, la política económica en Brasil se ha visto marcada por un frenesí intervencionista que afecta a todos los aspectos de la vida pública.

El espíritu de planificar para la modernidad ha convertido a Brasil en un semillero de intervencionismo económico, con cada nueva gobierno prometiendo el gran salto adelante. En lugar de eliminar los obstáculos que afrontan las empresas privadas emergentes y garantizar unos derechos de propiedad fiables, los gobiernos suponen que su tarea es desarrollar el país concediendo privilegios a grupos pequeños de empresas establecidas.

Desde que se convirtió en república, no ha habido un gobierno en Brasil que no trajera un plan integral o un conglomerado de planes dirigidos al desenvolvimento. Siguiendo el programa positivista, concebir planes de una naturaleza aparentemente científica y aplicarlos por la fuerza del estado se ha convertido en la imagen de marca de la política económica brasileña. Frecuentemente elaborada originalmente en uno de los pocos centros universitarios, estos planes forman el programa del nuevo gobierno, que normalmente trae un equipo de jóvenes tecnócratas para su implantación.

Particularmente grandiosos cuando han regido gobiernos militares (como en las décadas de 1930 y 1940 y de 1964 a 1984), la invención e implantación de grandes planes ha continuado hasta el día de hoy. Independientemente de que coalición electoral o grupo de poder esté al timón, el espíritu del positivismo ha sido compartido por todos ellos hasta el gobierno actual, que aparentemente está practicando una política económica calificada como “neoliberal”.

Incluso contando sólo los planes más importantes, la serie que ha venido sucediéndose durante casi un siglo es bastante asombrosa: Después de seguir el modelo de industrialización mediante la sustitución de las importaciones bajo el semifascista Estado Novo de las décadas de 1930 y 1940, Brasil en la década de 1950 vio el Plano de Metas y, después, el Plano Trienal de desarrollo económico y social. En la década de 1970 aparece la serie de Planes de Desarrollo Nacional. La década de 1980 trae el Plano Cruzado, el Plano Bresser y el Plano Verão. A principios de la década de 1990, se empezó el Plano Collor 1, seguido por el Plano Collor 2 y luego por el Plano de Ação Imediata y, en 1994, el Plano Real.

Medidos por sus objetivos declarados, todos estos planes fracasaron. Durante las últimas seis décadas, Brasil ha tenido ocho monedas distintas, cada vez con un nuevo nombre y una tasa de inflación que implica que la actual moneda tendría un tipo de cambio de un billón en relación con el cruzeiro de 1942.[6][6] Bajo la capa de una aparente modernidad y ciencia la red clientelar establecida de los “señores del poder”[7][7] continúa gobernando el país. A su debido tiempo, esta clase ha logrado un nivel de privilegios similar al que disfrutaba la nomenclatura en la Unión Soviética en comparación con el resto de la población, que ha recurrido a sus modos peculiares (el llamado jeitinho, una especie de chulería) como su propio método de supervivencia.

Dentro del sistema positivista, el cientifismo y el intervencionismo van de la mano. La supuesta racionalidad del intervencionismo se basa en la premisa de conocer por adelantado el resultado concreto de una medida de política económica. En consecuencia, cuando las cosas resultan ser distintas de las esperadas (y eso pasa siempre) se otorga mayor intervención y control. El resultado son gobiernos abrumados por sus pretensiones y humillados por sus fracasos.

Brasil, que está tan bendecido por la naturaleza y una población emprendedora con una de las mayores tasas de autoempleo del mundo, se ha mantenido abajo por una ideología equivocada. Hasta el día de hoy, los gobiernos de Brasil han venido absorbiendo los recursos del país en busca de quimeras de modernidad y progreso tal y como los han definido y bloqueando la creatividad espontánea propia de los mercados libres.

El futuro para Brasil podría despejarse si el fantasma que ha asolado este país fuera eliminado a favor de un orden en el verdadero sentido de la palabra, es decir, un sistema de normas fiables basadas en los principios de la propiedad privada, la responsabilidad y los mercados libres.

 

 

Antony Mueller es un economista de origen alemán que vive en Aracaju, al nordeste de Brasil, donde enseña en la Universidad Federal de Sergipe (UFS). Es investigador adjunto del Instituto Mises en EEUU y director académico del Instituto Ludwig von Mises Brasil. Vea su sitio web y su blog.

 


Published Fri, Oct 15 2010 10:45 PM by euribe


[1][1] Leopoldo Zea, Pensamiento positivista latinoamericano, Caracas, Venezuela 1980 (Biblioteca Ayacucho).

[2][2] John Stuart Mill, On Liberty  [Sobre la libertad], Londres 1869, p. 14 (Longman, Roberts & Green).

[3][3] Ludwig von Mises, Human Action [La acción humana], Auburn, Ala. 1998, pp. 72 (The Ludwig von Mises Institute, Scholar’s Edition).

[4][4] Ivan Lins, História do positivismo no Brasil, Sâo Paulo 1964, pp. 399  (Companhia Editora Nacional).

[5][5] La expresión clásica de este tipo de pensamiento en Latinoamérica es José Enrique Rodó: Ariel, Montevideo 1910 (Libreria Cervantes). En literatura, este tipo de pensamiento permanece en la actualidad en las obras del escritor más popular de Brasil, Paulo Coelho.

[6][6] Ruediger Zoller, Prädidenten – Diktatoren -Erlöser, Tabla V, p.  307, en: Eine kleine Geschichte Brasiliens, Frankfurt 2000 (Edición suhrkamp).

[7][7] La descripción clásica de los “señores del poder” es  la de Raymundo Faoro Os Donos do Poder, 2 vols.  (Editora Globo: Grandes Nomes do Pensamento Brasileiro) São Paulo 2000.

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euribe Anarquismo y terrorismo en la década de 1890

Por Jeff Riggenbach. (Publicado el 15 de octubre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4760.

[Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition]

Tal y como lo cuenta Alex Butterworth, fue “en los primeros años del siglo XX” cuando

un Secretario de Interior británico recomendaba que quienes quisieran entender lo que en aquel entonces todavía se llamaba “guerra contra el terror” deberían remontarse a la década de 1890.Se han realizado muchos paralelos con la oleada de bombas y asesinatos que habían plagado Europa y América la final del siglo XIX, perpetrados por anarquistas y nihilistas a quienes Londres y Suiza habían ofrecido refugio. Entonces como ahora se destacaba que jóvenes desarraigados de comunidades crecientes de inmigrantes habían sido radicalizados por predicadores de una ideología extremista y atraídos a la violencia.

El joven Butterworth estaba intrigado. ¿Podría ser que la historia realmente se repitiera de esta forma? Empezó a investigar la década de 1890, con particular referencia  a esa “oleada de bombas y asesinatos (…) perpetrados por anarquistas”. Lo que descubrió lo ha publicado ahora en un libro llamado The World that Never Was: A True Story of Dreamers, Schemers, Anarchists & Secret Agents, editado a este lado del Atlántico hace cuatro meses (en junio de 2010) por Pantheon Books. ¿Y qué descubrió precisamente? Dudo que pueda decirlo mejor que en un párrafo de este pasaje, que cito de la publicidad para una conferencia que dio Butterworth en Londres esta pasada primavera:

A medida que se aproximaba el fin del siglo XIX, la imaginación popular se llenaba de fantasías de anarquismo militante: de taques aéreos y plagas virales. El terrorismo internacional hizo su primera y furiosa aparición. Las células anarquistas llevaron a cabo una oleada de bombas y asesinatos a lo largo de Europa y en América, o eso al menos es lo que querían los gobiernos de Francia, Gran Bretaña y especialmente Rusia creía que quisieran sus poblaciones. Sin embargo, la verdad era mucho más turbia. La infiltración y la supervisión comprometieron parte de los servicios de seguridad, pero igualmente importante fue el uso de agentes provocadores y falsa propaganda.

En otras palabras, por no extendernos, lo que Alex Butterworth aprendió de esta investigación de la década de 1890 fue que la oleada de bombas y asesinatos perpetrados por anarquistas durante este periodo fue en buena parte una ficción. Hasta cierto punto, fue realmente inventado por escritores sensacionalistas para los periódicos. En otros casos, periodistas sin escrúpulos cerca de escribir ficción no mostraron sin embargo mucha perspicacia o juicio profesional cuando llegó el momento de decidir si considerar a rumores y a informes policiales no verificados como un hecho establecido. Juntos, estos periodistas convencieron a una parte importante de gente letrada de lo que Butterworth califica “la imaginativa idea de una revolución anarquista coordinada internacionalmente de las que los ataques aislados con bombas, cuchillos y revólveres marcaban las primeras escaramuzas”.

Frank Harris descubrió, cuando investigó las bombas en el Haymarket de Chicago de 1886 para The Bomb, la novela que escribió en 1909 acerca del atentado, que, con la connivencia de la mayoría, aunque no todos, los periódicos importantes,

toda la población estadounidense fue atemorizada por la bomba del Haymarket. Cada día la policía de Chicago descubría una nueva bomba. Pensé que habían creado una fábrica especial hasta que leí en el Leader de Nueva York que la misma tubería de gas había servido como nueva bomba en siete ocasiones distintas.

Harris descubrió que había prevalecido una histeria similar después de que un hombre falsamente acusado de la bomba del Haymarket, Louis Lingg, se hiciera volar  en su celda la noche anterior a su ejecución.

Las noticias de la explosión se extendieron rápidamente más allá de los muros de la prisión y se reunió una multitud reclamando información, una multitud que fue pronto hinchada por todos los periódicos de la ciudad. Las noticias salieron con cuentagotas y se publicaron docenas de veces. La ciudad parecía volverse loca: de un extremo al otro de la ciudad los hombres empezaron a armarse y se contaban las historias más disparatadas. Había bombas por todas partes. La tensión nerviosa de la opinión pública se hizo intolerable. Las historias circulaban y hacían creer que tarde y noche parecieran ser, como dijo un testigo, cosa de locos. La verdad es que las bombas encontradas en la celda de Lingg y su desesperado suicidio habían asustado a la gente de Chicago hasta el paroxismo. Un reportaje decía que había veinte mil anarquistas armados y desesperados en Chicago que habían planeado atacar la cárcel a la mañana siguiente. Las oficinas de los periódicos, los bancos, el edificio de la Cámara de Comercio, el Ayuntamiento, estaban custodiados noche y día. Todo ciudadano portaba armas abiertamente. Un aperiódico publicó una noticia de que a las diez en punto de la noche de ese jueves seguía abierta una tienda de armas en Madison Street y abarrotada de hombres comprando revólveres: El espectáculo no sorprendía a nadie, salvo que fuera naturalmente para bien. El temor a alguna catástrofe no sólo estaba en el ambiente, sino también en la conversación y las caras de las gentes.

Por supuesto, no toda la violencia atribuida a los anarquistas en las décadas de 1880 y 1890 fue simplemente maquillaje o publicada sin crítica por los medios de masas de la época. Parte de ella era muy real, pero no fue perpetrada en absoluto por anarquistas, sino por gente que se calificaba falsamente con ese nombre, por sí mismos o por las autoridades, los periódicos o ambos.

Había muchos jóvenes en la década de 1890 que querían llamar la atención, hacerse un nombre y demostrar lo “atrevidos” que eran; a estos jóvenes no les iba mucho leer o la filosofía política: para ellos, aun anarquista era alguien que vestía todo de negro y al que le gustaba romper cosas. Siguen existiendo estos jóvenes. En años recientes, han roto escaparates y destrozando coches estacionados en ciudades en las que se producían reuniones de la Organización Mundial de Comercio.

Otros jóvenes, más intelectuales en sus gustos, se llamaban a sí mismos anarquistas por razones que parecen como mínimo extrañas. Por ejemplo, el mártir del Haymarket, Louis Lingg se calificaba de anarquista; Butterworth dice que fue acusado de la explosión del Haymarket, aunque no había evidencia ni siquiera de que hubiera estado en Haymarket Square esa tarde, porque era uno de “los principales oradores y periodistas anarquistas de la ciudad”. Aún así, de acuerdo con Frank Harris, Lingg apoyaba “un salario mínimo establecido por el Estado”. ¿Perdón? ¿Un salario mínimo “establecido por el Estado”? Se supone que un anarquista trabaja para abolir el estado, no para darle nuevas regulaciones a aplicar. Esto parecería elemental, aunque, de nuevo, también vemos hoy este fenómeno: “anarquistas” autodeclarados que trabajan por acrecentar, en lugar de disminuir, el estado.

Así que había terroristas y asesinos de las décadas de 1880 y 1890 que se hacían pasar por “anarquistas” por autoridades y periódicos, incluso cuando su conexión con el movimiento anarquista era bastante tenue. Fíjense, como hace Alex Butterworth, en el caso de Leon Czolgosz, al “anarquista” que asesinó al presidente de EEUU William McKinley en 1901. Los miembros del grupo anarquista de Chicago al que acudió algunas veces ese año habían descubierto, al conocerle un poco, que “había leído poca literatura anarquista”.

Por tanto, sorprende poco que, de acuerdo con el relato de Butterworth, “a finales de agosto, sus colegas empezaban a sospechar de él como provocador de la policía”  y habían conseguido que su descripción se publicara en la prensa anarquista local junto con la información de que probablemente era un espía de la policía. Otros criminales fueron descritos por la policía local como “anarquistas” simplemente porque estaban armados y morenos y hablaban como inmigrantes. Y la palabra de la policía local era en esos asuntos invariable e incuestionablemente aceptada tanto por los periódicos como por los funcionarios de alto rango del gobierno. Por supuesto, también cuanto más se extendía la creencia popular de que los anarquistas defendían y practicaban la violencia, más gente joven a la que le gustaba la violencia acudía a unirse al movimiento.

También hubo violencia cometida por los policías, policías trabajando infiltrados como anarquistas. Por ejemplo, Butterworth escribe acerca de la

creencia, común entre los trabajadores de Chicago [justo tras la bomba del Haymarket] de que la verdadera culpabilidad por el lanzamiento de la bomba  fue de un agente de policía. Las posteriores investigaciones no aclararon nada, aunque la corrupción en la policía y jueces de Chicago en ese momento acabó quedando en evidencia y reconociéndose oficialmente. Sin embargo, también las potencias extranjeras participaron en manipular las repercusiones del Caso Haymarket y la posibilidad de su previa intervención en provocar la explosión no puede descartarse; indudablemente las más sonoras llamadas a la venganza vinieron de un tal Heinrich Danmeyere, un agente secreto de la Policía Imperial Alemana.

Una década después, a mediados de la década de 1890, estalló una bomba en el exterior del Observatorio de Greenwich, matando al joven que la transportaba: era, según aseguraron la policía y los periódicos, un “anarquista”. Sin embargo, había sido contratado para el trabajo y se le había proporcionado explosivos a través de un funcionario secreto de policía. Los detalles básicos de la historia se relataron, con los nombres cambiados para proteger tanto al inocente como al culpable, en la novela de 1907 El agente secreto, de Joseph Conrad, que fue publicado una década después de los acontecimientos que describe. De hecho, Butterworth escribe que El agente secreto, al mismo tiempo que presenta “una visión transversal bastante esquemática del mundo anarquista de la época”, también “puede estar más cerca de explicar la verdad [acerca de la bomba de Greenwich] que las fuentes documentales que son tan a menudo parciales y manipuladoras”.

Como advierte Butterworth, el periodo alrededor del paso al siglo XX fue uno en que la “política radical y la bohemia cultural se codeaban” y “el arte y la literatura del periodo son reveladores de forma poco común tanto de la vida de ese entorno como de las ideas que les movían”. Aún así, hace sorprendentemente poco uso de la ficción del periodo más allá de sus comentarios sobre el “relato bien documentado” de Conrad en El agente secreto.

Incluye una sola referencia de pasada, por ejemplo a la novela de 1886 de Henry James, La princesa Casamassima, en la que un joven encuadernador londinense, Hyacinth Robinson, se ve envuelto en políticas radicales y acepta realizar un acto de violencia terrorista, sólo para descubrir que es incapaz de hacerlo. Se ve inicialmente atraído por el anarquismo porque parece ofrecer un medio de aliviar el sufrimiento humano que ve a su alrededor. ¿Y ahora va a crear más sufrimiento en nombre del anarquismo? Robinson dirige hacia sí mismo el revólver que ha recibido.

Es extraño que Butterworth pase tan ligeramente por encima de esta novela, pues uno de sus propios temas favoritos (al que da vueltas en todo su libro vuelve constantemente sobre él) es el idealismo de los anarquistas de hace un siglo y su devoción por un mundo de paz y armonía. Destaca constantemente que el anarquismo “se basaba en una visión optimista de la naturaleza humana” y en una creencia en “la inherente perfectibilidad de la humanidad”. Dice repetidas veces que la mayoría de la gente en Europa y Norteamérica en los últimos años del siglo XIX “no diferenciaba los ideales políticos [de anarquistas como Peter Kropotkin] defendidos de los más simples impulsos hacia la destrucción que tantos jóvenes colegas del movimiento estaban dispuestos a satisfacer”.

No hay una sola referencia en el libro de Butterworth a Frank Harris o a la novela de 1909 de éste, The Bomb, acerca del asunto de Haymarket. Tampoco hay ninguna referencia a la novela de 1908 de G. K. Chesterton El hombre que fue jueves. Y esto es particularmente extraordinario, pues El hombre que fue jueves se acerca a contener en su simbolismo central lo principal del estudio de Butterworth más que ninguna otra obra de ficción del periodo. El hombre que fue jueves es la historia de un agente secreto de la policía de Londres llamado Gabriel Syme, que se infiltra en un grupo anarquista y es elegido como representante inglés para el consejo anarquista europeo.

Hay siete miembros en este consejo, cada uno con un día de la semana como nombre clave. Syme, al ganar la elección se convierte en el hombre que fue jueves. Viaja al continente para reunirse con los otros miembros del consejo, sólo para descubrir que todos los demás miembros son, como él, policías secretos que se han “infiltrado” en la organización.

Si embargo, con todos sus defectos, el libro de Alex Butterworth, The World That Never Was: A True Story of Dreamers, Schemers, Anarchists & Secret Agents, es un bienvenido y legible recordatorio de por qué necesitamos una historia revisionista: para luchar contra los interminables esfuerzos por promover una versión alternativa de la historia que le haga parecer bueno.

Jeff Riggenbach es periodista, autor, editor, locutor y educador. Miembro de la Organización de Historiadores Americanos, ha escrito para periódicos como The New York Times, USA Today, Los Angeles Times y San Francisco Chronicle; para revistas como Reason, Inquiry y Liberty y sitios web como LewRockwell.com, AntiWar.com y RationalReview.com. Aprovechando sus cualidades vocales empleadas en radio clásica y de noticias de Los Ángeles, San Francisco y Houston, Riggenbach también ha narrado las versiones en audiolibros de numerosas obras libertarias, muchas disponibles en Mises Media.

Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition.

Published Sat, Oct 16 2010 5:21 PM by euribe

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